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Opinión

  • | 2011/06/15 00:00

    Además de la carga

    Si bien es cierto que el retraso que tiene el país en infraestructura tiene una repercusión trascendental sobre la competitividad y el comercio

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Si bien es cierto que el retraso que tiene el país en infraestructura tiene una repercusión trascendental sobre la competitividad y el comercio, es importante no perder de vista que ésta es solo una parte de la historia, y que, además de aliviar los costos logísticos de los industriales y comerciantes, una infraestructura moderna conlleva beneficios también en lo social.

Vale la pena resaltar este punto, ya que las quejas más frecuentes sobre el estado de las vías y puertos del país, por no hablar del sistema férreo, son de carácter económico, focalizándose sobre el impacto que este deterioro tiene sobre los costos logísticos de los empresarios. Tanto así que ya la aseveración sobre cómo cuesta más transportar un contenedor de Buenaventura a Bogotá que de China a Buenaventura se ha vuelto repetitiva. Más aún, al introducir su programa de Infraestructura para la Prosperidad, el gobierno dice claramente que a Colombia la “atropelló” el éxito, poniendo en evidencia el objetivo primordial de este programa: enfrentar el crecimiento del transporte de carga que este éxito trae.

Estos beneficios logísticos, que impulsan la competitividad del país y por ende deberían impactar positivamente otros sectores gracias al crecimiento económico resultante, son claramente primordiales y, siendo pragmáticos, son los que finalmente justifican las inversiones. Pero es necesario también mostrar al país que hay más ventajas escondidas que esta modernización trae; ventajas menos cuantificables, pero no por eso, menos importantes.

La primera es quizás la más evidente: un sistema moderno de autopistas, carreteras y, por qué no, ríos y rieles, sobre el territorio nacional permite al Estado cubrir más eficazmente su territorio. No sólo es esto importante en términos de seguridad, impulsando una presencia de las fuerzas del orden de una manera más oportuna y consecuente, sino en demás servicios como la salud y la educación. Se estaría ayudando a desenclavar municipios y pueblos donde la presencia del Estado es mínima, cuyas consecuencias ya todos conocemos.

Un territorio mejor conectado le da también un impulso a un sector hasta ahora explotado muy por debajo de su potencial y en el que muchos ven un futuro importante para la economía del país: el turismo. Es claro que el mayor impedimento para su desarrollo hasta ahora ha sido la seguridad; no obstante, y si queremos pensar realmente a largo plazo, en una era postconflicto, el boom del turismo tiene que ser precedido por una infraestructura que esté en capacidad de absorber su crecimiento. Es un círculo virtuoso: a medida que pueblos y territorios sean más accesibles, varios de éstos emergerán como nuevos destinos turísticos, especialmente para el turismo interno, exigiendo a su vez mejor infraestructura.

Quizás el beneficio social más importante, estrechamente ligado a los beneficios económicos del transporte de carga, es el aporte a la lucha contra la desnutrición. Es claro que los altos costos del transporte debido a la mala condición de las vías tienen un efecto perjudicial sobre los precios de los alimentos, golpeando más fuerte a las clases menos favorecidas. A esto se le suma que en Colombia, como en gran parte de los países en vías de desarrollo, el impacto sobre la cadena de suministro de alimentos perecederos es elevado, y muchos de los alimentos se dañan debido a un transporte ineficiente, ya sea por lo largo de los trayectos, como por el impacto de la mala calidad de la infraestructura actual para mantener condiciones de transporte adecuadas (como la cadena de frío).

Finalmente, el factor seguridad es esencial cuando se tienen discusiones sobre los beneficios de una infraestructura moderna. El ejemplo más claro son las dobles calzadas, que reducen drásticamente la accidentalidad en las carreteras del país; accidentalidad que le cuesta al país en términos de pérdida de producto económico, sin olvidar el daño social y moral. Aunque las cifras de muertos por accidentes palidezcan frente a las del conflicto armado, no por ende son menos importantes.

Subrayar todas estas ventajas lleva su riesgo; son precisamente estos puntos los que los políticos hábiles pueden utilizar para hacer politiquería y así construir carreteritas que al final no aportan nada. Es claro que el pilar de los proyectos de infraestructura en un país en desarrollado es mejorar la competitividad. Pero el discurso también tiene que subrayar todos estos elementos que no son menos importantes. Así, un programa como el de Infrastructura para la Prosperidad será visto como prosperidad para todos, y no sólo para los industriales y comerciantes.

Es titular de una maestría en Ingeniería de Transporte y Finanzas de la Universidad de Princeton y trabaja como experto en economía de transporte en Francia.
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