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Opinión

  • | 2016/08/11 10:43

    Lecciones de tolerancia

    Tras el escándalo sobre las falsas cartillas del Ministerio de Educación, se propone una reflexión sobre la diversidad de nuestro país y el llamado a la tolerancia.

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Escandalosa situación se ha generado por culpa de las cartillas que el ministerio de educación ha puesto en circulación, sobre el respeto a la diversidad. El escándalo del que hablo, no tiene que ver con ninguna de las dos posturas que frente al tema se han manifestado, ni tampoco con las afirmaciones que cada una esgrime como defensa de su punto. Lo que verdaderamente escandaliza en todo esto, es la profunda incapacidad que tenemos colombianos de dar discusiones racionales y respetuosas. Tanto el lenguaje como el tono que se ha usado en los espacios de discusión, es fuertemente agresivo y descalificante. Las ofensas directas, las burlas y las exageraciones son los recursos que la mayoría ha decidido usar para “argumentar” de un lado y otro. Son pocos los espacios en los que se ha dado un diálogo respetuoso, en el que sinceramente hay un esfuerzo por comprender cuál es el punto de vista del otro y desde ese ejercicio comprensivo, emprender un esfuerzo para crear un escenario en el que las dos partes convivan.

La discriminación en Colombia no es algo nuevo. A pesar que la diversidad nos caracteriza como país, poco o nada sabemos de respeto y aceptación del otro. El racismo, el clasismo, el regionalismo, el machismo, y muchos otros ismos han sido la constante en las dinámicas sociales y poco se ha hecho al respecto. Convivimos con prácticas escandalosamente discriminatorias (como designar estratos y organizar la sociedad de acuerdo a estos números), y sin embargo, no se nos ha cruzado por la mente deconstruir esta manera de ver el mundo, aún frente a la evidencia de sus problemas. Es nuevo, eso sí, comenzar a dar discusiones al respecto. Lo curioso es que la discusión se ha limitado a los temas sexuales y de género (justo los más enredados de todos y sobre los que existe menos claridad y consenso mundialmente). Mientras en otros países el tema de la homosexualidad y sus derechos llega cuando se han resuelto asuntos básicos como el derecho a la salud, a la educación, la igualdad de oportunidades, la erradicación de la pobreza extrema, el saneamiento de las instituciones públicas, entre otros fundamentales, aquí omitimos todos los anteriores y nos montamos en una discusión acalorada e irracional que poco o nada aporta a la construcción de país.

No se cual será la causa de esta miopía. Pero lo que es claro es que la coyuntura de estos días pone en evidencia que como sociedad estamos bastante lejos de entender en qué consiste la tolerancia y el respeto. Nos angustian y obsesionan los contenidos de la cartilla, pero no hemos pensado en lo más importante: cómo aprender y enseñar a respetar al que piensa distinto.

La sensación que deja todo esto es, en mi caso, de profunda tristeza. Me parece que cuando se trata de sacarle un ojo al vecino, todos estamos listos; cargados con un arsenal de insultos, burlas y ofensas que claramente tienen la intensión de picar con fuerza al otro, de incomodarlo, de hacerlo sentir inválido y estúpido. De lado y lado ha pasado esto. Es urgente una autoevaluación que tenga como fin encontrar la raíz de este desprecio al otro, de ese afán de ponerse por encima cueste lo que cueste. Sería un primer paso interesante para transformar la sociedad hacia la paz.

Al ministerio y a los papás les propongo poner en práctica lo que exigen: respeto y tolerancia, dar discusiones racionales y sensatas en las que se busquen puntos de encuentro y sobre todo, bajarle al tono para que nuestros niños puedan aprender de verdad a convivir en paz.

*Antropóloga. Doctora en Filosofía. Docente e investigadora. Consultora para personas, grupos e instituciones.

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