Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2015/08/08 12:27

El honor militar

Si la paz está tan cerca como dicen algunos, es momento de reconocer a quiénes lo han hecho posible.

Por Alfonso Cuéllar.

El 27 de diciembre de 1991 las poderosas fuerzas armadas estadounidenses amanecieron sin su enemigo de cuatro décadas. El día anterior se había anunciado la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Con un plumazo desapareció el “imperio de mal”, el país que motivó la mayor carrera armamentista en la historia de Estados Unidos. Centenares de miles de generales, coroneles, mayores, tenientes, sargentos y soldados fueron educados con un objetivo único, preciso y esencial: derrotar a la Unión Soviética, considerada una amenaza existencial al “American Way of Life”.

Era una misión sin tapujos. Y de un momento otro, todo cambió. Si en 1989, en el documento anual de la Casa Blanca sobre la estrategia de seguridad nacional, la URSS seguía siendo “la amenaza más significativa a los intereses de Estados Unidos”, en la versión de 1993, la meta de la política exterior era establecer una “relación de cooperación creciente".

La zozobra de los militares fue inmensa; más aun cuando en los siguientes años bajo el pretexto de cosechar el “dividendo de la paz”, se redujeron los recursos del sector defensa. El mensaje de la sociedad norteamericana fue equívoco, en parte porque a diferencia de otras guerras, no hubo un desfile triunfal ni una ceremonia de rendición. Lo único cierto es que su raison d’etre quedó en entredicho.

Para las fuerzas militares de Colombia, las FARC son su Unión Soviética. Desde el primer día, los soldados e incluso los policías son instruidos en que las guerrillas comunistas son un peligro para la supervivencia de la patria. Las han combatido a un altísimo costo. Miles de sus compañeros y amigos del alma han perdido la vida, piernas, brazos y ojos defendiendo a la sociedad.

Gracias a su valentía y heroísmo evitamos convertirnos en la Corea del Norte del hemisferio (las FARC son de corte estalinista). Gracias a ellos se venció a ese grupo armado ilegal, cuyo sueño de una entrada triunfal a Bogotá- a lo Fidel Castro- es igual de real que los gigantes que combatía Don Quijote.

Sin embargo, este triunfo en el campo de batalla del Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y la Policía es hoy agridulce para muchos de sus miembros. Si bien siempre se ha hablado de que el fin del conflicto pasaría por una mesa de negociación, al acercarse el desenlace definitivo ha salido a relucir una preocupación trascendental para el estamento militar: y ahora, ¿qué?

Gran parte de la discusión sobre el impacto de un acuerdo de paz en las fuerzas militares se ha concentrado en el asunto de la justicia y sobre si es justo - perdone la redundancia- que se les equipare con los guerrilleros. Es un enfoque muy limitado. Se subestiman las consecuencias sobre el diario vivir de nuestra fuerza pública.

Su rol en la sociedad va sufrir un cambio. Hoy, por el conflicto armado, comandantes de brigadas y batallones ejercen una posición distinguida y de liderazgo dentro de la población. Muchas veces, incluso superior a los alcaldes y obispos. Sin la pesadilla de las FARC, no será la misma relación ni tampoco igual la responsabilidad. No es un aspecto insignificante.

La lucha contra-insurgente era su norte. Ahora, tendrán que aceptar y desempeñar un nuevo papel en Colombia.

Mientras abundan las iniciativas para facilitar la reinserción de los seis mil y pico guerrilleros que quedarían sin oficio, son pocas las propuestas encaminadas a ayudar a los 500.000 militares y policías activos, a los 110.000 retirados y a los 13.500 pensionados por invalidez, a adaptarse a la Colombia del posconflicto.

Como cuota inicial, deberíamos tratarlos con respeto y gratitud, y rendirles los honores que se merecen. A diferencia de la inmensa mayoría de nosotros, ellos sí conocen los lugares más recónditos de nuestro país, donde fueron el único representante del Estado por muchos años.

En otros países es usual ver gestos de reconocimiento a la tropa, desde aplausos espontáneos hasta descuentos en aerolíneas y almacenes. Si de verdad la paz está tan cerca como dicen algunos, prioricemos el bienestar de los hombres y mujeres que nos llevaron a este punto. Es lo mínimo.

En Twitter fonzi65

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