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Opinión

  • | 2011/02/12 00:00

    Al cuerno con las fiestas bravas

    Fiesta brava la de Juan Carlos Martínez en La Picota; la de Silvestre Dangond cuando sube niños a la tarima; la de Guillermo Valencia Cossio, el Berlusconi criollo.

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Parto de una confesión: así se trate de Armandito Benedetti, me duele todo lo que hagan en contra de los animales. Todo. No duermo desde que vi el video en que unos policías mataban a una perra a punta de palazos. Eran unos sádicos. Cualquiera sabe que para matar a una perra basta con llamar a Luchito Garzón, que tiene una receta de changua infalible.
 
Pero Colombia es un país de salvajes, y el único gesto de preocupación que han tenido las autoridades colombianas por animal alguno lo ofreció Medicina Legal frente a 'la Gata': la excusó de ir a la cárcel porque, según el informe, la pobre no puede ir al baño sola ni desplazarse por sí misma. Si vamos a eso, Yidis, que está presa, tampoco podía visitar el retrete sin compañía: siempre lo hacía con Uribe o se aliviaba, juiciosa, en una matera, con la asistencia gentil de Sabas. Ahora bien: nadie cree la mentira de que 'la Gata' no se puede desplazar por sí misma, porque todos sabemos que ella es experta, justamente, en desplazamientos.
 
El hecho es que me angustio cada vez que maltratan a un mamífero, y sufrí mucho durante la semana en que atacaron a Júnior Turbay, por ejemplo. Siempre me han gustado los animales, pero en su hábitat natural: en la selva, en el bosque; en el gabinete de Uribe. Por eso detestaba las corridas de toros, hasta que llegó a mis manos una revista de sociedad en la que aparecían grandes personalidades de la vida nacional disfrutando de una tarde de sol en los tendidos.
 
Bien, me dije: llegó el momento de ser uno de ellos. Estoy harto de mis domingos, de no ser nadie, de no salir en las sociales. Ah -soñaba despierto-, cómo será estar allá, con todos ellos. Cómo será convencer a mi mujer de que se ponga las gafas oscuras a modo de balaca y se integre con todas esas señoras de la alta sociedad que se ven tan amables: una Luz María Zapata, una María Cecilia Lequerica: gentiles damas que, en lugar de impresionarse cuando el toro vomita sangre, comparan sus pashminas con una gracia envidiable.
 
Me puse, pues, una pañoleta de mi mujer a modo de foulard, y me fui directamente al callejón, porque en los palcos hay pura chusma de gamuza.
 
Me costó trabajo ingresar porque estaba atiborrado. Pisé al menos tres colas de escamas que se arrastraban por el piso y que, aun separadas del cuerpo, seguían moviéndose. Desde acá ofrezco excusas a los afectados y deseo que les crezcan de nuevo prontamente. Especialmente la de Felipe Negret.
 
Me abrí paso en medio de esa multitud de cachacos con boinas y sacos de tweed que de un momento a otro hablaban con el ceceo español, prendían un puro y decían, con el ceño fruncido y mucha sabiduría, "ahí, ahí", cuando, en el momento de la estocada final, el toro tenía las patas delanteras en el mismo nivel.
 
En el callejón no cabían los banderilleros porque estaba José Gabriel que, de espaldas a la faena, recorría el ruedo entero saludando de mano, uno por uno y con un comentario jocoso, a todos los de las gradas. Lo seguía Jorge Alfredo, que intentaba hacer lo mismo, y que llevaba puesto un saco que ya no usa José Gabriel. Estaba Hernando Herrera, con su peinado al óleo; Juan del Mar, vestido con una tanga dorada; Pepe Lafaurie, que descansaba de ver vacas mirando toros; Juan Martín, que descansaba de ver toros mirando a Pepe Lafaurie. Estaba Fabio Echeverri en sol y sin bloqueador, con las consecuencias que ahora todos podemos ver; Camilo Llinás, que estrenaba tirantas; Enriquito Vargas, que estrenaba bota; Tulio Ángel, que estrenaba papada; mi papá, que aceptaba de un vecino un chorro de manzanilla cuando en la casa el de la manzanilla siempre ha sido mi tío Ernesto; y Juan Andrés Carreño, que se disputaba con 'el Gordo' Bautista un pedazo de oreja que había cortado un matador, porque ambos habían quedado con hambre a pesar de que venían de un condumio.
 
Cuando anunciaron que iba a salir la primera bestia, pensé que se trataba de Samuel. No en vano la plaza es un lugar al que siempre asisten los políticos. Allá iba a veces Navarro Wolf, cojeando, para pedir prestada una muleta. También los hermanos Moreno, a quienes sentaban lejos de los diestros, en el lugar que corresponde a los siniestros.
 
Pero en lugar de Samuel salió al ruedo un pobre toro al que mataban lenta y dolorosamente en medio de los aplausos frenéticos de los presentes: ¿conque esa es la famosa fiesta brava? ¿Un poco de arribistas que aplauden ante el dolor de un animal inocente? ¿Qué diferencia hay entre gozar con una faena o con la muerte a palazos de una perra?
 
Fiesta brava la de Juan Carlos Martínez en La Picota; la de Silvestre Dangond cuando sube niños a la tarima; la de Guillermo Valencia Cossio, el Berlusconi criollo, a quien algunos en Twitter llaman 'Guiller-motel', que se llevaba a la india al estadero, le zampaba dos botellas de aguardiente y la ponía en cuatrimoto: ¡esa sí es una fiesta brava! ¡Ese sí es un burladero! ¡Allá sí se ven cuernos!

Pero las corridas de la Santamaría son idénticas a la sociedad colombiana. Están llenas de carteles. Por todos lados hay capotes, esto es, capos muy grandes. Y hay un montón de lagartos que se desplazan por todas partes y van al baño solos, como 'la Gata' cuando nadie la ve.
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