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Opinión

  • | 2015/08/14 20:03

    La cruda realidad

    Es muy poco factible que Simón Trinidad sea repatriado.

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Reapareció Carlos Lehder. El primer gran capo del narcotráfico extraditado en 1987 a Estados Unidos tuvo la mala fortuna de caer en las garras de la justicia norteamericana, en momentos que la guerra contra las drogas era considerada un tema prioritario de seguridad nacional en Washington. Lehder (o Marcos Herber como lo llaman los colombianos más jóvenes que descubrieron parte de nuestra historia en El Patrón del Mal de Caracol Televisión) fue condenado a cadena perpetua más 155 años (me imagino que los gringos le agregaron esa pena adicional por si acaso el miembro del cartel de Medellín regresara de la ultratumba). Aunque después le redujeron la sentencia a 55 años por testificar contra el dirigente panameño Manuel Antonio Noriega,  el narcotraficante sigue en la cárcel sin perspectivas reales de volver a ver a su adorada Armenia. De nada han servido sus súplicas de misericordia.

Por bastante tiempo, Lehder fue el preso insigne de los extraditados colombianos. Incluso fue el primero en ser encarcelado en una tenebrosa prisión de máxima de seguridad (la de Marion, Ilinois). Hoy, en esa notoriedad- tanto mediática como por su sitio de reclusión- lo ha reemplazado Simón Trinidad. Desde 2008 el comandante guerrillero reside en ADX Florence, la cárcel de cárceles en Colorado; entre sus compañeros de celdas están los responsables del atentado al World Trade Center en 1993, el presunto secuestrador número 20 de las Torres Gemelas, el cómplice en el camión bomba que voló las oficinas del FBI en Oklahoma, varios espías y el Unabomber. Trinidad no está allí por carambola, sino por el delito por el cual fue condenado por un jurado de 12 personas: conspiración para mantener secuestrados a tres ciudadanos estadounidenses.

El tema no es de poca monta en Estados Unidos. Ni tampoco es un asunto nuevo. La ley de rehenes de 1868 ordena al presidente estadounidense a hacer hasta lo imposible (“menos un acto de  guerra”) para lograr la liberación de un compatriota en otro país. En las últimas décadas, el auge de toma de rehenes en regiones como el oriente medio ha convertido el secuestro en un delito de extrema sensibilidad política. Es de las pocas cuestiones donde hay consenso entre demócratas y republicanos, la Casa Blanca y el Congreso, y la rama judicial. Son reveladoras las palabras del juez del distrito federal Royce Lamberth al sentenciar a Ricardo Palmera alias Simón Trinidad en enero de 2008: "Esto fue y es un acto de terrorismo. Fue un acto bárbaro que atenta contra las leyes de todas las naciones civilizadas".

Con semejantes antecedentes, me sorprende la ligereza con que se hable en Colombia sobre la inminencia del regreso de Trinidad al país e incluso su traslado a La Habana para unirse a las negociaciones. No sólo no es inminente sino que es más factible que ocurra todo lo contrario: que el guerrillero supere el récord de Lehder de tiempo viviendo en una cárcel “supermax”.

La explicación es sencilla. Para salir de la prisión, Trinidad requiere de un perdón presidencial. En este caso, de Barack Obama. El perdón es una facultad constitucional, que en los últimos 15 años se ha vuelto más y más polémica y pública gracias a Bill Clinton. Clinton utilizó esa potestad para perdonar al fugitivo financista Mark Rich pocos días antes de dejar el poder en enero de 2001. Fue tanto el escándalo que su sucesor, George W. Bush,  prefirió ganarse la enemistad de su vicepresidente Dick Cheney, que indultar al asesor de éste, condenado por filtrar el nombre de un agente de la CIA.

El caso del Jonathan Pollard es también ilustrativo. Pollard fue un estadounidense que fue condenado a cadena perpetua en 1987 por espiar a favor de Israel. Desde el primer día, el gobierno israelí ha buscado de todas las formas que a Pollard lo perdonen por sus crímenes. La respuesta de Ronald Reagan, los dos George Bush, Clinton y Obama ha sido la misma: no, no y no. Es cierto que Pollard entregó información secreta, pero finalmente fue a un país aliado; Trinidad, en cambio, es miembro de un grupo que mantuvo secuestrado a tres ciudadanos estadounidenses. Si con el primero no hubo clemencia, ¿cuál es la justificación para sí otorgárselo al segundo?

Más aún cuando nadie puede garantizar hoy que la paz en Colombia será eterna ni que las Farc – y Trinidad- no volverán a delinquir. Para Obama es un pierde pierde.

En Twitter  Fonzi65
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