Opinión

  • | 2017/03/17 11:34

    El Agua maltratada río abajo

    El no obligar a los urbanizadores a no echar aguas sucias directamente al alcantarillado denota una profunda fragmentación institucional de responsabilidades ante prioridades del ordenamiento ambiental.

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Llueva, truene o relampaguee, con inundación o en época de sequía, el agua está siempre presente en cada instante de nuestra vida. Agua dulce, agua salada, agua usada, agua de nube y de tormenta, agua de pozo, alimentan la existencia y hacen amable la intimidad. Al reflexionar hasta dónde hemos permitido llegar con la urbanización desbordada y el manejo de las aguas servidas, confrontamos una crisis ambiental del sistema urbano nacional.

El hecho de no tratar de forma integral las aguas servidas de una megaciudad extendida, de no obligar a los urbanizadores a construir sus propias plantas de tratamiento antes de echar las aguas sucias directamente al alcantarillado, denota una profunda fragmentación institucional de responsabilidades nacionales, regionales y distritales ante prioridades del ordenamiento ambiental del altiplano sabanero.

Ya es hora de tener una política nacional de adaptación al cambio climático que incorpore estrategias para el manejo de las aguas lluvias, integrada a la prevención de riesgos y atención de desastres, y en particular al manejo de vertimientos urbanos convertidos hoy en cloacas y focos de corrupción administrativa con elefantes blancos que fueron construidos para tratar los vertimientos municipales.

El ejemplo de las dos enormes toneladoras que Odebrecht dejó atrapadas en un túnel desde hace ya varios años evidencia la absurda situación que impide avanzar con el tratamiento de las aguas residuales (PTAR Canoas) que beneficiaría a más de seis millones de habitantes del occidente y el sur de Bogotá. Desde el fallo del Tribunal de Cundinamarca para la descontaminación del río Bogotá y el Convenio 171 del 2007, los esfuerzos de la CAR y de la Empresa de Acueducto de Bogotá siguen empantanados en las cuencas media y baja del río Bogotá por el escandaloso lío que afecta la capital y los 46 municipios de la cuenca. Ni hablar de la situación de la otrora hermosa laguna del Muña, donde antaño había veleros navegando aguas hermosas y que hoy por los efectos de la alta contaminación impactan la salud de los ribereños del pueblo de Sibaté.

Desde la perspectiva de la calidad del agua que corre entre meandros haciendo frontera con los municipios de Cundinamarca, hoy nadie se atrevería a exponer su humanidad entre el agua. Los niveles de contaminación ya han desterrado formas de vida acuática y los residuos sólidos con enseres domésticos que se arrojan a las aguas oscuras demuestran cómo el agua tiene la capacidad de esconder enseres abandonados.

La pregunta en este mes de marzo dedicado al agua sana, sería: ¿Existe todavía la capacidad de recuperar las fuentes hídricas envenenadas por vertimientos sin tratar, y que son indispensables para las poblaciones de la cuenca río abajo?

Esta pregunta va cargada de una dosis de pesimismo, pues han transcurrido ya demasiados años de intervenciones a medias, préstamos internacionales, estudios, esfuerzos fragmentados, mentiras burocráticas, serruchos y altísimos costos en obras civiles, para prevenir inundaciones, erosión, compra de predios para zonas de amortiguación y programas de reforestación. Con todo y eso, aún se quedan cortos los esfuerzos de organizaciones comunitarias, ONG, líderes locales, frente a las dimensiones del daño causado a las prístinas aguas provenientes del páramo.

La gran cruzada por el agua (y el derecho a soñarla pristína) coincide con la vieja propuesta de darles la cara urbana al río Bogotá y a sus afluentes, con un parque lineal inspirado por el Jardín Botánico, aspirando a convertirse en el bosque urbano de alta montaña andina, con el mayor número de especies nativas, operado por muchas organizaciones responsables de su cuidado. Este sería el gran ejemplo de biodiversidad urbana, sumidero de gases de efecto invernadero, con diversas propuestas de restauración de bosques y formas de pertenencia ciudadana de la ronda de río.

Porque no soñar en esta época del posconflicto, con poder navegar por la cuenca media del río Bogotá, evitando trancones y gozando de estaciones fluviales y senderos con ciclorrutas que ayuden a acortar distancias entre urbanizaciones. Recuperar ecosistemas acuáticos moribundos, flora y fauna silvestre en extinción, reducir los efectos letales sobre la salud humana frente al manejo de vertimientos urbanos, constituye el reto mayor para Bogotá-Región. Para este sueño se requiere ponerle límites al crecimiento de la ciudad y respetar los corredores de conectividad biológica ya ampliamente estudiados.

Si otras ciudades del mundo tropical han logrado recuperar su frente de río, ¿por qué Bogotá-Región no podría voltear su cara al río y acelerar el proceso de descontaminación y restauración de los bosques de borde?

Es la responsabilidad de cada ciudadano y de las autoridades ambientales regionales y distritales, presionar al Estado-Nación para hacer de la descontaminación del río Bogotá una prioridad nacional. Ante el drama sanitario que generan los vertimientos de aguas residuales domésticas e industriales sin tratar, provenientes de la intimidad de cada hogar y de miles de urbanizaciones, la función de la PTAR Salitre y de su ampliación son todavía un paliativo que por ahora reduce mas no descontamina integralmente las aguas vertidas río abajo. El camino de la descontaminación está en curso en el norte de la ciudad, pero está perturbado por los líos de la PTAR Canoas y Odebrecht en el suroccidente de la sabana de Bogotá.

Estas líneas están dedicadas a la memoria del Ingeniero Hernando Robles, oriundo de Girardot y presidente de la Asociación de Usuarios del río Bogotá (ASURIO), quien falleció hace unos meses en Bogotá. Robles dedicó su vida al estudio del río y a proponer soluciones para su descontaminación. Murió de frustración porque sus propuestas técnicas cayeron en oídos sordos y en políticos actuando en cámara lenta frente a la monumental tragedia de las aguas servidas que siguen contaminando aguas abajo el río Magdalena y los corales del Caribe.

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