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Opinión

  • | 2016/09/23 18:01

    Lo que está en juego con el No

    Enfrentamos dos alternativas excluyentes: la implementación de un acuerdo que existe o la promesa de un pacto futuro, cuyo contenido es una incógnita.

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Es una de las escenas más desgarradoras en la historia del cine. O por lo menos en las películas que he visto. Una mamá -Sophie, interpretada por Meryl Streep- es abordada por un oficial Nazi a la llegada al campo de concentración y exterminio Auschwitz. El alemán le increpa y le dice que ella debe escoger cuál de sus hijos se salvará. Y si rehúsa a hacerlo, ambos morirán. Entre los alaridos de su hija, Sophie la entrega a los guardias y se queda con su hijo varón. Los partidarios del Sí y el No nos quieren hacer pensar qué tenemos una decisión equivalente a la de Sophie. Los primeros advierten que un resultado negativo en el plebiscito nos condenará a la guerra eterna y al regreso del terrorismo urbano. Los segundos vociferan que si se aprueba el acuerdo entre las FARC y el gobierno, se habría entregado el país al castrochavismo.

Francamente, lo que ocurra el domingo 2 de octubre no es una cuestión de vida o muerte como no lo quieren pintar. Con la victoria del Sí o del No, amanecerá el lunes, como siempre, y seguirán los problemas cotidianos: los trancones, la inseguridad ciudadana, las quejas al sistema de salud, las denuncias por corrupción. Al acudir a la hipérbole y a la futurología apocalíptica, se ha perdido la noción de lo inmediato y lo tangible. Lo que los economistas llaman el costo de oportunidad. Eso es lo que está en juego en el plebiscito.

Enfrentamos dos alternativas excluyentes: la implementación de un acuerdo que existe -con cronograma, compromisos, etcétera-, o la promesa de un pacto futuro, cuyo contenido es una incógnita. En la primera, está garantizada la desmovilización de 15.000 guerrilleros y milicias y la entrega de sus armas a las Naciones Unidas en un período de seis meses. En la opción del No, hay una expectativa -¿ilusión?- de que las FARC mantengan su cese al fuego unilateral de manera indefinida.

Con el Sí, en 2017 los comandantes guerrilleros responsables de crímenes de lesa humanidad se estarán presentando a un tribunal de justicia. Tendrán que confesar todas sus atrocidades si quieren evitar ser condenados de 15 a 20 años de cárcel. Y de todos modos, sus movimientos por el país serán restringidos y monitoreados por mínimo cinco años. Si triunfara el No, ese castigo o cualquier otro dependerán de una exitosa renegociación con las FARC. ¿Fecha y tiempo estimado de ese tête-à-tête? Por definir.

En el acuerdo hay un compromiso de la guerrilla de dejar de participar en el negocio del narcotráfico. Hay un entendimiento de que si siguen delinquiendo, perderían beneficios de la justicia transicional. Una derrota del Sí les permitiría continuar traficando incólumes y en la clandestinidad. Igual pasará con sus finanzas. Es de perogrullo: la ilegalidad facilita la ilegalidad.

La comunidad internacional -llámese gobiernos, entidades multilaterales, agencias calificadoras e incluso los mercados- están jugados por el Sí.  Colombia nunca había logrado un consenso de esta magnitud en toda su historia. Es una oportunidad de apalancamiento de recursos, de generación de confianza y de transformación de nuestra imagen internacional. Es muy diferente atraer inversionistas y turistas para un país en guerra que a uno que puso fin a un conflicto de 52 años. Ese dividendo de la paz desaparecería si optamos por rechazar lo acordado. Se nos esfumarían nuestros 15 minutos de fama.

Lo más grave de un No es la pérdida de tiempo valioso y la incertidumbre. Quedaríamos en el peor de los mundos: con 8.000 guerrilleros armados, sus jefes resguardados en Cuba y Venezuela, con la credibilidad internacional del gobierno colombiano por el suelo y un presidente debilitado, a 18 meses de las elecciones.  

Lectores de esta columna saben que he sido muy crítico del proceso en La Habana. Creo que se alargó demasiado y que hubo concesiones que no comparto. Sigo sin confiar en las FARC. Y así lo he expresado en repetidas ocasiones. Pero el contexto de hoy es otro; ya no es un debate sobre cómo adelantar una negociación, sino si lo acordado es, en su conjunto, mejor que el statu quo anterior. No es un “Sophie’s Choice”.

 * En Twitter: Fonzi65

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