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Opinión

  • | 2016/01/23 11:41

    ¿Cuál guerra?

    Los anuncios de acuerdos en La Habana no generan júbilo en Colombia. ¿Por qué?

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El martes 19 de enero los negociadores del gobierno y las FARC anunciaron un nuevo acuerdo: la conformación de una comisión tripartita, encabezada por las Naciones Unidas, para verificar un cese al fuego bilateral definitivo y la “dejación” de armas de la guerrilla. Alias “Iván Márquez” dijo que era “una fuerte señal y una feliz premonición de que el proceso de paz de Colombia se encamina hacia la terminación del más largo conflicto del continente". Humberto de la Calle no se quedó atrás con su mensaje optimista: “es una inequívoca muestra del deseo de finalizar la confrontación”. Los titulares de los principales medios de comunicación se unieron a la euforia. A cinco columnas, El Tiempo lo calificó como “un paso gigante al fin de la guerra”, citando al presidente Juan Manuel Santos.

No exageran. La definición de un mecanismo, cuyo único fin es garantizar la desmovilización de los guerrilleros, es significativo y el primer resultado verdaderamente tangible. Los anteriores acuerdos son más del futuro que del presente: desarrollo rural requiere planeación y asignación de recursos; la participación política de las FARC necesita reformas constitucionales; la erradicación de los cultivos de coca y su reemplazo por actividades legales, inversión y tecnología; y la aplicación de la justicia transicional, la designación de los magistrados y el establecimiento de los tribunales.

La verificación, en cambio, es cuestión de meses.

Un motivo de celebración nacional. ¿Retumbaron las bocinas de los carros, como ocurre con cualquier victoria de la selección Colombia? ¿Hubo festejos por todo el territorio ante la inminencia del fin del conflicto? No. Y no. Una de las grandes paradojas es la brecha entre la retórica oficial – “la paz es todo”- y la indiferencia de la mayoría de la población. Para el gobierno y los promotores del proceso, poner fin a la guerra con las FARC es una condición sine qua non para que el país progrese. El problema es que para muchos colombianos el conflicto es más una cuestión del pasado, que del presente. No los afecta. Y sus inquietudes son otras: educación, salud, seguridad ciudadana, corrupción.

Algunos explican esta disonancia por el cese al fuego unilateral de las FARC. Que no sentimos los efectos de la guerra porque la guerrilla decidió silenciar sus fusiles. Que sería otra la situación si se mantuviera la misma intensidad de la confrontación que existía antes del comienzo formal de las negociaciones en noviembre de 2012. Encuestas de esa época desmienten esa apreciación. Las FARC ya no figuraban en los primeros lugares de preocupación de los colombianos. Tras la muerte de alias “Mono Jojoy” -el símbolo del secuestro e intimidación- en septiembre de 2010 y la operación que acabó con la vida de alias “Alfonso Cano” -el comandante en jefe- un año de después, la guerrilla dejó de ser vista como una amenaza existencial y más bien como un fastidio. La designación de alias “Timochenko” como el sucesor de Cano fue recibida con preguntas de incredulidad: ¿ese quién es?

Por eso causó tanta sorpresa la decisión del presidente Santos de invitarlos a dialogar. Para la mayoría de los colombianos -los que no viven en los 100 a 150 municipios (de 1123) donde el conflicto sí es cotidiano-parecía un contrasentido negociar con un contrincante derrotado y que sólo conoce por la televisión. Esas dudas subsisten. No cala el mensaje de que está próximo el fin de la guerra, porque hace tiempo no la sufren.

En su reciente columna, Mauricio Vargas plantea el riesgo de que el gobierno pierda el plebiscito por la paz, a causa de la impopularidad del presidente. Que los colombianos manifiesten en las urnas su rechazo a las políticas económicas y sociales. Un peor escenario es que ni voten. Que sea tanta la apatía, que el acuerdo para acabar con todas las guerras en Colombia termine aprobado por una minoría de minorías de minorías. O incluso algo más infame: con votos de maquinaria.

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