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Opinión

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Con la excepción lúcida de un par de columnistas de prensa _Andrés Hurtado en El Tiempo y el capitán Ospina Navia en El Espectador_ a nadie en este país le importa un bledo la destrucción de la naturaleza. Y menos que a nadie, a las autoridades encargadas de impedirla, que contribuyen a ella cuanto pueden por acción y por omisión. Lo estamos viendoen estos días, cuando dos grandes catástrofes naturales se están desarrollando lentamente, inexorablemente, casi perezosamente ante los ojos de todo el mundo, y sin que nadie mueva un dedo para paliar sus efectos. La gran mancha de lodo mefítico que rueda llevando muerte por el río San Jorge abajo, y el gran incendio forestal que ha consumido ya más de 10.000 hectáreas de la Sierra Nevada de Santa Marta.Tuvieron que transcurrir más de 15 días del misterioso derrumbe o corrimiento de tierras o erupción o lo que fuera (y todavía no se sabe qué fue) que empezó a matar por millones a los peces del San Jorge, y tuvo que llegar la mortandad al borde mismo del río Magdalena para que el recién nombrado ministro del Medio Ambiente, señor Verano de la Rosa, le prestara atención al problema. La atención no consistió en mucho: simplemente en sobrevolar la zona en helicóptero. En uno de esos helicópteros que, por otra parte, no han sido usados para combatir el fuego que devora la Sierra Nevada, en donde sólo hay, según informa la prensa, un carro de bomberos con una manguera. Pero es que a nadie le importa que se queme la Sierra, donde no hay más que cultivos de pancoger y sembradíos de coca. Que se queme: así no será necesario ni siquiera fumigarla con los helicópteros que _para eso sí_ compra el gobierno. Y a nadie le importa que se envenenen el río San Jorge y el Magdalena. Mejor: así se irán de sus orillas los pescadores miserables y ya no será necesario expulsarlos con paramilitares para ensanchar las fincas ganaderas. Es sin duda porque esas cosas le parecen bien (pues si no, no se entiende), que al socaire de esos dos desastres no atendidos el señor Anwar Yaver, responsable de la Oficina de Atención de Desastres la abandona para pasar a dirigir el Instituto Nacional de Adecuación de Tierras. (Si no me engaña la memoria, había antes otra oficina que se llamaba de 'prevención' de desastres; sin duda fue abandonada hace tiempo, por inútil; y la de 'atención', sin duda, será sustituida pronto por otra que se llame de 'promoción', más acorde con el espíritu del 'Gobierno de la gente'.)Porque ¿qué va a importarles al señor Yaver o al señor Verano que se mueran los ríos, que se quemen las selvas? Ellos son funcionarios del 'Gobierno de la gente', no columnistas de temas ecológicos. Van saltando de puesto en puesto público para terminar en Planeación Nacional, como la señora Cecilia López, momento en el cual lanzarán su candidatura presidencial: su oficio es ese. Pero así como los funcionarios van haciendo carrera al mismo ritmo en que nadie los destituye por ineptos, así la mancha letal del río San Jorge, por no haber sido atajada aguas arriba, acabará por envenenar aguas abajo toda la médula espinal del Magdalena hasta las Bocas de Ceniza. Y como esa mancha es también el proceso de la destrucción ecológica. Empieza con unas cuantas toneladas de peces muertos de asfixia en un río que a nadie le importa; pero esos peces muertos conllevan la ruina de unos cuantos millares de familias de pescadores ribereños, que al quedarse sin medios de subsistencia se van a engrosar el aluvión de los desplazados de Colombia: esa avalancha que ya suma un millón de personas, contando solamente las que han tenido que huir de la violencia. Las que huyen de la miseria son todavía más numerosas. Y todas ellas, sea cual sea el motivo de su huida _que se les murió el río o que las expulsaron los paramilitares_ desembocan y confluyen en la violencia, que es el último recurso del desempleo en Colombia. Ningún desastre se reabsorbe, como esperaban los funcionarios del gobierno que se reabsorbiera el desastre del San Jorge en las propias ciénagas del río, sino que va causando aguas abajo más desastres, adquiriendo en su curso la potencia de una riada incontenible. Y lo que fue en su origen algo que era posible prevenir _como se llamaba la oficina_, o al menos atender _como se llama ahora_, no se puede ya ni siquiera adecuar, sino que arrastra todo por delante.Es por eso que los temas ecológicos no son simple capricho de columnistas de prensa. nn Tuvieron que transcurrir más de 15 días del misterioso derrumbe para que el recién nombrado Ministro del Medio Ambiente reaccionara
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