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Opinión

  • | 2006/07/22 00:00

    ¿Ahora sí?

    “El intercambio humanitario no se realiza porque las víctimas no producen ningún impacto en la opinión pública y, en consecuencia, tienen poco o ningún valor”, dice Gustavo Salazar.

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En 1999, en una reunión realizada en el Ministerio del Interior, las madres de soldados y policías privados de la libertad, reunidas en Asfamipaz, convirtieron sus ruegos en exigencias, su dolor en fortaleza y su tragedia en dignidad. Ya no se reunían solamente para llorar y buscar consuelo, o para recibir magros favores de algún representante de Gobierno. Se dieron cuenta de que estaban solas. ¿Qué había generado este cambio?

Durante varios meses, de manera reiterada, habían elevado derechos de petición para ser escuchadas en audiencia por el entonces Presidente, Andrés Pastrana, pero su clamor no había sido atendido, ni siquiera respondido. La razón: el Presidente estaba ocupado, concentrado en los grandes asuntos de la Nación y en el proceso de paz. Hasta ahí las madres de los soldados entendían, o aceptaban la realidad, se habían resignado a que la libertad y la vida de sus hijos no era un asunto prioritario de la Nación. Pero el día anterior a la reunión en el Ministerio del Interior, un domingo, se sorprendieron al ver en el noticiero las imágenes de un presuroso, solícito y ocupado Presidente que recibía amable y sonriente, al artista portorriqueño Carlos Ponce. La frivolidad presidencial las enardeció ¿Por qué sí tiene tiempo para los personajes de la farándula y no para nuestros hijos?

Al reconocerse como víctimas, en ellas se fortaleció la dignidad, pasaron de los requerimientos a las respuestas inmediatas y el ambiente, antes amable y pausado, dio paso a un escenario tenso y controversial. Exigieron los sueldos de sus hijos, pues seguían en servicio; solicitaron la participación del Comité Internacional de la Cruz Roja para llevar y traer correspondencia, para tener una respuesta sobre los desaparecidos; reclamaron atención sicológica para su congoja silenciosa, y, al alto Gobierno, que se abordara el tema con las Farc en la mesa de negociaciones; buscaban un camino para hablar, para exigirles, tanto al gobierno como a las Farc, un trato decente, exploraban la posibilidad de ser, finalmente, los interlocutores de su dolor.

El tono vehemente de las madres, generó la respuesta cortante y desatinada, de un alto oficial del Ejército: “Señora, nunca debieron haberse rendido al enemigo, fueron unos cobardes”. Una de las madres le respondió con claridad meridiana: “Nuestros hijos combatieron, ustedes son responsables por no prestarles el apoyo a tiempo. Espero coronel, desde mi dolor de madre, que la suya no sea la próxima que nos acompañe en este comité”. Silencio, las madres habían descubierto que su batalla era por un derecho fundamental e inalienable: La libertad.

A finales de la década de los 80, las Farc atacaron y coparon la Base Girasoles, en la Serranía de la Macarena. Los soldados fueron rápidamente liberados sin ninguna contraprestación. En 1996, el ataque a la Base de las Delicias y luego a Juradó. Samper, entonces Presidente, logró la liberación realizando un despeje. Las Farc habían cumplido dos objetivos: demostrar que el despeje y la interlocución directa, luego de cinco años, era no sólo posible, sino necesaria. Por eso, la foto de 70 aturdidos soldados liberados en el Chairá, rodeandos al Presidente Samper quien, sonriente, levantaba un dedo en señal de victoria, no pasó de ser el cuadro patético de un gobernante caído en desgracia y ansioso de aplausos. Pero la situación se agravó con los reveses militares en 1998: Primero El Billar, luego Miraflores, Pavarandó, Tamborales, La Uribe, Mitú, etc., casi 500 miembros de la Fuerza Pública en manos de la guerrilla. Ante una situación bélica diferente, la guerrilla hizo una apuesta política buscando abrir un escenario de simetría jurídica y moral: hablar entre iguales. Así, en el intercambio humanitario convergen múltiples asuntos complejos: El deber de un Estado de salvaguardar los derechos fundamentales de sus ciudadanos, la búsqueda de una simetría moral por parte de las Farc y la dignidad de las víctimas.

