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Opinión

  • | 2011/08/30 00:00

    Y ahora que soy inseguro, ¿qué hago?

    Existe una inseguridad ‘interna’: la inseguridad de cada persona respecto a sí misma, a sus propias capacidades y a sus propios recursos.

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En la versión online del diccionario de la Real Academia de la Lengua, encontramos la palabra inseguridad definida como ‘falta de seguridad’. Si buscamos el significado de la palabra seguridad, encontramos que dice: cualidad de seguro, certeza (el conocimiento seguro y claro de algo). En resumen, la inseguridad es no tener una certeza, algo seguro.

En un país como Colombia estos términos son muy comunes. Los medios de comunicación se encargan de publicar las cifras sobre la inseguridad que se vive en el país, lo que ha convertido este tema en una preocupación nacional. En todas las campañas políticas para presidentes, alcaldes, gobernadores, etc., los candidatos incluyen la seguridad como uno de sus temas prioritarios. Proponen todo tipo de políticas y ‘planes de acción’ que apuntan a solucionar dicha problemática, que desafortunadamente persiste en muchos aspectos.

Esta inseguridad frente al mundo externo del que formamos parte la vivimos todos los seres humanos. Pero no es la única, y me atrevo a decir que puede no ser tampoco la más profunda. Existe una inseguridad ‘interna’: la inseguridad de cada persona respecto a sí misma, a sus propias capacidades y a sus propios recursos. Todos la hemos sentido en diferentes situaciones: al momento de responder una pregunta en clase, cuando salimos por primera vez con una persona que nos gusta, cuando tenemos que hacer una presentación en público, cuando estamos con un grupo de amigos y no tenemos mucho que decir, etc. Es una inseguridad “normal” en la medida que no todo lo podemos saber. ¿Pero cómo llega una persona a construirse una inseguridad tal que se convierte en su mayor incapacidad?

Cuando dudamos de algo y no estamos seguros de saber la respuesta correcta, la buscamos en diversos recursos externos: amigos, colegas, internet, un experto en el tema, etc. En principio parece una buena solución. ¿Pero qué pasa si llego al extremo de depender siempre de lo que ‘otros’ me digan? ¿Qué pasa cuando estas dudas empiezan a hacerme dudar de mi propio criterio? En este caso preguntar no soluciona nada; por el contrario: se convierte en el mayor problema. Es el caso del náufrago: ante la duda de qué rumbo tomar, opta por uno, luego por otro y otro, y termina dando vueltas en el mismo sitio hasta que se ahoga por agotamiento (Nardone, 2009).

“Muchas veces yo tengo la respuesta. Internamente sé lo que quiero, pero no puedo no preguntar”- me decía un estudiante de universidad que llegó a consulta muy angustiado porque sentía que había perdido completamente la seguridad en sí mismo. Había sido siempre muy destacado en sus estudios, pero dejó de serlo cuando lo invadió la inseguridad porque sentía que no sabía tanto como sus compañeros. A partir de entonces empezó a dudar no sólo de sus conocimientos, también de sus capacidades: “Al comienzo mi inseguridad era con cosas de la universidad y sólo les preguntaba a los profesores; después comencé a preguntarles a mis amigos, aunque sólo de vez en cuando. Pero llegó el punto en que preguntaba todo, hasta que mi mejor amigo del colegio me dijo que estaba desesperado con mi preguntadera. Entonces opté por callarme, porque dudo hasta de lo que voy a decir. Me siento muy raro”.

Esta inseguridad se la construye cada persona cuando duda tanto de sí misma que deja de lado su propio criterio. Entonces, por miedo a equivocarse, comienza a preguntar todo, y el problema se crece tanto que las personas alrededor se aburren de responder y terminan por “tachar” a la persona de insegura. Ella, por su parte, deja de preguntar. Pero las preguntas no desaparecen: se trasladan a un ‘diálogo interno’, mental, a través del cual se intenta encontrar las respuestas. Pero esta búsqueda acaba por generar una cadena de preguntas y respuestas que crece indefinidamente.

También puede ocurrir que las personas, por la necesidad de mostrarse siempre seguras, en lugar de preguntar buscan ocultar su inseguridad. Y como todos tenemos un límite, la inseguridad acaba por manifestarse, lo cual aumenta la lucha interna por ocultar esa ‘debilidad’. Esa lucha, paradójicamente, acaba por aumentarla. Así la persona termina construyéndose una inseguridad que bloquea su espontaneidad en sus interacciones con otros. Giorgio Nardone y Paul Watzlawick contaban la siguiente anécdota: un cien pies iba caminando y se encontró con una hormiga. La hormiga, al observarlo, le preguntó cómo hacía para caminar con sus cien pies sin caerse. El cien pies, al pensarlo no pudo volver a caminar.

Sentir inseguridad en muchas circunstancias es importante porque nos obliga a esforzarnos, a querer aprender cosas que no sabemos. Pero si aspiramos a saberlo todo, ese deseo nos lleva a volvernos cada vez más inseguros. ¿Cómo saber en qué momento la inseguridad se convierte en un problema? Cuando sienta que me bloquea, que me impide actuar con tranquilidad y espontaneidad. Cuando comience a pensar en todos mis movimientos y por eso me sienta incapaz de avanzar con la inseguridad y seguridad que hasta entonces había sentido. El cien pies logra caminar porque no está pensando en todos su movimientos. La inseguridad se maneja si evitamos pensar en todo lo que vamos –o no vamos- a hacer y/o a decir, pues aunque los detalles son importantes, si los miramos a través de una lupa los agrandamos sin necesidad.

*Psicóloga – Psicoterapeuta
xsantamaria@gmail.com
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