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Opinión

  • | 1983/07/25 00:00

    ADIOS CLASE MEDIA

    No han sido pocos los esfuerzos de estos millares de personas por evitar caer en le abismo de su proletarización

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Estudios recientes sobre la evolución social colombiana coinciden, sorprendentemente, en señalar la clase media como el sector de la población más afectado por los cambios en la escala de distribución del ingreso registrados durante la pasada década. Aunque no se perciben modificaciones significativas en la estructura global de dicha distribución, es decir, la sociedad colombiana, como un todo, no se empobreció, internamente hubo unos sectores que mejoraron su posición respecto a otros al comenzar la década, específicamente los segmentos más pobres en la ciudad y el campo, por mejoras en los niveles finales de remuneración salarial y los más ricos en todas partes. La clase media llevó la peor parte. Veamos algunas evidencias.
1. Aunque el ingreso per cápita mejoró durante los últimos diez años pasando de $5.319 en 1970 a $7.305 en 1980, los menores crecimientos relativos se concentraron en las escalas intermedias, quizás porque el poder de negociación de estos grupos, empleados de cuello blanco la mayor parte de ellos, es muy inferior al del sector básico, respaldado sindicalmente.
2. El grupo medio soporta los mayores incrementos en la tributación directa, especialmente la que grava las rentas de trabajo, los incrementos en las tarifas de servicios públicos, por encima del crecimiento de la inflación durante los últimos cinco años y ciertos impuestos indirectos como los recientemente establecidos o aumentados de licores y cigarrillos, rodamiento y prediales.
3. De toda esta contribución fiscal la clase media no recibe sino una mínima proporción en gastos públicos. Selowsky calculó que de cada cien pesos de impuestos que paga la clase media no recibe, en aportes de educación y salud, más de siete pesos. Es claro que, dado el status de este sector de población, sus hijos no van a las escuelas del Estado ni sus esposas a los hospitales de caridad.
4. Los aportes estatales al sistema de trabajo y seguridad social, que beneficia preferencialmente al sector medio, se han venido disminuyendo. Cálculos de Jorge Vivas sitúan este descenso respecto al presupuesto central del gobierno de 4.1% al 2.6% entre 1979 y 1982. Perdería el escaso espacio de esta columna si volviera a revivir, en este punto, los conocidos problemas de ineficiencia de nuestro criticado sistema de seguros sociales.
5. El desempleo profesional y técnico, el doble del desempleo abierto en todo el país, es otro síntoma de esta alarmante proletarización de nuestra clase media. El título universitario se ha convertido en una plusvalía para quienes cada día consiguen más y más profesionales en el mercado ofrecido de empleo por menos y menos remuneración a sus servicios personales. Uno de cada diez profesionales devenga por debajo del salario mínimo.
6. Si midiéramos la clase media como aquella que se encuentra entre los que tienen capacidad para comprar hasta una canasta familiar obrera y los que pueden comprar hasta una canasta familiar de empleados, tendríamos que cóncluir que el 47% de la población, la clase media de hace una década, se ha reducido al 38% hoy, lo que indica que nos estamos nivelando por lo bajo.
No han sido pocos los esfuerzos de estos millares de personas por evitar caer en el abismo de su proletarización. Primero fue la incorporación de la mujer al mercado de trabajo para ayudar a sostener el gasto familiar. Luego el aumento en los niveles de endeudamiento, equivalentes hoy a los coeficientes de ahorro de este mismo sector hace diez años. Y mucho más recientemente han comenzado los cenicientos a apretarse el cinturón sacrificando consumos recreativos o aceptando soluciones populares de vivienda, estilo ICT, antes reservadas a sectores sociales marginados.
La movilidad de una sociedad funciona como las autopistas en domingo. Si todos los motoristas avanzan, así sea lentamente esperan con paciencia llegar al cruce que los lleva a casa. Pero si un carril avanza mientras que el otro permanece estático, la impaciencia comenzará a contagiar la fila de los estáticos y de allí a la desesperación y la violencia hay un sólo paso. Las guerrillas urbanas son una manifestación evidente de que en la autopista social colombiana hace tiempo se detuvieron los automóviles de la clase media. Por eso el futuro de nuestra democracia depende de la capacidad que tengamos para darles a estos millares de compatriotas, que se están gastando todo lo que tienen en aparentar tener todo lo que no tienen, una salida y una esperanza.
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