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Opinión

  • | 1983/09/12 00:00

    AL OIDO DEL NUEVO MINJUSTICIA

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Hasta altas horas de la noche se vio obligada a deliberra el miercoles pasado miércoles pasado una junta de parlamentarios liberales, con el objeto de definir su actitud ante el nuevo gabinete ministerial. Su posición final fue ardientemente criticada por distinguidas personalidades del partido, por considerarla confusa y contradictoria, lo que en lenguaje menos político y más cotidiano significa que esta junta de parlamentarios liberales fue acusada de no saber dónde estaba parada en medio del escenario político nacional. El asunto es que sí lo sabía, y muy bien. Aunque los parlamentarios reconocieron como representantes auténticos del liberalismo oficialista ante el gobierno a los cuatro ministros de esta filiación, llamados a colaborar con el Presidente, no se aprobó en cambio el apoyo político a los mismos, como una especie de precaución de estilo que le permitiría al partido una tajada en el gobierno sin renunciar a su derecho de declararse en la oposición. La impresión que quedó es la de que la junta de parlamentarios liberales se reunió con el objeto de decidir prácticamente, si se dejaba o no comprar por el gobierno. Cuatro ministros en el nuevo gabinete, a cambio de un apoyo político irrestricto. El derecho de las cosas, sin embargo, indicaba que no era necesario reunirse hasta altas horas de la noche para determinar que el nombramiento de los ministros liberales no tenía por qué implicar un apoyo político irrestricto a sus personas sino a sus gestiones, y en este segundo caso solamente si después de unos meses llegan a merecérsela. Acaso no es más honesto que el apoyo político dependa de la efectividad de sus ejecutorias, más que de su origen partidista? Y una última pregunta: ¿No habría resultado escandaloso que la junta de parlamentarios liberales hubiera renunciado a su labor fiscalizadora del gobierno por obra y gracia del nombramiento de cuatro ministros? Grave indicio es que la junta se hubiera reunido a considerar siquiera la posibilidad. Porque significa que el artículo 120 de la Constitución ha logrado degenerar muchas conciencas políticas.
* * *
Al ministro galanista, Rodrigo Lara Bonilla, le ha llegado a las manos una magnífica oportunidad para abrirle trocha al galanismo con hechos concretos, lo que constituye un lenguaje distinto, más difícil pero más concreto que el de la dialéctica política. El autodenominado "Nuevo Liberalismo" fue una disidencia que surgió con la teoría de que quería el poder porque sabría qué hacer con él. Pues bien, ahora lo tiene en el ramo de la justicia, y desperdiciarlo sería tanto como hacerle la eutanasia anticipada al galanismo. Por eso me atrevería a sugerirle al nuevo ministro de Justicia algo que no obstante lo extremadamente elemental, no se le ocurrió a ninguno de sus antecesores, que vieron llegar el final de sus periodos sin haber logrado diagnosticar la fuente de la tremenda morosidad de la justicia que nos agobia. La solución es tan sencilla como invitar a un café a veinte abogados litigantes de cada una de las especialidades y de las principales ciudades del país, para dejar que se quejen durante unos cuantos minutos sobre las penurias cotidianas de su actividad. Yo hice el experimento con un número semejante de abogados civilistas bogotanos y obtuve los siguientes resultados: Por opinión unánime, el peor juzgado de la capital es el 15 Civil del Circuito, donde los trámites se demoran 5 veces más de lo normal, y los abogados civilistas se ven sorprendidos permanentemente con demenciales providencias jurídicas. Luego está el 18 Civil del Circuito, que no es tan demorado, pero es igualmente peligroso en materia de providencias; tiene fama de dictar autos por salir del paso, sin estudiarlos. El 16 Civil del Circuito vive permanentemente congestionado, lo que lo convierte en un infierno para los abogados, que además se quejan de que al igual que los anteriores, en este juzgado se dictan autos absurdos para descongestionar el local. Y finalmente se mencionan el 1°, el 24 y el 25 Civiles del Circuito, a los cuales califican de demorados y de malos. Como ejemplares mencionan los abogados el 10° y el 13, donde la tramitación de los expedientes es veloz y concienzuda. ¿No es suficientemente valiosa esta información para un ministro de Justicia que llega con las pilas puestas? ¿Acaso existe un grupo más autorizado y con mayor derecho a la credibilidad que el de los abogados que diariamente litigan y sufren las consecuencias de la hepatitis judicial que nos aqueja? Complicado reto este para el galanismo. Se trata de un debut que dificilmente puede contentar al país con resultados opacos. Le ha llegado, pues, al galanismo la hora de hablar de una vez, o de callar para siempre.
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