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Opinión

  • | 2006/12/08 00:00

    Adiós a las armas

    Luis Eduardo Celis hace un recuento de la historia del ELN y concluye que todo eso debe quedar en el pasado porque el presente y el futuro pasan por hacer política legal.

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Las guerrillas de izquierda en Colombia se dieron en consonancia con un sistema político cerrado (el del frente nacional) en un posconflicto mal tramitado (el de la época de la violencia de los años 50) y en un contexto de polarización internacional (la Guerra Fría).

Ahora, a mediados de la primera década del siglo XXI, ya no hay Guerra Fría, el sistema político se ha venido abriendo poco a poco, aceptando la competencia y el pluralismo; aunque aún falta mucho camino por recorrer para hablar de una democracia colombiana instalada, seria y madura. Además, buena parte de las guerrillas que surgieron en los años 60 y 70 concurrió a un pacto parcial de paz, que tuvo como su más importante refrendación política la nueva Constitución, promulgada hace ya 15 años.

Pero, a pesar de todos los cambios en los contextos nacional e internacional, siguen existiendo dos guerrillas, las Farc y el ELN. Ésta última está inmersa en un proceso de diálogos en el marco del cual se llevará a cabo en los próximos meses un intercambio de propuestas en búsqueda de construir fórmulas políticas que hagan viable la firma de un acuerdo de paz con el gobierno del presidente Uribe… o quizá no.

La historia del ELN está relativamente documentada[1], su período de instalación se da entre 1962 y 1973, cuando se define como una guerrilla que lucha junto al pueblo por la liberación nacional y se enmarca dentro de la tradición foquista que se inauguró en el continente con el triunfo de Fidel y sus barbudos, un grupo pequeño que muestra el camino de la acción armada como principal derrotero y trata de ligarse a las luchas de obreros, campesinos y estudiantes.

Este planteamiento tuvo eco en las fuerzas sociales y el ELN se nutrió en su primera década de buen número de dirigentes radicalizados, muchos de los cuales murieron en una orgía de sangre desatada por Fabio Vásquez quien, con su salida del país en 1975, sella la primera fase del ELN y lo sume en lo que se conoce como el período de crisis (entre 1975 y 1981).

¿Qué le permitió a un puñado de hombres y mujeres instalados en las profundas selvas del Magdalena medio y el sur de Bolívar, sobrevivir al desprestigio de la criminalidad interna, al asedio de las fuerzas armadas y a la precariedad económica, y luego resurgir, a principios de los 80, ya no como un pequeño grupo, sino como una extensa organización, vinculada a diversos sectores? ¿Qué les permitió atraer otros acumulados políticos a su seno, contar con una importante base financiera y abrirse un campo en el mundo de las relaciones con gobiernos y fuerzas políticas en América latina y el Caribe, Europa, Asia y África?

Este resurgir de las cenizas fue posible porque se instaló en la mente de muchos sectores como la guerrilla en que murió Camilo Torres; porque se integró a una corriente de cristianos que vieron en el levantamiento armado un deber y una posibilidad de acción; porque el país siguió siendo excluyente y autoritario, y la protesta social obtuvo como respuesta el garrote, la bala y la cárcel, lo cual influyó de manera decisiva para que muchos dirigentes y comunidades vieran en la guerrilla una alternativa. En fin, la poca democracia y el exceso de fuerza, con poca legitimidad, fue el caldo en el que el ELN tramitó su época de crisis.

El ELN en los 80

Los años 80 fueron los del crecimiento. En 1981, se inició lo que en la historia del ELN se conoce como el período de centralización política, ideológica y orgánica. Era un archipiélago de grupos y dirigentes, esparcidos por buena parte del país, que entre sí no se conocían y no tenían una conducción unificada, ni una propuesta de acción con mayor detalle. Era una organización que no contaba con la capacidad para responder a las exigencias de la política y posicionarse como una verdadera fuerza con perspectivas de poder. Todo esto es lo que se aboca a subsanar en los primeros años de los 80: Dotarse de una política con mayor detalle y complejidad, organizarse internamente, tener una conducción nacional, crecer y fortalecer sus lazos con comunidades en buena parte del país. Para lograrlo, el ELN fortalece un núcleo de conducción nacional, da orden a su dinámica interna, centraliza las finanzas, define unas dinámicas de cualificación de sus mandos, designa equipos de “diplomáticos” para atender una extendida red de relaciones y contactos, y logra así asumir una nueva fase: la expansión.

