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Opinión

  • | 2014/01/04 00:00

    Actores del conflicto

    Los Estados Unidos han sido siempre actores del conflicto colombiano. O, si se prefiere una frase de Hollywood, “artistas invitados”. Solo que se invitaron a sí mismos.

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Cuenta The Washington Post que la CIA es importante protagonista de las operaciones militares de contraguerrilla en Colombia. Y el presidente Juan Manuel Santos y su ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón le quitan hierro a la revelación diciendo que es noticia vieja. Sí. Pero cuando alguien la daba, los presidentes y ministros colombianos del último medio siglo la negaban en redondo, llamándola un embuste de izquierdistas movidos por un antiamericanismo visceral. El propio Santos, sin ir más lejos, la negaba no hace mucho, cuando él mismo era ministro de Defensa. Y se quedaba tan ancho.

La noticia es tan vieja como el conflicto armado en Colombia. El asalto a Marquetalia se dio hace medio siglo con el nombre de Plan Lazo, adaptación local al idioma español de la operación Laso (Latin American Security Operation) diseñada por el Pentágono dentro de su estrategia de contrainsurgencia continental a principios de los años sesenta, como respuesta al mal ejemplo de la revolución cubana. Había que sofocar la rebelión en su raíz. Y por eso, bajo el Ministerio de Defensa del general Alberto Ruiz Novoa, casi recién desembarcado de su participación desde la jefatura del Batallón Colombia en la guerra anticomunista norteamericana de Corea, los Estados Unidos contribuyeron al aplastamiento (fallido) de los campesinos de Manuel Marulanda, después llamado Tirofijo, que fueron el embrión de las Farc. Contribuyeron con dinero, con bombarderos y pilotos, con bombas de napalm. Pero eso venía de antes.

Desde la Conferencia Panamericana reunida en Bogotá en 1948, inaugurada en sangre con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el Bogotazo del 9 de abril, América Latina estaba incluida en la estrategia norteamericana de la recién comenzada Guerra Fría mundial. Ya lo había advertido Simón Bolívar más de un siglo atrás, en una frase suelta pero desde entonces muy citada por lo certera: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.

La noticia es vieja. Lo nuevo es que no tratan de refutarla. Los Estados Unidos, con su dinero, con sus servicios secretos, con sus armas, con sus tropas, con sus mercenarios, con sus jueces, y naturalmente con sus embajadores y sus Institutos Lingüísticos de Verano y similares, han sido siempre partícipes, además de inspiradores, de las guerras civiles colombianas, por lo menos desde que el embajador William Harrison, futuro y fugaz presidente de su país, colaboró en un complot para asesinar a Bolívar –en nombre, claro está, de la libertad–. Los Estados Unidos han sido siempre actores del conflicto colombiano. O, si se prefiere una frase tomada del cine de Hollywood, “artistas invitados”. Solo que se invitaron ellos mismos.

El expresidente Andrés Pastrana dice que en su gobierno no fue así. El expresidente Álvaro Uribe dice que en el suyo sí, pero que las operaciones se hacían “con nombres y equipos nuestros”. El exministro de Defensa Gabriel Silva lo respalda: “Los colombianos manejan sus Fuerzas Armadas de manera soberana”, asegura. Otra historia cuentan los confidentes del Washington Post, cuyo informe detalla las etapas de la intervención. Hubo primero, en tiempos de Ronald Reagan, un “presidential finding”, o autorización presidencial secreta según la cual matar a los jefes de las Farc no puede ser considerado asesinato pues se trata de una organización que trafica con droga, el nefando pecado contra las leyes del imperio. 

Luego, y sumado a los nueve mil millones de dólares del Plan Colombia para la lucha antinarcóticos de los presidentes Bill Clinton y Andrés Pastrana, un multimillonario “presupuesto negro” de la CIA para operaciones clandestinas ordenadas por George W. Bush y continuadas bajo Barack Obama. Según el diario, todo lo hacía la CIA: preparar las bombas “inteligentes” con localizador satelital, recoger información de inteligencia, enseñar métodos de interrogatorio de prisioneros o desertores, recopilar bases de datos, diseñar planes de ataque. Sus comandos en Colombia, dice el diario, llegaron a contar mil hombres. La embajada escogía y señalaba los blancos que, previa autorización de la CIA, debían atacar los aviones colombianos, “en general dejando tranquilos a los grupos paramilitares violentos”. El primero fue el Negro Acacio, comandante del frente 16 de las Farc, y siguieron “por lo menos dos docenas de jefes rebeldes”, entre ellos Raúl Reyes, para matar al cual fue necesario bombardear territorio del Ecuador.

Al presidente de ese país, Rafael Correa, la intromisión de la CIA le parece “gravísima”. A los colombianos no. Por lo visto estamos acostumbrados al cipayaje.

Nota de año nuevo: Las multas millonarias a los conductores que hayan tomado una cerveza no son una incitación a la sobriedad, como piensan los populistas punitivos, sino una incitación a la corrupción. 
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