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Opinión

  • | 2007/03/10 00:00

    Acuerdo sobre lo básico

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Llevamos por lo menos 100 años de enfermedad. Y la enfermedad de este país faccioso no es la soledad, sino la discordia. Somos un país de iracundos, en el verbo y en la acción, y a este par de intemperancias se debe nuestra violencia endémica, nuestra casi perpetua guerra civil de alta o de baja intensidad. En estos momentos leo una novela extraordinaria (Historia secreta de Costaguana, de Juan Gabriel Vásquez) que ayuda, entre otras cosas, a repasar el triste acontecimiento de la pérdida de Panamá. El primer paso hacia el desastre lo dio un presidente gramático, Caro, "que con una mano hacía traducciones homéricas y con la otra leyes draconianas. Los pasatiempos favoritos de don Miguel Antonio eran abrir clásicos griegos y cerrar periódicos liberales". Y poco después los liberales, enfurecidos, se fueron a la guerra, y en eso estuvimos no mil, sino "mil ciento veintiocho días", con lo que el país quedó reducido a un pantano sanguinolento de desolación y miseria, y en medio del caos los gringos tuvieron el terreno libre para entrar a hacer lo que les dio la gana: desmembrar el país.

En estos días en que vivimos de nuevo (o como siempre) tiempos de furiosa polarización, con un Presidente y una oposición desbordados en la intemperancia verbal, convendría que en vez de desgarrarnos las carnes a punta de diatribas y mordiscos, de acusaciones infames, llegáramos, con todas las tendencias ideológicas unidas en unos pocos propósitos comunes, dentro de unas mínimas reglas de respeto mutuo, a un Acuerdo sobre lo Básico.

Lo primero sería aceptar como válida esa frase pragmática de Deng Xiao Ping: "No importa si el gato es negro o blanco con tal que cace ratones". Aquí no nos vamos a poner de acuerdo sobre si hay que privatizar o nacionalizar los servicios públicos, ni sobre si hay que proteger el latifundio o acabar con él, o si la educación en los colegios debe ser laica o religiosa y el TLC firmado o abortado. Esas discusiones siguen en pie y no las vamos a resolver ahora, sino que cambiarán al vaivén de los humores electorales. Pero hay algunos propósitos elementales con los que todos deberíamos estar conformes, y convendría firmar un documento (por parte de todos los partidos del gobierno y de la oposición) en el que manifiesten estar de acuerdo con unos propósitos nacionales básicos.

En Antioquia se acaba de dar una buena noticia. Por primera vez en años, en un departamento donde hay unos 300.000 menores desnutridos, el mes pasado el hambre no mató a ningún niño. Un propósito nacional (blanco, negro, rojo, neoliberal, comunista, conservador, anarquista) tendría que ser que no haya desnutrición infantil en Colombia; que ni un solo niño se muera de hambre. Dirán: sí, pero cómo: ¿con "flexibilización laboral" o con "granjas colectivas"? Ese es el punto, no importa el cómo. Como sea. Sin duda el país produce y producirá recursos, bajo cualquier régimen. Como los hay, una porción sustancial de esos bienes se tendría que dedicar a combatir el hambre de los niños. ¿Regalando comida? Pues sí, mientras las familias no puedan, dándoles el alimento a estos niños, con planes serios de nutrición a través de escuelas y centros de salud.

Otro acuerdo sobre lo básico: condena absoluta al secuestro como medio de lucha. Ni siquiera si Colombia fuera un régimen esclavista se justificaría que los esclavos oprimidos secuestraran a los hijos de los esclavistas. Ese medio de lucha (o de "impuesto revolucionario", como dice la guerrilla), no es admisible en ningún caso. Punto. Y tienen que firmarlo, con una explícita condena a las Farc por esa práctica, gobiernistas y oposición, liberales y comunistas.

Otra prioridad, el agua. Sin agua potable no es posible tener una población sana. Es inadmisible que la capital de uno de los sitios del mundo donde más lluvia cae durante el año, Quibdó, no tenga un acueducto decente. No puede haber ningún municipio del país sin agua potable corriente en todos los barrios. ¿Con empresas públicas, o privadas? No importa, como sea. Un propósito nacional acometido por gatos blancos o negros.

Algo más: las masacres, las desapariciones y los asesinatos de sindicalistas. No se vale, no se puede usar como arma de lucha el asesinato, la desaparición, las masacres de sindicalistas y campesinos. No se puede hacer esto ni aunque se sospechen alianzas con la guerrilla. Esto implica una condena explícita, del gobierno y de todos los partidos, por este método de supuesta "autodefensa" de los paramilitares.

Se me ocurren otros puntos básicos: ocho años de educación obligatoria, vivienda, atención a niños y ancianos indigentes, protección del medio ambiente. Pero no deberían ser más de cinco puntos, para que haya un símbolo claro y una eficacia verificable al final de cada año, tengamos el gobierno que tengamos. Sé que esto es la ilusión de alguien que sabe más de sueños que de política. Pero ¿sería imposible ver la firma de Carlos Gaviria y de Álvaro Uribe, de César Gaviria y Rafael Pardo, de Lucho Garzón y Carlos Holguín, en un acuerdo así sobre lo mínimo?
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