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Opinión

  • | 2016/04/22 15:59

    El quinto poder

    De manera creciente, el fundamentalismo ambientalista es quién decide el desarrollo económico en el país.

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En su libro “David y Goliat”, el reconocido escritor y periodista Malcom Gladwell refuta la tesis universal  de que David tenía todas las de perder frente al gigante. Explica cómo David no era sólo un pastor de ovejas, sino que había demostrado habilidades guerreras para proteger a su rebaño de leones y osos. Era un especialista en lanzar piedras con su honda, con un impacto similar a las balas de una pistola de calibre 45. Goliat, en cambio, dice Gladwell,  aparentemente tenía problemas de visión. Era un blanco fácil. Concluye Gladwell que la lucha no era tan desigual como se ha contado durante siglos.

Algo parecido ocurre con la percepción sobre los ambientalistas fundamentalistas. En el imaginario popular son pequeños héroes que combaten contra los grandes conglomerados y “transnacionales” que quieren destruir la naturaleza. Se presentan como los débiles. Parecen hermanitas de caridad; su único interés, la verdad y el bienestar de la humanidad. Su credibilidad en los medios es estratosférica; la carga de la prueba mínima, casi inexistente.

Disfrutan de una ventaja comparativa: alegan defender un bien común, el medio ambiente y el futuro de nuestros hijos y nietos. Son descritos -y se autoproclaman- como nuestra única salvaguardia ante las hordas capitalistas. Criticarlos equivale a blasfemia. Como Torquemadas potenciados del siglo XXI, persiguen a los herejes sin contemplación.

Son a la vez profetas y expertos. Sus opiniones infalibles. Son maestros de la propaganda y de la comunicación. Entienden que la manera más fácil de transmitir un mensaje en este mundo de información instantánea y masiva es acudiendo a la exageración y al sensacionalismo. Y especialmente, cuando lo que dicen coincide con el pensamiento de muchos. La revocatoria de la licencia ambiental de la compañía Hupecol en el Macarena es el más reciente y quizás mayor éxito de esta estrategia. En menos de 48 horas lograron la suspensión y en seis días, que la Agencia Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) reversara su decisión.

Todo comenzó un miércoles con el titular de El Espectador “¿Desastre ambiental? ANLA otorga licencia de explotación en la Macarena” y el subtítulo, “afectaría Caño Cristales”. Y la nota se ilustró con una foto de esa maravilla de la naturaleza. En minutos, tronaron los trinos. Había que salvar el río de cinco colores. Sólo faltó que la gente cambiara su perfil de Facebook en solidaridad con Caño Cristales. Por la tarde, quedó claro que no era cierto. Que el área de potencial exploración quedaba a 60 kilómetros. Que el bloque había sido entregado por la Agencia Nacional de Hidrocarburos a la petrolera y que nunca se contempló adelantar actividades petroleras en los parques nacionales. Que la ANLA había hecho la tarea técnica para la cual fue creada y había impuesto las condiciones para garantizar una explotación sostenible. Que el proceso había seguido al pie de la letra la ley y la normativa existente.

Infortunadamente, nada de eso importó. Pudieron más los gritos que los hechos, la emoción, que la discusión pausada. Ante la histeria colectiva, el jueves por la tarde hasta el mismo Presidente estaba pidiendo la suspensión del acto administrativo. Y el martes, la ANLA cambió de opinión. Echó al traste cuatro años y nueve meses de estudios previos y miles de horas de trabajo. 

Evidentemente, sus técnicos no están a la altura que espera el movimiento ambientalista fundamentalista. Prefieren expertos como el profesor de la Universidad Industria de Santander, quien fue blanco de burla del presidente de Ecopetrol. Según El Espectador, el director de la Escuela de Ingeniería de Petróleos de la UIS, Nicolás Santos, dijo en una carta que el docente "no ha desarrollado investigaciones profundas que se basen en el método científico, en trabajo de campo y de soporte tecnológico experimental de laboratorio, que le permita establecer conceptos veraces y concluyentes". Pero esa opinión tampoco alteró el debate. Han tenido más exposición mediática las declaraciones del ingeniero que la de otros más experimentados. Y aún hoy, todas las notas sobre la controversia se ilustran con los colores de Caño Cristales, confirmando la consigna de Joseph Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.

Va ser muy difícil atraer inversión al país si cualquier decisión gubernamental puede ser revocada a punto de desinformación y twitterazos. 

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