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Opinión

  • | 1989/04/17 00:00

    AL CANTO DEL CISNE

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La semana pasada, en esta misma revista, entrevistaron a varios amigos de García Márquez que tuvieron la fortuna de leer su novela antes de mandarla a la imprenta. Uno de ellos dijo, textualmente, que le habia parecido "un libro muy agradable" .
Discrepo. No es un placer leerlo. No es una diversión lúdica. Tampoco produce gozo. No es una obra de alborozo. No son graciosas ni regocijantes sus 280 páginas. Es un libro extraño, triste y hermoso al mismo tiempo, con la belleza de una rosa muerta.
Confieso que nunca antes había leído algo así, que me rompiera el alma como esta sinfonía amarga, la historia de un hombre que arrastra su grandeza como un trapo, entre los pueblos del río, chapaleando en los charcos de su propio sudor, compartiendo su chalupa con perros sin dueño huyendo de la ingratitud ajena de la perversidad humana, de la mala catadura de los hombres.
No soy crítico literario. Dios me libre. Creo, como en aquella sentencia malvada, que los críticos, como los eunucos, no saben cómo es que se hacen las cosas aunque las vean hacer todos los días, y, de todas maneras, tampoco podrían hacerlas, aunque aprendieran. Pero tengo derecho, como lector anónimo, a dar mis opiniones.
Me parece que no es el mejor libro de García Márquez, pero es el mas bello, qué duda cabe. Y es el único que me ha arrancado una lágrima. En cada página se le van quedando a uno las entrañas y siente que se está desangrando por dentro. Ese pobre hombre de carne y hueso -más hueso que carne- es un pedazo de nuestro propio corazón, sobre todo cuando los bellacos se burlan de él, le arrojan boñiga, le gritan improperios, se mofan de su hetiquez.
El hombre que desbarató el imperio más grande de su tiempo, el padre de la patria, el que creó un mundo nuevo, tuvo que escapar aquella noche de septiembre calzado con las babuchas de su amante porque sólo tenía un par de zapatos. Y se los estaban lustrando. Y no tuvo una moneda para darle a la niña de las monjas de Guaduas que pedía limosna para su convento. Llevaba dos camisas en su equipaje. Y la gloria hecha harapos. Mientras tanto, los herederos de su epopeya, a los que el novelista llama "cubileteros cebados, pequeños traficantes de empleos", le negaban el pasaporte para moverse en su propia tierra, en su creatura, en su pedazo de barro convertido en libertad. Y le escamoteaban el correo. Y lo comparaban con los locos piojosos de la calle.
Este libro hermoso y doloroso, que se parece tanto a la tragedia del cisne que únicamente canta cuando se va a morir, nos devuelve a Bolivar sin pedestal, sin bronce, sin charreteras ni abalorios. Es caribe, como nosotros en la procacidad y en la gloria, envuelto en su pellejo amarillo, pregonando que cada colombiano es un país enemigo para otro colombiano.
El Bolívar que Garcia Márquez nos restituye, sin lenguaje de héroe ni coronas de laureles, me recuerda la vieja y estremecedora historia del alcatraz ya viejo que, en un instante del vuelo, se separa de la bandada, porque ya no puede valerse por si mismo, y se afinca en una isla solitaria a esperar la muerte, sin depender de nadie, sin que los demás tengan que trabajar para él, envuelto en su propia dignidad.
Y, como si fuera poco, el novelista nos regresa al entrañable lenguaje de la tierra, la palabra que sabe a salitre, el costeñismo anacrónico: acoquinar, pastelero, pinga, tantalear. El aire del Pie de la Popa huele a mangos y flores de tamarindo, mientras el general se mece en la hamaca.
Este libro le cae como un mazazo en la cabeza a este país que se está destrozando a trancazos, como el sueño de Bolívar. A uno le parece que ahora mismo, de repente, el general va a aparecer en Turbaco, o en el puerto de Honda, repitiéndonos que cesen los partidos y se consolide la unión. Todo hace creer que la historia que cuenta García Márquez, con el corazón en la mano, tiene 160 años. Pero no hay nada mas actual que la tragedia de ese hombre que huye de la sangre derramada y del fuego, y que nos recuerda, casi dos siglos después, que somos pequeños ante su grandeza.
Gracias al mayor novelista vivo de la lengua castellana por darnos esta obra, por rescatar a Bolívar de las garras de los académicos, por demostrarnos que la historia más dolorosa se escribe con amor. El mismo García Márquez le dijo a María Elvira, en su entrevista de SEMANA, que el amor es la única salvación que nos queda.
Ojalá lo oigamos, al general, deambulando como un fantasma bajo el techo pajizo de su canoa, río abajo o en un balcón deslustrado de Cartagena, diciendo entre su fiebre, con agonía: "¡Qué cara nos ha costado esta mierda de independencia!". Y ojalá que cada uno entienda, por fin, que cada cuchillada contra un colombiano de hoy es la misma que lanzaron contra él, en las sombras, mientras huía, los conjurados de septiembre, y los que descosieron con un puñal su hamaca de Jamaica.
Ese día venturoso, cuando duerman las almas, el general podrá seguir cantando sus antiguas canciones, en coro con Iturbide, en un playón del Magdalena. Y podrá, entonces si, bajar tranquilo a su sepulcro.
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