Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2000/01/31 00:00

Adiestramiento en historia

La escalada militar de Estados Unidos en Vietnam empezó como aquí, con unos asesores y el adiestramiento de un par de batallones.

Adiestramiento en historia

Desde la semana pasada, un nuevo batallón de 950 hombres entrenado y financiado por Estados Unidos “combate al narcotráfico en las selvas de Colombia”, informa la prensa entusiasta. Es el primero de tres, que pueden llegar a ser ocho: toda una brigada antinarcóticos. Pues según afirma el general Keith Huber, jefe de operaciones del Comando Sur de Estados Unidos y promotor del proyecto, “esto no es contrainsurgencia”, sino “una guerra, un conflicto que debemos ganar colectivamente. Las drogas son un arma química de destrucción masiva que mata uno a uno a nuestros niños”.

No hay que creerle: sí es contrainsurgencia. Así lo revelan las contradicciones del propio general Huber: la tal guerra contra el narcotráfico es una ficción; no se está ganando sino perdiendo; a Estados Unidos no le interesa ganarla sino mantenerla; las drogas no son un arma química, sino diplomática, y de Estados Unidos; un arma de destrucción masiva no mata uno a uno; y además la droga no mata niños. Pero fuera de ser evidentemente falso lo que dice el general Huber, a continuación lo contradice su colega el general Fernando Tapias, comandante de las Fuerzas Armadas, explicando que “como están las cosas, con los grupos armados protegiendo al narcotráfico, las zonas de narcocultivo se han convertido en un terreno vedado”. Se trata, pues, de combatir a esos grupos armados. Y eso se llama contrainsurgencia.

Así empezó la escalada norteamericana en la guerra de Vietnam.

Cuenta Tapias que el nuevo batallón recibió, además de rifles M-16, ametralladoras M-60, morteros de 81 mm, lanzagranadas M-203 y helicópteros UH-1H, “una intensa instrucción en derechos humanos, inteligencia, reconocimiento, fuego indirecto, tácticas de infantería liviana y conocimientos médicos”. Más de 30 horas, insiste el general, en lo tocante a derechos humanos y Derecho Internacional Humanitario, “tanto teórica como práctica en pistas de entrenamiento”. Muy bien. Pero ¿no habrá manera de que les den también por lo menos un par de horas de adiestramiento, teórico o práctico, ante un tablero o en una pista de entrenamiento, en historia? Porque así se enterarían de cómo fue lo de Vietnam; y tal vez entonces lo pensarían dos veces antes de acoger con tanto alborozo la ‘ayuda’ norteamericana.

La escalada militar de Estados Unidos en Vietnam empezó tal como aquí, con el envío de unas cuantas docenas de asesores y con el adiestramiento de un par de batallones vietnamitas. Y fue aumentando, tal como aquí, al amparo de las mentiras de los gobiernos. De los gobiernos vietnamitas: también allá se vivieron episodios grotescos como los que hemos conocido en Colombia: aquella escuelita construida en Juanchaco por los marines en tiempos del presidente Gaviria; aquel ‘fumigador civil’ accidentado cuyo féretro fue llevado en hombros por los generales en tiempos del presidente Samper; aquel avión fantasma tripulado por ‘asesores’ norteamericanos que se estrelló en la selva, ya en tiempos del presidente Pastrana. Y, sobre todo, de las mentiras de los gobiernos norteamericanos, tanto demócratas como republicanos. El de Kennedy, que multiplicó la ‘ayuda’ en armas y llevó a varios miles el número de consejeros militares; el de Jonhson, que falsificó el llamado ‘incidente del golfo de Tonkín’ para justificar la intervención de tropas; el de Nixon, que amplió secretamente la guerra a Camboya. Robert McNamara, que fue secretario de Defensa durante esos años, publicó hace dos o tres unas Memorias en las que reconoce, con cierto tímido arrepentimiento, esa cadena de falsedades y engaños que desembocó en el incendio de todo el sureste asiático. Ya para entonces el general Ky —el Tapias vietnamita— estaba de camarero en Los Angeles, habiendo escapado en uno de los últimos helicópteros norteamericanos. Y el presidente Diem —el Pastrana de allá— había sido asesinado por orden del gobierno norteamericano: su viuda se desgañitaba denunciando el crimen sin que nadie le hiciera el menor caso, como si estuviera loca. Y Vietnam —la Colombia de allá— estaba reducido a cenizas. Y gobernado por los antiguos guerrilleros comunistas contra quienes se había hecho la escalada. Lo sigue estando hoy.

Porque vale la pena señalar una paradoja. El comunismo ha desaparecido en todos los países que fueron comunistas, de Rusia para abajo, incluidos los que estuvieron ocupados por las tropas soviéticas. Y sólo subsiste en aquellos en los cuales Estados Unidos intervino militarmente para erradicarlo: en China, en Corea, en Cuba, en Vietnam. La razón es muy sencilla: es que en esos países el comunismo recibió el impulso del antiamericanismo.

Pero a nuestros generales no les enseñan historia. Les enseñan mentiras.

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