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Opinión

  • | 2015/11/07 10:54

    Colombia no puede vivir en el pasado

    El debate del Palacio de Justicia demuestra que la verdad no siempre es el camino a la reconciliación.

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Dicen que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. El problema de esa frase de cajón no es si es verídica o no, sino que es incompleta, presupone que la historia es inamovible, grabada en piedra. Olvida que ésta, como la define la Real Academia Española, es “una narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria”. No hay uno, sino varios recuerdos.

Estudios de psicología han demostrado que la memoria de testigos no es confiable, menos aún después de varios años. Según la prestigiosa psicóloga e investigadora Elizabeth Loftus, citada por Scientific American, los recuerdos no son un video sino un rompecabezas que se reconstruye pieza por pieza. Estos pueden ser influidos por hechos, opiniones y prejuicios.

Igual ocurre cuando se habla de la verdad. Nada garantiza que la certeza de hoy no se transforme en la duda de mañana. Que esa información con la que contamos en el presente puede en un futuro ser revelada como errónea. En las ciencias naturales las cosas son tangibles; sabemos que la Tierra no es el centro del Universo. En las ciencias sociales no existe esa certidumbre. Sólo versiones incompletas de hombres y mujeres imperfectos.

Eso no impide nuestra búsqueda insaciable por una verdad absoluta, más aun ante tragedias. Queremos saber el porqué, hallar los culpables, quemarlos en la hoguera y tal vez, perdonarlos. Creemos que esa información nos permitirá avanzar, pasar la página y seguir con nuestras vidas. Los colombianos hemos trasladado ese sentimiento a nuestra nación. Nos hemos convencido. Perdón, nos quieren convencer que cuando se conozca toda nuestra historia violenta, que cuando toda la sangre, los muertos, las atrocidades, todas las barbaridades hayan quedado descubiertas, los pecados de esta Colombia expuestos al sol, el camino será despejado para la reconciliación.

Pero, si esa verdad no nos gusta o peor, no es la que esperamos; si esos nuevos hechos contradicen con la narrativa que nos han enseñado, ¿seremos capaces de aceptarla en su totalidad o escogeremos, como siempre, los aspectos que favorecen nuestra versión y desecharemos los hechos fácticos que no? Temo que sea lo segundo.

Esta semana recordamos el holocausto del Palacio de Justicia. Para algunos, fue un acto de terror cuyo único responsable fue el M-19, aliado con Pablo Escobar. Para otros, el problema no fue la toma, sino la reacción desmedida de las fuerzas armadas del Estado. El único consenso es sobre el fatídico resultado: la muerte de la Corte Suprema y de decenas de civiles. Todas las semanas aparece nueva información sobre el quién, cómo, qué, cuándo y dónde ocurrieron los nefastos acontecimientos. Nos dicen –la Fiscalía, el Gobierno– que pronto conoceremos la verdad. Pero, ¿cuál?

Supimos recientemente que los restos de tres de los desaparecidos –por los cuales los sabios de la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenaron al Estado y conminaron al presidente Juan Manuel Santos a pedir perdón– habían sido encontrados en cementerios. Habían sido enterrados en tumbas de otros. Para algunos, esta noticia macabra confirmaba la tesis de que no hubo desaparición forzosa sino errores de Medicina Legal en el manejo de los cadáveres. De ser cierto –si con las técnicas modernas se lograra identificar a muchos de estas personas que sus familias han buscado por tres décadas– se refutaría la verdad que muchos de nosotros profesábamos.

Nos informa la Fiscalía de nuevos elementos probatorios, de testimonios que ahora sí son creíbles. Se citan a ex ministros, se le exige recordar instantes, momentos del 6 y 7 de noviembre de 1985 como si fuera ayer. Prometen, ahora sí, que encajarán las piezas del rompecabezas. Son incapaces de reconocer que ninguna investigación satisfará a todos.

Es diciente que las recientes noticias judiciales de la Fiscalía han cambiado la opinión de pocos. Los dos lados del debate erigieron sus barreras e insistieron en su versión. Lejos de acercarnos, el Palacio cada vez nos polariza más.

Empatizo con el interés de los familiares de las víctimas de conocer qué pasó con sus seres queridos. Yo haría lo mismo. Discrepo, sin embargo, que Colombia como nación deba quedar congelada en el tiempo, rehén del pasado. Por eso me he opuesto a la comisión de la verdad que acordaron el gobierno y las FARC. Creo que como sociedad no ganamos nada reviviendo, día a día, semana a semana, mes a mes, año a año los crímenes de una minoría. Debemos celebrar hechos que nos unen, no tragedias que nos enluten. Sólo así no repetiremos la historia.
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