Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/10/21 20:17

La increíble debilidad de las FARC

Parecería que los del Sí no se han dado cuenta que la guerrilla resultó un tigre de papel. Su única opción es aceptar cambios al acuerdo.

Alfonso Cuéllar. Foto: Juan Carlos Sierra / Revista Semana

“Maskirova”. Así se llama la táctica rusa de maniobras militares engañosas, que fue utilizada con inmenso éxito por la Unión Soviética contra la Alemania Nazi en la Segunda Guerra Mundial. Consiste en despistar al enemigo sobre la presencia y el tamaño real de las tropas. Es particularmente efectivo para grupos pequeños que enfrentan fuerzas superiores en número y capacidad letal. También funciona como propaganda disuasiva.

Durante los últimos años, la opinión pública colombiana ha sido víctima de una “maskirova” criolla, implementada por el Secretariado y el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército Popular. No sorprende que la dirigencia fariana -mucha de la cual recibió instrucción desde Moscú en las épocas de la Guerra Fría- aplicara lo aprendido en nuestro conflicto armado.

Si el resultado del plebiscito del 2 de octubre hubiera sido otro, la farsa de las FARC sería apenas un pie de página de la historia, un dato curioso para comentar en futuras discusiones sobre el proceso de paz. Hoy es relevante y, quizás, fundamental para lo que viene.

Como suele ocurrir, la mentira se descubrió de manera ligera. Sin querer queriendo. Su alcance pasó casi desapercibido. Ocurrió el martes 27 de septiembre, el día después de la firma del Acuerdo entre el gobierno y las FARC y “cesó la horrible noche”. En medio de la explicable euforia, se conoció que el número total de guerrilleros armados era de 5.675; cifra confirmada por las dos partes. No eran los 7.500 de que se había hablado tanto en los medios. Ni los 9.000 que había en 2010, según los datos oficiales de entonces. Y mucho menos ese poderoso ejército revolucionario de miles y miles de tropas que desfilaba desafiante durante el despeje del Caguán.

Irónicamente y contrario a lo que alegaba la oposición, el gobierno del presidente Juan Manuel Santos había reducido la fuerza combatiente de las FARC en más de una tercera parte. Por primera vez en las múltiples negociaciones con la guerrilla, ésta perdió hombres.

La mentira del gran ejército revolucionario no es fortuita. Era una de los pilares estratégicos de la confrontación de las FARC contra el Estado colombiano. Había que mostrar presencia en todo el territorio nacional. Si bien hasta el 2002 ese discurso tenía alguna base en el terreno -ese año la guerrilla superó los 20.000 miembros armados-, con el paso del tiempo se volvió cada vez más retórica que realidad. Pero las FARC nunca cambiaron el libreto, el cual increíblemente era repicado por los órganos oficiales y, obviamente, los medios.

Así, se volvió común hablar de que las FARC tenían siete bloques regionales -Caribe, Noroccidental, el José María Córdoba, Occidental, Central, Oriental y Sur- y más de 50 frentes. De sus múltiples columnas y compañías móviles, donde la sola mención de Teófilo Forero generaba temor y titulares. En el imaginario popular no se distingue un bloque de un frente ni una columna de una compañía. Y la guerrilla aprovechó esa ignorancia para seguir proyectando el mito de que su poderío no se había minado. Pocos se preguntaron cómo, después de sufrir tantas derrotas y perder tantos miembros, no se reducía el número de bloques y frentes. Este se mantenía estable. No importaba que algunos frentes habían quedado integrados por apenas docenas de miembros, o que los bloques, lejos de controlar varios departamentos, como lo insinuaban sus nombres, eran más una colcha de retazos.

El éxito de la “maskirova” de las FARC también se debió a que tantos actores -el gobierno, la oposición de derecha y de izquierda, los militares, los medios, la opinión pública- tenían motivos para ser crédulos. La guerrilla opera en la sombra; es su esencia.

Esa ventaja estratégica, sin embargo, desapareció con el limbo en que quedó el acuerdo firmado el 26 de septiembre. Se acabó el misterio. Los colombianos ya sabemos cuántos son los de las FARC. Y si bien 6.000 guerrilleros pueden asesinar, secuestrar y aterrorizar a muchos colombianos -no minimizo el peligro- , ya no representan una amenaza existencial para Colombia. En términos militares y estratégicos, son un tigre de papel. Y el secretariado lo sabe. Las FARC no tenían plan B. Como todos los colombianos, no previeron la derrota del Sí. Estaban jugados por la paz (por fin después de 52 años).

Toda negociación es fluida. Es un error asumir -como he escuchado y leído estos días- que las condiciones en la Mesa de La Habana siguen iguales. El tablero se inclinó hacia el gobierno. Su contraparte está en el peor de los mundos; sin garrote y con reducido campo de maniobra. Las FARC quedaron como el emperador y su nuevo traje en el cuento de Hans Christian Andersen, desnudas.

* En Twitter: Fonzi65

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