Para 1986, 20 años después de la muerte de Camilo Torres Restrepo -“el cura guerrillero”-, el ELN define, en su primera asamblea nacional, los rumbos de su estrategia: Construir un ejército, ligarse a las luchas reivindicativas de obreros, campesinos, pobladores y estudiantes -a quienes adopta como su “fuerza social fundamental”- para que, junto al poder guerrillero, se construyera un “poder popular” y, en alianza con el conjunto de fuerzas guerrilleras en Colombia, lograr la derrota del “Proyecto oligárquico” y la instauración de un gobierno del pueblo, que empujara su agenda de socialismo.

El ELN no logró dar el salto de una fuerza guerrillera a una fuerza de cuerpos de ejército. Lo intentó, pero los costos en vidas humanas y en el tipo de relación que debía efectuar con las comunidades en los territorios donde operaban, los hicieron desistir. O bien fueron guerras demasiado focalizadas; Arauca, nordeste antioqueño, sur de Bolívar y quizá de manera diferente el oriente antioqueño, fueron las zonas de mayor operatividad militar del ELN entre los años 1985 y 1995.

Un esfuerzo militar de amplia envergadura, que le permitiera mostrar su fuerza militar y desde allí avanzar en sus planes insurreccionales, fue la tesis que triunfo en su segundo congreso en el año 1989[2]. Pero la decisión de avanzar hacia una acción militar nacional se da en momentos en que la anhelada unidad guerrillera ya no existía.

Por presiones de la realidad, el ELN poco a poco se va adentrando en los “vericuetos” de la negociación política; y lo hace según su talante, paso a paso. El primer paso que toma es promover una consulta interna en la que toda la militancia del ELN en el nivel nacional es consultada, uno a uno, si está o no de acuerdo en adelantar diálogos con el Estado colombiano, con el objetivo de acumular capacidad política y mostrarse como una fuerza propositiva, capaz de discutir temas trascendentales. Esta consulta, adelantada en el segundo semestre de 1988, dio como resultado la expresa autorización a la Dirección Nacional del ELN para adelantar diálogos y negociaciones sobre política petrolera y “humanización del conflicto”, temas que resultaban cruciales para la organización, primero, por su ubicación en regiones de explotación petrolera y por su interés de apoyar las agendas de las organizaciones de los trabajadores petroleros, y segundo, porque ya se concebía como imperativo regular la acción de la guerra y sus efectos sobre las comunidades. Esto último era premonitorio frente a lo que luego, en los años 90, se vivió como una “guerra degradada” y que permanece hasta nuestros días.

El ELN en los 90

El ELN participó, junto con las Farc y una pequeña expresión del EPL, de los diálogos que se adelantaron en Caracas y luego en Tlaxcala, México, en 1991 y 1992, donde se intento construir un acuerdo de paz con el gobierno del presidente Barco. Estos diálogos fueron el intento de la insurgencia -que se mantuvo al margen de los acuerdos de paz- por tener protagonismo político, pero no condujeron a nada porque las exigencias de la guerrilla son maximalistas y las elites políticas tienen lógicas minimalistas. Así, unos y otros, guerrillas y gobierno, siguen pensando que pueden derrotar a su contradictor o ganar mayores puntos en una mesa de negociaciones, lo cual indica que no se haya logrado ningún acuerdo hasta el día de hoy.

Luego del fracaso de la campaña militar del 92, y del fracaso de los procesos de negociación -en los cuales es muy dudoso que el ELN haya logrado acumular simpatía política-, éste se sumerge en una nueva fase de crisis; ya no crece más, se debilita orgánicamente con la separación de la Corriente de Renovación Socialista, y surgen el ERP y el EG, dos grupos con operatividad muy circunscrita al sur de Bolívar. La aceptación a la lucha armada es cada vez menor, y el ELN pierde la sintonía con una diversidad de fuerzas sociales con las que se articuló en los años 70 y creció en los 80. Cada vez más, el ELN es un aparato militar sin sintonía política nacional, con un proyecto político que no tiene viabilidad: El del triunfo militar. Resulta, así, en una fuerza que ni es ejército ni recoge un proyecto compartido de liberación, ni es Nacional.

