Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2016/09/09 16:20

    Cuando Colombia era inviable

    En vez de odiar a Álvaro Uribe y a Andrés Pastrana, los partidarios del 'Sí' deberían agradecerles. Sin ellos no se desarman las FARC.

COMPARTIR

En noviembre de 1997 la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA, por sus siglas en inglés), presentó un informe secreto sobre la situación de Colombia a los altos funcionarios del Pentágono y de la administración del presidente Bill Clinton. Según su evaluación, que fue revelada por el Washington Post unos meses después, las FARC estaban ganando la guerra por la falta de legitimidad del gobierno de Ernesto Samper y la “ineptidud de las Fuerzas Militares”. Advirtió que la guerrilla estaba en 700 municipios y en franco crecimiento.

Esta agencia no fue única en prever una catástrofe. Pulularon ensayos de académicos y centros de pensamiento. “Colombia es la Bosnia de Surámérica”, escribió la respetada activista Ana Carrigan en 1996. Como un monstruo Hobbesiano describió otro analista, la triple amenaza de guerrillas, paramilitares y narcotraficantes en 2001. Surgió el debate sobre si el país era o estaba ad portas de convertirse en un estado fallido. Si bien esta visión apocalíptica fue rechazada en su momento por una mayoría de la “inteligencia” colombiana, en retrospectiva no estaba tan lejos de la verdad.

En la Colombia de este entonces pasaban cosas inverosímiles. Las FARC notificaban en vivo y en directo su amenaza de secuestrar a todo colombiano que no aportara a su causa, con el rótulo de “ley 002”. Y los medios lo reportaban ampliamente, como si fuera un anuncio oficial. A Carlos Castaño, el más visible líder de las autodefensas de Córdoba y Urabá y responsable de miles de crímenes de lesa humanidad, lo entrevistaban por televisión como si fuera un actor legítimo. Tenía más audiencia que el mismo presidente Andrés Pastrana.

Las FARC, mientras tanto, eran cada vez más avezadas. Desde llevarse 12 diputados de la Asamblea en el centro de Cali, al secuestro de un senador en pleno vuelo y el forzado aterrizaje del avión. En las FARC la pregunta no era si iban a llevar la guerra a las ciudades, sino cuándo. Era apenas cuestión de tiempo. Y la tercera generación del narcotráfico crecía exponencialmente en la sombra. Tanto, que muchos capos sólo fueron identificados cuando se disfrazaron de paramilitares en busca de obtener beneficios jurídicos. Es el caso, por ejemplo, de alias “Macaco” (Carlos Mario Jiménez), quien, además de heredar los negocios del cartel de Norte de Valle, llegó a comandar el Bloque Central Bolívar que dejó más de 14.000 víctimas y que ejerció como autoridad en departamentos como Risaralda y Putumayo.

Era tanta la desfachatez de estos señores que hasta vendían franquicias paramilitares. Los mellizos Mejía Múnera, traficantes de cocaína, le compraron a Vicente Castaño el bloque “Los Vencedores de Arauca”, con hombres y todo para poderse incorporar a las negociaciones en Ralito.

Sólo unos años después, gracias a la desmovilización de los grupos paramilitares y la implementación de la ley de justicia y paz, el país se daría cuenta de la dimensión del poder que alcanzaron a acumular los Castaño y los otros comandantes de las autodefensas: una tercera parte del Congreso, varias gobernaciones y alcaldías, el manejo de los recursos de salud de la Costa Atlántica, infiltración del DAS y la Fiscalía, etcétera, etcétera.

A Andrés Pastrana y Álvaro Uribe les tocó gobernar ese caos. Que hoy estemos próximos a presenciar la firma de un acuerdo con las FARC, que contemple el desarme de esa organización y su incorporación a la legalidad, demuestra que hicieron algo bien. Sin Plan Colombia y la modernización de las fuerzas armadas -en particular la supremacía aérea-, no hubiera sido posible frenar el avance guerrillero y su eventual derrota militar y estratégica. Sin la negociación de Ralito -con todos sus lunares y errores-, quien sabe cuánto territorio estaría bajo el control de esos señores de la guerra.

En Colombia hemos subestimado la hazaña de Luis Carlos Restrepo y el gobierno de Uribe de persuadir a un ejército triunfador de desmontar su inmenso aparato militar y someter a sus comandantes a la ley. Su impacto en vidas humanas fue inmensa, cayeron estrepitosamente los homicidios. Fue la primera experiencia en exigir la verdad y la reparación como requisito para la reducción de penas. Con las AUC matando a diestra y siniestra, no era posible un acuerdo con las FARC. Así de sencillo.

El 2 de octubre votaremos en un plebiscito para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera. Irónicamente, dos de los responsables de ese éxito, no sólo votarán ‘No‘ sino que son señalados por algunos partidarios del ‘Sí‘ como promotores de la guerra perpetua. ¡Qué infamia!

* En Twitter: Fonzi65

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1850

PORTADA

El hombre de las tulas

SEMANA revela la historia del misterioso personaje que movía la plata en efectivo para pagar sobornos, en el peor escándalo de la Justicia en Colombia.