Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2016/02/26 10:45

Emociones y posconflicto

¿Es posible que un país progrese cuando se encuentra en un estado emocional como el que caracteriza a los colombianos? ¿Qué tienen que ver las emociones con el desarrollo de un país?

Alejandra Ferro

La mayoría de los enfoques políticos, económicos y científicos descartan por frágiles las variables que las emociones otorgan a los fenómenos de los cuales se ocupan. Son consideradas un factor incómodo, que tergiversa, confunde y estropea los estudios y las acciones que objetivamente  podían llevar a los resultados esperados. Del lastre emocional es mejor deshacerse cuanto antes, pensamos con frecuencia.   

Sin embargo, es evidente que el peso de las emociones es mucho mayor que el que nos gustaría darle. Sin disposiciones emocionales adecuadas el impedimento para la acción se hace inminente.  Cuando hablamos de procesos personales individuales esto esta clarísimo. Pero pese a esta evidencia,  hemos limitado el papel de las emociones en la economía, al diseño de estrategias de venta y a instrumento disuasivo con fines de lucro. ¿Por qué en cuestiones políticas,  las emociones se limitan a hacer su aparición únicamente cuando el periodismo utiliza alguna estrategia amarillista para llamar la atención sobre algún suceso y ganar audiencia?

La necesidad de pensar en serio la cultura emocional es apremiante. Más aún cuando hablamos de un país que para su reconstrucción necesita sobre todo cambiar su estado de ánimo. Colombia sufre una terrible depresión. Anclada en las frustraciones del pasado y angustiada por un futuro teñido de negro, cultiva emociones nefastas que no son compatibles con los procesos que tiene como reto hoy: dar el paso hacia una sociedad que erradica diferencias, supera odios y rencores, perdona crímenes y acepta que aquellos que empuñaron las armas ocupen cargos en el gobierno. Viéndolo así, el posconflicto es utópico, por no decir, absurdo.

Para poder llevar a cabo el proyecto de país al que aspiramos hay que contar con emociones como la esperanza, la compasión, la solidaridad, la confianza. Con el maltrecho estado emocional de los colombianos, es difícil aspirar a que procesos como los que supone la reinserción de miles de desmovilizados, si se consigue un acuerdo sensato, sean exitosos. Si prima el miedo, la desconfianza, el desprecio por los otros, que son los sentimientos que caracterizan nuestras relaciones, el fracaso de un intento de paz será mayúsculo.  

 

El estado emocional de los Colombianos no soporta ni siquiera las buenas noticias, a juzgar por nuestras desmedidas reacciones con los triunfos parciales del futbol colombiano. ¿soportará un proceso que exige una madurez emocional suficiente como para convivir cotidianamente con aquellos que han matado inocentes? No lo se, pero sospecho que será un reto difícil de superar si no se toman medidas inmediatas.

La buena noticia es que existen caminos sólidos que podemos recorrer para atender y curar el estado emocional del país. No me refiero a la asistencia personal que puede brindar la psicología, por ejemplo. Me refiero a intervenir las emociones políticas y económicas de la sociedad. Insertar como variables de estudio los estados emocionales y desde su análisis establecer metodologías de modificación de éstos es posible y altamente efectivo cuando hablamos de aplicación de políticas públicas que suponen la transformación de comportamientos colectivos.

Vale la pena poner atención a los casos exitosos que en este sentido se han dado, como aquellos que recoge la filósofa Martha Nussbaum sobre sus experiencias en la India, un país más similar a Colombia que lo que imaginamos. Vale la pena apostar por nuevos caminos en los que la academia tenga la oportunidad de demostrar que lo que hace sirve y transforma la realidad. Una petición urgente al gobierno es que supere la miopía de leer el posconflicto como un asunto económico. Estamos a tiempo de considerar lo obvio: si se atiende a las personas, los procesos tienen menor riesgo de fracasar.

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