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Opinión

  • | 2015/03/21 06:00

    La nueva derecha

    En Colombia, los llamados progresistas son cada vez más intolerantes.

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Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, dogmatismo “es la presunción de los que quieren que su doctrina o sus aseveraciones sean tenidas por verdades inconcusas”. Como todo ismo, ese pensamiento llevado al extremo es delicado. Genera persecución e intransigencia. Limita e incluso reprime el debate.

Para el dogmático, todo es blanco o negro, el bien o el mal. Sólo hay una  posición correcta; el que no la comparte, debe ser atacado, aislado y excluido. Prolifera el uso de epítetos e insultos. Las discusiones se ganan no con argumentos sino con fervor, casi fanático. Se abruma a los que piensan distinto. Al estar fundamentado en máximas inamovibles, cuestionar es subversivo.

Es común en Colombia calificar de dogmáticos a los que defienden posiciones conservadoras y tradicionales.

Pero recientemente se han invertido los papeles. Son los llamados progresistas, los de pensamiento “moderno”, quienes insisten en una sola verdad, quienes apabullan al que se atreve a disentir, quienes no ahorran improperios para imponer su visión del mundo. Incluso, y esto sí es irónico, contradicen su ideario liberal.

Cuando la Corte Constitucional analizaba si la adopción de niños por parejas gay era exequible, los promotores de este camino vilificaron a  quienes se oponían. Cualquier argumento moral, religioso y aun legal fue recibido con gritos de “cavernícola”. Y cuando la Corte optó por la prudencia – en una sociedad tan conservadora como la colombiana  los cambios sociales se asimilan mejor a cuenta gotas-, los iluminados acusaron a los magistrados de homofobia. Ser dogmático es no aceptar el derecho de los otros a opinar lo contrario.

Ante la crisis de gobernabilidad y social del Cauca, la senadora Paloma Valencia, del Centro Democrático, propuso que se dividiera su  departamento en dos entidades territoriales: una sería administrada por los indígenas y la otra, por los que no son miembros de esas comunidades. Poco después, sin que nadie hubiera digerido la propuesta, Valencia fue etiquetada de “racista”. No conozco a la senadora. Me parece absurda su idea -lo que Colombia necesita es mayor integración y no la creación de más enclaves-, pero, creo que ella está en todo su derecho de buscarle alternativas a una región de la cual es oriunda.

Por la misma razón que no comparto la iniciativa de Valencia, me opongo a la multiplicación de reservas campesinas que promulgan líderes de izquierda. Pero eso no justifica que los tilden como simpatizantes de las Farc, como lo han hechos algunos del bando contrario. Lo que es increíble es que los progresistas acudan ahora a las mismas prácticas que tanto aborrecen. El dogmático no respeta y busca por medio del agravio minar a los que se atreven a pensar diferente.

Esta intolerancia a posiciones que se salen del consenso es particularmente evidente en el tema de la paz. Ser crítico del proceso equivale a ser rotulado de militarista y amante de la guerra. Como la advertencia del presidente estadounidense George W. Bush pero al revés, quien dijo que “los que no están con nosotros, están con los terroristas”. Ni lo uno ni lo otro. En las negociaciones es el pueblo colombiano en un lado de la mesa y las Farc en el otro.  Punto.

Inquieta que los mayores proponentes a una solución pacífica del conflicto acudan al dogmatismo y fundamentalismo como su herramienta preferida para callar a las voces disonantes. Esta nueva derecha – sí derecha, porque no hay nada más reaccionario que rehuir al debate- también se ha ido trasladando al campo de la justicia. Mientras sus homólogos como el American Civil Liberties Union (ACLU) en Estados Unidos propugnan por derechos básicos como la presunción de la inocencia, los dogmáticos de la absoluta verdad en Colombia abogan por más y más detenciones preventivas y condenas sin juicio.

Tal vez sería útil que estos presuntos libre pensadores repasaran la filosofía del jurista inglés del siglo XVIII, William Blackstone, quien sentenció que “es mejor que 10 personas culpables se escapen antes que un inocente sufra”. Ese es el pensamiento liberal que requiere Colombia, no otro más de derecha.
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