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Opinión

  • | 2014/10/16 00:00

    ¡Abortado!

    Exigir la obligatoriedad como medio para alcanzar a la fuerza un propósito es confesar la impotencia para el uso de sanas herramientas persuasivas, y reconocer tácitamente que se intenta formalizar una arbitrariedad.

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Pasado el susto, no está demás reflexionar sobre lo que tan alegremente había aprobado la Comisión Primera del Senado. Por supuesto que me refiero al voto obligatorio. Viviane Morales y Horacio Serpa, proponentes liberales, se quedaron con los crespos hechos tras su hundimiento esta semana dentro del proyecto de equilibrio de poderes. Sin embargo, les queda la opción de sumarse al senador Uribe, quien, aunque ya abortado, sugiere resucitarlo incorporando esta extravagante “formulita”: “que la persona tenga también la posibilidad de encontrar en el tarjetón una casilla para la abstención”.

Pedagógico o temporal, como nos lo quisieron vender, daba igual. Lo que verdaderamente importa ahora es establecer unos principios que lo hagan desaparecer para siempre de nuestra vida democrática, para que este esperpento ya no recorra nunca más los pasillos del Congreso. El recurrente embeleco no debe seguir distrayendo la atención de los legisladores cuya tarea va mucho más allá, como que lo que el país demanda con urgencia son reformas políticas y sociales estructurales que lo recompongan y no mecanismos electoreros ventajosos y oportunistas.

Y es que la presión que se venía sintiendo en algunos sectores políticos reclamando su aprobación dentro de la nueva enmienda Constitucional me llevó a abordar de nuevo este tema que lo único que pretendía era convertir un libérrimo derecho ciudadano en una obligación colmada de amagos punitivos. O sea, convertir el voto en un “derecho obligatorio”. ¡Tamaño galimatías!  

He sido desde siempre enemigo de esta y de aquellas otras imposiciones dirigidas exclusivamente no a favorecer el bien común, sino a acomodar intereses, como por ejemplo en este caso, a garantizar el éxito de un eventual referendo por la paz, buscando con argucias una refrendación que, a mi modo de ver, si se hubiera llevado a cabo, le habría restado validez y transparencia. El jefe negociador del gobierno, Humberto de la Calle, hizo bien en calificar como “maniobra” esta especie de mico aprobado con toda celeridad por dicha comisión senatorial.

Lo obligatorio en numerosos casos, ya se trate de asuntos de Estado o de cuestiones personales, tiene su origen en la debilidad. Cuando se invoca la obligatoriedad como medio para alcanzar a la fuerza tal o cual propósito, se está confesando la impotencia para el uso audaz de otras herramientas o, cómo no, el reconocimiento tácito de que lo que se intenta es formalizar una arbitrariedad, naturalizando lo desnaturalizado.

De haberse concretado esta iniciativa el primer afectado sería el propio sistema democrático puesto que se llevaba de bulto la potestad ciudadana a la libre elección, en concordancia esta facultad con su inalienable privilegio de hacer valer su voluntad y libertad de expresión y pensamiento. Sobrada razón les cabe a aquellos que alegan como democrática también la acción de negarse a ejercer el voto.

Una prueba de la imperfección de nuestra democracia es la escandalosa manera como se quiere llevar al electorado a las urnas, unas veces con engaños, otras con falsas promesas o ilusiones etéreas y, en fin, tantas otras como la prelación para conseguir un empleo, ayudas para ingresar a la universidad y rebajas en matrículas, medio día de tiempo libre, disminución de la duración del servicio militar y hasta “amnistías, exenciones o rebajas en impuestos” y eso sin mencionar las ofertas de dinero en efectivo, el transporte gratuito, los bonos para compras y, lo más vergonzoso, con diversas alimentos del tipo tamales y lechona.     
Pero en cuanto a los “estímulos” y “castigos” que se cranearon, todos ellos tenían ribetes de comicidad. Dos o tres millones de colombianos de los más de 33 habilitados y eventualmente obligados a votar, congestionando todo el sistema de salud en busca de una excusa médica para evadir dicha imposición, y otros tantos millones de los 20 que se abstienen haciendo colapsar las dependencias receptoras de multas. Con dicha ley en vigencia, el aparato estatal se debía entregar de lleno o a premiar a los que la acataron, o con funciones de policía, a investigar, perseguir y sancionar a los varios millones de compatriotas que se obstinan en negarse a llevar a las corporaciones públicas o la presidencia de la Republica a candidatos que no le dan la talla a sus anhelos. Este proyecto de ley parecía hecho a la medida de los mediocres, corruptos y rufianes aspirantes que veían en él el procedimiento más expedito y menos oneroso para lograr su cometido. Claro, en una votación masiva capturada a punta de  zanahoria y garrote, la pesca milagrosa de curules es pan comido.

En Colombia no se respeta al elector. Se parte de la base de que quienes tienen el derecho al sufragio conforman un rebaño de tarados. La superior preocupación en la convocatoria es que el mayor número de personas voten por un restringido y habilidoso número de candidatos, para obtener un volumen suficiente para que todos puedan coronar sus privilegiadas curules. En este país la calidad de los aspirantes es lo de menos. Cualquiera, y digo bien, cualquiera puede ser elegido a una corporación pública. Desde el gamonal de pueblo, hasta el roquero metálico; desde el caucásico que se quiere hacer pasar por afro, hasta el que ni siquiera conoce la sede del partido por el cual se inscribió; desde el deshonesto sub júdice, hasta el infeliz desempleado.

El apunte de un caricaturista fue elocuente: “Yo voto obligatoriamente si obligatoriamente hay buenos candidatos.”

Valdría la pena preguntarles a quienes preconizan el voto obligatorio si el abstencionismo no es también una expresión autónoma de la voluntad popular y parte fundamental del juego democrático. ¿Por qué llamar el abstencionismo “un mal”, una “enfermedad” o una “epidemia”, y a la concurrencia votante que eleva a cargos de suma responsabilidad pública y política a tantos y tantos pillos e ineptos como sensata y salvadora de la república?

La tentativa de instaurar el voto obligatorio nos podría estar revelando la manera como la clase política, cuyo oxígeno vital no es otro que la participación ciudadana en su elección, estaría obligándonos a elegirlos masivamente o bien a través de “estímulos” o bien a las malas, so pena de ser castigados los que se nieguen a ello.

¡Vaya, vaya, qué linda democracia!

guribe3@gmail.com
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