Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/07/15 17:04

La carta de Santos

Al hacerla pública de inmediato, se borró con el codo lo que se hizo con la mano. Lástima.

Alfonso Cuéllar (*) Foto: Juan Carlos Sierra / Revista Semana

Hace unas semanas se conoció el texto de la carta que le dejó el saliente presidente George Herbert Bush a su sucesor Bill Clinton el 20 de enero de 1993. Escrita con su puño y letra, Bush le desea mucha felicidad a Clinton. Le advierte que si bien habrá momentos muy difíciles y críticas injustas, no se debería dejar desalentar ni variar su ruta. Concluye su carta: “Usted será nuestro presidente cuando lea esta nota… Su éxito es ahora el éxito de nuestro país. Estoy haciendo fuerza por usted”.

Bush, que en 1991 alcanzó una popularidad de 70 por ciento, terminó perdiendo su intento de reelección con Clinton. Fue una campaña negativa; Clinton no ahorró epítetos para referirse a la gestión del entonces mandatario republicano. Bush también se mostró displicente frente al demócrata, lo consideraba un don nadie. Eran todo menos que amigos. Entendió, sin embargo, que pasada la elección, su relación tenía que cambiar, que Clinton sería parte del exclusivo y selecto grupo de presidentes de Estados Unidos.

Bush nunca habló de su mensaje de ese 20 de enero. Clinton si la mencionó años después en su autobiografía, cuando ya era prudente. Sabían que no hay nada más privilegiado que la comunicación personalizada entre los pocos que han despachado desde la oficina oval. Son los únicos que pueden empatizar sobre el peso, la responsabilidad y las angustias que acompañan semejante honor.

Son miembros de un club de reglas particulares y comunicaciones discretas. Comprenden que lo importante es el cargo, no la persona. Por algo nunca dejan de ser “Mr. President”.

Cuando conocí la decisión del presidente Juan Manuel Santos de enviarle una misiva personal a su antecesor Álvaro Uribe, me acordé de la discreción de Bush y Clinton. Me pareció un acierto de Santos querer evitar intermediarios y acudir directamente a su homólogo. Era oportuna -todo indica que se firmará el acuerdo final con las FARC en agosto- y conveniente -Uribe no estaba en el país-, lo que daría tiempo al expresidente para meditar su respuesta sin el correcorre de la Colombia cotidiana.

El contenido de la carta también me llamó la atención: fue respetuosa -“me hizo el honor de nombrarme como su ministro de Defensa”- y con un tono conciliador -“lo invito a usted y a sus seguidores a participar en el diseño de ese nuevo país que todos queremos”-. Buscaba encontrar elementos de común acuerdo, de rememorar esa época cuando Santos y Uribe eran uña y mugre.

Se equivoca el ex presidente en rechazar de plano la oferta de reunirse con el actual mandatario para revisar las negociaciones. Santos no tenía que hacerlo: las elecciones de 2014 la mayoría de los votantes colombianos le dieron el mandato al Presidente para continuar y cerrar un acuerdo con las FARC. En fin, era un gesto a Uribe.

Pero y no es cualquier pero, si el objetivo era generar un acercamiento plausible y apaciguar las aguas, fue un error anunciar la carta y publicar su contenido casi de inmediato (tiene fecha del 10 de julio y el 12 ya estaba en todos los medios). Me dicen personas muy allegadas a Uribe que el expresidente y hoy senador conoció el texto por internet. ¿Cuál era el afán de filtrarla? ¿No hubiera sido preferible que se mantuviera en privado esa correspondencia entre los dos, en un diálogo de tú a tú, de colegas de ese club exclusivo?

En la diplomacia -y no hay nada más protocolario que la interacción entre jefes y ex jefes de Estado- muchas veces importa más la forma que el fondo. Hay incluso instrucciones claras de cómo se debe entregar una carta y cuando se puede hacer pública. La primera regla de oro: garantizar que el destinatario de la misma la haya recibido y leído.

Tal vez esa era la intención como alegan los uribistas: acorralar a su jefe ante los medios y mostrar al presidente Santos como el gran conciliador. Quizá, como argumentan los santistas, ya que esperaban que Uribe rechazara el ofrecimiento, era mejor que se ventilara públicamente antes que el ex presidente la filtrara con su versión de los hechos.

Prefiero no unirme al cinismo de los dos lados. Creo que se perdió una oportunidad, posiblemente la última, de reconciliación entre los dos hombres que nos han gobernado durante los últimos 14 años. Por un afán innecesario se borró con el codo lo que se hizo con la mano.

En Twitter Fonzi65

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