El ELN intenta remontar esta crisis de proyecto asumiendo que es la voz de una Colombia pobre y excluida; y en parte tiene razón, sus asentamientos históricos -Magdalena medio, sur de Bolívar, nordeste antioqueño, oriente antioqueño, Arauca y parte de Cauca y Nariño- son tierras de mucha pobreza y exclusión. Con este sentimiento se intentó sintonizar desde otra perspectiva el ELN, ya no buscando un triunfo militar, sino la construcción de un “Bloque histórico” para empujar su agenda política. Desde las elecciones locales de 1997, cuando en el municipio de San Carlos -oriente antioqueño- en el acto de dejación en libertad de un par de observadores de la OEA que ejercían veeduría electoral, propuso la “Convención Nacional”. Hasta el día de hoy, sus tesis se han enrutado por la construcción de un nuevo pacto político que les permita ser protagónicos en una acción ya no militar, sino de clara extirpe política, un pacto de inclusiones, en la cual ellos sean protagónicos.

En 1998, cuando muere Manuel Pérez, el sacerdote que lideró el resurgir del ELN a finales de los años 70 y su proyección como una fuerza muy beligerante en los 80, ya el grupo había cambiado de formato; dejó de pensar en la insurrección y el triunfo militar y se encaminó a la construcción de un acuerdo político, a su modo, paso a paso, tratando, pero sin arriesgar demasiado, tanteando el camino. Pero lo que no calculó es que el tiempo estaba en su contra; para entonces ya hay mayores exigencias para negociar con grupos armados y existe un esquema de justicia internacional por tener en cuenta. El “prestigio” de la acción armada para agenciar proyectos políticos se fue haciendo cada vez menor, la guerra se degradó y de las causas nobles que se pretendía impulsar se pasó a afectaciones y estragos cada vez mayores a la población.

El ELN hoy

El ELN asume este nuevo intento de negociación en un contexto de muy buenas condiciones para lograr un pacto de paz; la izquierda tiene un referente en ascenso en el Polo Democrático Alternativo y puede ser gobierno en 2010; hay interés en algunos sectores sociales en que esta negociación avance y pueda incorporar sus reivindicaciones; hay un grupo importante de países respaldándola y a la expectativa de colocar su granito de arena; y, quizá lo mas importante, el gobierno del presidente Uribe está interesado en lograr el pacto.

Pero no son pocos los obstáculos en el camino. Debe tomar una gran decisión: Acotar unas aspiraciones y buscar lograrlas, siendo conscientes de que no pueden pretender asumir toda la agenda de transformaciones porque su realidad política no corresponde con una agenda de máximos. Muy por el contrario -sin ser una fuerza derrotada, ni mucho menos-, es una organización que no está en el centro de la guerra; quizás esto sea importante y le permita actuar con otras lógicas, pero no puede pretender acometer una agenda pública que requiere mayores respaldos ciudadanos -con los que hoy no cuenta y quizá tampoco contará-. Realismo político es lo que se requiere para saber construir una agenda sustancial pero realista, el cambio en mayores proporciones pasa por varios gobiernos del Polo Democrático Alternativo y las fuerzas políticas y sociales que lo acompañen, y por una negociación con las Farc (que desde la lógica del poder militar va a empujar tarde que temprano un proceso de acuerdos políticos). Entonces, el ELN no puede pretenderlo todo, hay que dejarle alguito a una negociación con las Farc, las cuales tampoco pueden pretender que sea sobre el A a la Z de los temas públicos en Colombia.

El ELN tiene una gran oportunidad de salir por una puerta digna de la guerra, sin vencer ni ser vencido, pero debe ser consciente de que el tiempo corre en su contra, de que lo mejor es una negociación con este gobierno; una negociación con puntos importantes para sus principales regiones de asentamiento y actuación, tratando de colocar unos mojones importantes a la democratización del país, sin pretender colocarlos todos; con garantías para su tránsito a la vida civil y pagando el peaje necesario en los temas de verdad, justicia y reparación que correspondan, dejando atrás esas pretensiones sin fundamento de amnistías e indultos universales. Abandonando también la idea de que el tema de las armas no se discute; muy por el contrario, al final de esta negociación las armas que el ELN ha empuñado por 42 años deben quedar atrás. Como recurso de actuación política, bien pueden integrar parte de su fuerza a las fuerza pública del Estado, u optar por otras fórmulas, pero al final de este proceso el ELN debe dejar de existir como guerrilla y convertirse en fuerza política sin armas.

Hay mucha historia en las siglas ELN, pero ha llegado la hora de poner punto final a esta historia. Ya los tiempos de las insurrecciones armadas están en el pasado, no hay triunfo militar, ni remoto, y el desgaste de una fuerza que no está en la guerra ni en la paz, como lo es el ELN, es demasiado grande.
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