Las Farc cosificaron a civiles y militares al condicionar su libertad, así como el Gobierno lo ha hecho, al negarse a tocar el tema e invocar un ambiguo concepto de bienestar general que obvia el hecho de que todo ser es un fin en sí mismo. Pero aun cosificando a las víctimas, el intercambio sería posible. ¿Cómo? El intercambio es posible de acuerdo con el valor de las víctimas, el cual depende del valor que le dé la parte sobre la cual se pretende ejercer presión, el valor depende entonces de una interacción y de las posibilidades de impactar a la opinión pública. Como afirman los expertos Herrmann y Palmieri D., “las víctimas deben ser personajes cuya privación de la libertad sea de impacto y ese es el criterio de selección.”. Ahí está el problema, hay que decirlo de manera abierta, el intercambio humanitario no se realiza porque las víctimas no producen ningún impacto en la opinión pública y, en consecuencia, tienen poco o ningún valor.

La liberación de más de 400 miembros de la Fuerza Pública el 2 de junio del 2001 se realizó no por una hábil maniobra del gobierno Pastrana, ni por un acto de magnanimidad de las Farc, se llevó a cabo porque las Farc entendieron que a nadie le importaban. Al ver la poca importancia que el Estado les daba a los miembros de la Fuerza Pública en cautiverio, la estrategia de las Farc se centró en privar de la libertad a miembros de las elites políticas, de tal manera que las víctimas tuvieran un valor incuestionable. Error, las acciones de las Farc se dirigieron contra miembros de las elites locales y regionales que a pocos importan, diputados, parlamentarios de provincia, oficiales de mediano rango. Es por ello que la única posibilidad del intercambio humanitario se mantiene viva por Íngrid Betancur, su nacionalidad francesa y su éxito literario, nada más. La discusión no se centra en las razones militares ni en argumentos éticos y de Estado; la discusión no está en lo jurídico, ni siquiera en el carácter humanitario, el meollo es el valor de las víctimas, la reivindicada interlocución de las Farc, la dignidad de las madres.

El Intercambio Humanitario sólo es posible en la medida en que crezca la dignidad de las madres y la comunidad entienda que el Estado tiene una seria obligación de hacer y darles vida a los fundamentos de la dignidad humana, pilar de su existencia, esa misma dignidad que deben devolverles las Farc a las madres y a las personas en cautiverio acalladas, sumidas en la monotonía de la selva y la agonía de sus seres queridos. El intercambio humanitario es más una obligación que una potestad, una obligación de actuar de manera seria, no con pronunciamientos y peroratas interminables, de falsas acciones y esguinces de mediadores. Los caminos ya están trazados y si hay plazos para la guerra, debe haberlos para la libertad. El derecho internacional humanitario se concibió para fortalecer los derechos humanos, no para menoscabarlos.

Guerrilla y Estado ¿qué están esperando? ¿Acaso otro duelo inconcluso como el del capitán Guevara? O la muerte en desconsuelo de doña Nubia Alicia Hernández, madre de un cautivo? ¿Tal vez conceder medallas póstumas o ascensos sin alegrías como los otorgados al teniente Juan Carlos Bermeo? o, ¿torpes rescates y ejecuciones a mansalva como la del ex ministro Echeverri, el ex gobernador Gaviria y sus compañeros de infortunio? Esos hombres, estoy seguro, prefieren ser hijos, padres, hermanos, esposos, antes que héroes. Como decía Tucídides, al referirse a la Gran Guerra del Peloponeso en el siglo V a. C., “..la mayoría de los hombres prefiere que se les llame hábiles siendo no más que unos canallas, a que se les considere necios siendo honestos: de esto se avergüenzan, de lo otro se enorgullecen”. Más de 2.500 años nos separan de esa guerra y, sin embargo, nada parece haber modificado la precaria condición humana.
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