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Opinión

  • | 2015/06/13 11:03

    El silencio de los inocentes

    Frente a los abusos a la libertad en Venezuela, Colombia no puede callar.

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Cuando Argentina invadió las islas Malvinas en abril de 1982, prácticamente todos los países latinoamericanos expresaron su respaldo. Una nación se apartó de ese consenso y se ganó el mote de “Caín de América”, incluso dentro de sus propias fronteras. Colombia fue crucificada por lo que se consideró una traición a los hermanos argentinos al no apoyarlos en su lucha contra el Reino Unido.

El gobierno colombiano en ese entonces – encabezado por el presidente Julio César Turbay y el canciller Carlos Lemos- optó por otro camino y rehusó darle su sello de aprobación a la acción militar. Hubiera sido infinitamente más fácil arroparse en la solidaridad regional e histórica. Fue una decisión corajuda, sustentada en los principios y en los intereses nacionales del país, mas no popular.  

Para Colombia, justificar el uso de la fuerza por parte de Argentina violaba sus pilares de política exterior basados en la solución pacífica de los conflictos. Hoy se conocen las atrocidades de las juntas militares que gobernaron a Argentina de 1976 a 1983 y, así mismo, las motivaciones poco altruistas de los generales y almirantes que engendraron la desastrosa aventura en el sur del Atlántico. Parafraseando a Fidel Castro, la historia terminó absolviendo la posición colombiana de no legitimar semejante locura.

Hoy, Colombia enfrenta un dilema parecido, si bien no tan evidente. El 11 de septiembre de 2001 – sí, el mismo día del ataque terrorista contra las torres gemelas- los miembros de la Organización de Estados Americanos aprobaron la Carta Democrática. Allí prometieron defender la democracia y los derechos humanos en los países del hemisferio. Catorce años después ese  compromiso está en veremos. En Ecuador, se viola diariamente el artículo cuatro donde se pregona por la libertad de expresión y de prensa. Ser periodista es cada vez más un acto de valor. Se han vuelto tristemente comunes las andanadas sabatinas del Presidente Rafael Correa contra los comunicadores que se atreven a criticar y cuestionar sus políticas. Abruma el silencio continental frente a esos abusos.

Pero tal vez donde más está en entredicho la defensa de los valores democráticos es en Venezuela. Allí están encarcelados líderes de la oposición, que han tenido incluso que acudir a huelgas de hambre para ser escuchados por la comunidad internacional. En los 70 y 80, los llamarían presos políticos. Pero en la América Latina de ahora, gobernados muchos países por ex presos de regímenes militares, pocos se atreven a levantar la voz de preocupación, bajo el pretexto de no inmiscuirse en los asuntos internos. Esa hipocresía tiene una explicación sencilla: los detenidos no son de ideología de izquierda. El silencio colombiano, sin embargo, es menos entendible,
La discreción colombiana se ha justificado por la importancia de Venezuela en el proceso de paz con las Farc. Se ha considerado que exigir la liberación de Leopoldo López, Daniel Ceballos y Antonio Ledezma podría afectar las negociaciones y desbaratar la relativa tranquilidad de las relaciones entre Bogotá y Caracas durante los cincos años del gobierno de Juan Manuel Santos. Ambas premisas con erradas porque se nutren de un supuesto equívoco: que seguimos en agosto de 2010. Mucho ha cambiado desde entonces. Hugo Chávez ya no está. Nicolás Maduro no tiene ni el carisma ni la influencia hemisférica sobre la guerrilla y la región que tenía su antecesor.

Con casi todo el secretariado en La Habana, es mayor la relevancia de los cubanos. La creciente debilidad diplomática venezolana quedó demostrada con dos hechos recientes: el primero, Maduro se enteró por la prensa del acercamiento entre Cuba y Estados Unidos. Ese oso no le hubiera pasado a Chávez. El segundo sucedió en la reciente cumbre de las Américas, cuando el gobierno de Caracas no logró obligar a Washington a desistir de sus acciones judiciales contra altos funcionarios venezolanos.

Y esa relativa tranquilidad en las relaciones colombo-venezolanas es más ficticia que real. Este año han proliferado las deportaciones injustas de decenas de colombianos. La semana pasada Maduro tuvo la osadía de acusar a Colombia de exportar la pobreza, del cual el único responsable es su gobierno. Según el diario El Nacional, la Encuesta Condiciones de Vida del Venezolano 2014, realizada por investigadores de las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello, encontró un deterioro en la salud de los venezolanos debido a la pobre alimentación causada por la escasez de productos como el huevo y la leche en la dieta diaria. Y esa responsabilidad le cae a Maduro y sus amigos.

Son cada vez menos frecuentes los gestos de amistad de Venezuela con nuestro país. El jueves PDVSA anunció que dejaría de comprar gas de Colombia a partir del 30 de junio de 2015  por unos supuestos incumplimientos de suministro. Le faltó agregar que ese contrato terminaba esa fecha de todos modos. Nos hemos acostumbrado a esa retórica hostil y unilateral de nuestro vecino. Tal vez sea el momento de invertir el discurso. Como demócratas nos debe doler el creciente autoritarismo del régimen y el regreso de la época de los presos políticos y de conciencia. Es cierto que es costoso salirse del consenso latinoamericano, de ser la voz disonante en el desierto. Pero para qué sirve el merecido liderazgo regional que se ha ganado Colombia en estos años, si no es para dejar huella.  
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