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Opinión

  • | 2012/11/01 00:00

    Además de saber dar, hay que saber recibir

    Saber pedir ayuda, mostrarse frágil en ocasiones y buscar apoyo en otros, puede ser una muestra de verdadera fortaleza.

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Muchas veces para una persona es más fácil querer que dejarse querer, más fácil dar que recibir; más fácil estar pendiente de los demás que permitirles a los demás que estén pendientes de ella. Y aunque en ocasiones esto parezca una virtud, la incapacidad para recibir acaba siendo un problema tanto para esa persona, como para quienes la rodean, porque nadie es todopoderoso, perfecto y completamente autosuficiente. Es más, saber pedir ayuda, mostrarse frágil en ocasiones y buscar apoyo en otros, puede ser una muestra de verdadera fortaleza.

Desde niños nos enseñan a dar y a compartir: prestarles los juguetes a los hermanos, a los primos, a los compañeros de curso; estar dispuestos a compartir las onces en el recreo, ser generosos con las pertenencias propias, con el tiempo de cada uno, entre muchas otras cosas. Sin duda, todo esto es muy importante para aprender a vivir en comunidad, para convivir con otras personas respetando los límites y aprendiendo a apoyar a otros. El problema, como en todo, es el exceso. De ahí que son cada vez más los casos de ‘súper héroes’ que no necesitan nada porque todo lo pueden. Hasta que nuevamente, como en todo, llegan a un límite y se revientan: se sienten agotados, quieren pedir ayuda pero no saben cómo hacerlo, son personas a las que les gustaría que las consintieran –tanto física como emocionalmente-, pero es tan fuerte la coraza que se han puesto que quienes están a su alrededor no pueden ni sospechar que tengan esa necesidad, y mucho menos que quieran ser consentidas. Son personas que a veces se sienten cansadas, tienen preocupaciones, angustias, sufren porque se sienten solas y con frecuencia no tienen pareja porque no saben cómo dejarse querer. Se sienten tan maravillosas y tan capaces de hacer todo de manera tan perfecta, que no necesitan el apoyo ni la ayuda de nadie.

“Estoy cansada y quiero renunciar a todo: a mi trabajo, a mis responsabilidades, quiero no tener que pensar en las próximas vacaciones de mi familia ni tampoco en el almuerzo de los domingos. Ya no puedo más”. A sus 38 años, esta mujer profesional, inteligente, capaz, responsable, excelente hija, excelente colega y la mejor de las amigas, se sentía agotada con la vida. Me decía que desde niña siempre había sido la hija, la hermana y la estudiante perfecta porque así se lo había exigido su madre: aunque no se lo decía directamente, constantemente les manifestaba sus otros hijos, y a la familia en general, lo maravillosa que era su hija. “Algunas de las frases que recuerdo haberle oído decir a mi mamá sobre mí eran: ‘Ella es siempre generosa, siempre entregada a los demás’. Sin duda se sentía orgullosa de mí, y eso se lo voy a agradecer siempre. Pero sin darse cuenta me puso encima una presión demasiado grande que después ya no supe cómo quitarme de encima. Por eso he sido siempre la niña a la que no le hace falta nada. Pero ya no quiero ser más así”.

Lo que le permitió a esta mujer darse cuenta de que también necesitaba aprender a recibir ocurrió una noche en la que, cuando llegó de trabajar, se acordó que se había comprometido con su hermano a hacerse cargo de sus sobrinos, y tuvo que volverse a poner las medias, los zapatos y la chaqueta para salir al tráfico y al frío rumbo la casa de su hermano. “Cuando hicimos el acuerdo ellos me invitaron a quedarme a dormir en su casa para que no tuviera que salir otra vez. Además al día siguiente podía descansar porque era fin de semana y podíamos cocinar juntos, estar acompañada. Pero como yo no necesito nada, les dije que no había problema, que me devolvía a mi casa apenas llegaran”. Sin darse cuenta, tan pronto sus sobrinos se durmieron ella también se quedó profunda. Al día siguiente la despertó el olor a pan fresco en la casa de su hermano. Se levantó algo angustiada, bajó a la cocina y vio que todo estaba listo para que ella se sentara a desayunar. Pero por su necesidad de hacer todo empezó a ayudar con la comida de los niños, a calentar el agua para el té, a vigilar que las tostadas no se quemaran…, hasta que su hermano le dijo que se sentara y se dejara atender. “En ese momento me puse a llorar como una niña chiquita porque me di cuenta que yo también necesito apoyo y ayuda, y sobre todo que quiero aprender a recibir de los demás; el problema es que no sé cómo”.

Para poder comenzar a recibir de otros el primer paso es aprender a recibir de uno mismo; y el primer paso empieza por conocerse a sí mismo. Cuando todo se ha hecho por y para los demás, la persona es la última en la lista porque “no necesita nada” y ahí pierde el contacto consigo misma. El problema es que no se da cuenta que eso le está ocurriendo hasta que se presenta un problema mayor, como el deterioro de la salud física, una pérdida de conciencia, un ataque de pánico, la sensación de estar deprimida, entre otras cosas. Es entonces cuando empieza a verse como un ser humano que puede ser vulnerable, frágil, que como cualquier persona necesita un abrazo, una hora de tiempo libre al día, un buen almuerzo, cinco minutos más de sueño, vacaciones, días en que, a pesar de los esfuerzos que se hagan, no es posible rendir en el trabajo. Días en los que sólo quiere estar con las amigas/os sin pensar en nada profundo, momentos en los que sólo se quiere un beso y un abrazo de la persona a la que se ama, recibir consentimiento, hacer el amor y disfrutar de estar en compañía del otro sin afán, sin angustias, sin preocupaciones. Días en los que la persona quiere recibir de los demás, ser consentida y dejar de consentir y estar preocupada por los demás.

La energía sigue al pensamiento, han dicho los grandes maestros desde hace miles de años. Por consiguiente, basta con empezar a pensar y a ‘soñar’ con lo que cada persona quiere, lo que le gustaría recibir, lo que quisiera ser capaz de pedir, para que poco a poco estas cosas empiecen a volverse reales, porque la realidad no es lo que nos ocurre, sino lo que hacemos con lo que nos ocurre (Nardone 2009). Esta paciente empezó por hacer una lista de todas las cosas que quería ser capaz de pedir y de recibir: “Es maravilloso porque ha sido como hacerle la lista al niño Dios: uno no sabía qué le iba a llegar, pero soñar con todo lo que uno puede pedir ya genera una sensación increíble”. Esta fue su ‘hoja de ruta’ para que ella empezara a poner en práctica cosas sencillas a través de las cuales fue aprendiendo a pedir y a recibir, encontrando un equilibrio –es decir, un constante movimiento- entre saber dar y recibir.

*Psicóloga – Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com
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