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Opinión

  • | 2016/10/07 20:08

    El valor del Nobel

    Es una oportunidad para que los colombianos superemos nuestros traumas de medio siglo.

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Parafraseando al escritor Mark Twain, los rumores de la muerte -política- de Juan Manuel Santos estaban fuertemente exagerados. El presidente cabizbajo y derrotado del domingo; que el martes soportara la ignominia de ver como RCN y su principal contradictor le impusieran una cita en el Palacio -y no al revés como dicta el protocolo-; que el miércoles recibiera a los líderes del No -a quienes les negó una audiencia antes del plebiscito- para escuchar durante cinco horas sus alegatos de todo lo que hizo mal, terminó la semana en los libros de historia como el segundo Nobel de Colombia y miembro del exclusivo grupo conformado por líderes de la talla de Martin Luther King, la Madre Teresa de Calcuta y Nelson Mandela.

Que el salvavidas a Santos proviniera del exterior, no sorprende. Allí siempre ha tenido más simpatizantes. Santos se crece afuera. Su interlocución es fluida, sus mensajes claros y contundentes. Emana credibilidad. Se alimenta y se nutre de las relaciones. Llega recargado de esos viajes por el mundo. Hay una explicación sencilla, pero no tan evidente para muchos: Colombia tiene estrella. Es un país que genera elogios, que es visto como una potencia naciente. Una nación con un futuro ilimitado.

Es habitual escuchar acerca del milagro colombiano en todos los campos. De cómo superó la violencia narcoterrorista de Pablo Escobar, de cómo evitó ser un estado fallido. No es gratuito que Colombia sea candidata a ser miembro pleno de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), el llamado club de los países ricos. Es un privilegio que refleja la posición exaltada de Colombia en el contexto internacional; el resultado de casi dos décadas de transformación. En el mundo financiero son frecuentes las alabanzas sobre el manejo económico. No sólo de ahora, es una constante desde principios de este siglo. Hay un consenso internacional sobre el presente y el potencial del país. Y es inmensamente favorable.

La Colombia de la mala prensa, de las bombas y los carteles sobrevive en la serie Narcos de Netflix, pero aún allí, hay un entendimiento de lo que es el pasado. Que hay una nueva Colombia.

Irónicamente, esta apreciación positiva en el exterior contrasta con la que tenemos en el país. Nos imaginamos lo peor. Somos incapaces de reconocer que ya no somos primeros en narcotráfico, en violencia, en devastación ambiental. Nos parece increíble, por ejemplo, que gobiernos de otras naciones -en Centroamérica, África, Asia, Europa- busquen nuestra asesoría en la lucha contra el crimen.

Cuando sale un índice de Transparencia Internacional sobre corrupción, nos sorprende que no lo encabecemos (en la mesa de W Radio hubo consternación de alguno de sus integrantes cuando vio que Colombia no estaba en los titulares). Nos acostumbramos tanto a las noticias negativas y a la mala imagen -a la vergüenza de portar el ya obsoleto pasaporte verde-, que se nos dificulta aceptar que eso cambió. Cargamos con un complejo de desconfianza, que de eso tan bueno, no dan tanto. Nos criaron con el chiste de que si bien Dios le dio a Colombia todos los beneficios de la naturaleza, recursos naturales inigualables, una biodiversidad única y una posición geográfica envidiable, la pobló con unos cafres.

Esa autoflagelación nos ha enceguecido. Nos ha impedido comprender que ya no somos parias. Que cuando el comité del Nobel de la Paz dice que el premio es también un tributo para el pueblo colombiano, son más que unas palabras amables. Es un reconocimiento de cuánto hemos progresado. Hoy somos inspiración para el mundo.

Ese es el valor del Nobel. Es una oportunidad para que los colombianos releguemos al cuarto de San Alejo nuestros traumas de medio siglo de violencia. Que pasemos la página. Que cese esa dicotomía entre lo que piensan los extranjeros sobre Colombia y lo que se ventila localmente.

* En Twitter: Fonzi65

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