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Opinión

  • | 2015/07/04 11:05

    Los doctores No

    Como los palestinos, las FARC viven en una quimera.

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Hace 15 años, el presidente estadounidense Bill Clinton invitó al primer ministro israelí Ehud Barak y al líder de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat, a Camp David, la casa de campo de los mandatarios de Estados Unidos. El objetivo de la cumbre era concertar un acuerdo que pusiera fin al conflicto que había estallado en 1948 con la partición de Palestina en dos estados, uno judío, uno árabe. Era un último intento de Clinton por salvar el proceso de paz que había comenzado con tanta esperanza en 1993, reflejada en el histórico apretón de manos de Arafat y el entonces primer ministro Yitzhak Rabin en Washington DC.

Los acuerdos de Oslo, que fueron negociados en secreto por varios meses, establecían un marco de referencia para una solución definitiva a la disputa entre los israelíes y palestinos. Con el fin de generar confianza, los primeros prometieron suspender los asentamientos en Cisjordania occidental, y los segundos, frenar los atentados terroristas. No cumplieron. No cesó la violencia, se incrementaron los ataques suicidas y los gobiernos israelíes, que sucedieron a Rabin – quien fue asesinado en 1995-, permitieron nuevas construcciones en los territorios ocupados por Israel después de la guerra de los Seis Días.

Si bien durante esa década hubo acuerdos interinos, ninguno pudo satisfacer las expectativas de su opinión pública: la israelí de una garantía de vivir en paz ni la palestina de la concreción de un estado soberano. En teoría suena bien el concepto de ir ganando confianza con gestos pequeños de buena voluntad. Pero esa práctica no puede ser indefinida. Por eso Clinton se la jugó toda en julio de 2000. Persuadió a los israelíes a ceder en dos temas fundamentales: la devolución de más del 90 por ciento de los territorios a los palestinos y el control de estos últimos del sector árabe de Jerusalén. No fue suficiente para Arafat. En diciembre de ese año Clinton volvió con una propuesta mejorada de los israelíes: 95 por ciento del territorio. Según Clinton, “Arafat nunca que dijo que sí”.

Existe un consenso entre los analistas del oriente medio, que ese fue el momento más cercano a la paz desde que comenzó el conflicto. Desde entonces, han muerto miles de palestinos e israelíes y las posibilidades de un acuerdo son cada vez más remotas.
Aún hoy se debate el porqué del no de Arafat. Algunos dicen que el líder palestino temía la reacción de su pueblo, al que se le había prometido por décadas la desaparición del estado judío. Otros cuestionan su carácter. Alegan que a diferencia de Nelson Mandela, el fundador de la OLP no fue capaz de transformarse de revolucionario en hombre de paz.

La realidad es que la negativa de Arafat fue funesta para el pueblo palestino. Nadie considera factible hoy que se repita la propuesta delineada por Clinton. El status quo favorece a Israel. Ha sido la tragedia de los palestinos; sus dirigentes siempre han creído que el tiempo está a su favor. Pero en cada guerra o negociación inconclusa terminan perdiendo más territorio y margen de decisión. Como las FARC.
En vez de aprovechar la apertura del presidente Belisario Betancur para dejar las armas e incursionar en la política, optaron por la combinación de todas las formas de lucha. Rechazaron la oportunidad de participar en la asamblea constituyente de César Gaviria, cuya elección fue tan democrática que el M-19 se quedó con un tercera parte de los constituyentes.

Cuando comenzó el Caguán en enero de 1999, encontraron un establecimiento debilitado por el proceso 8000, nervioso por el poderío militar de la guerrilla y dispuesto a negociar. Respondieron a esa apertura con una oleada de secuestros nunca vista en el hemisferio. Convirtieron la zona de despeje en la cueva de Alí Baba y sus cuarenta ladrones. Otra oportunidad perdida.

Y ahora en el 2015, mucho más frágiles en lo militar, las FARC han respondido a los gestos del presidente Santos con bombas y un plan pistola, que recuerda no a Robin Hood sino al sicariato de Pablo Escobar. No parecen entender que el mejor acuerdo era el que ofrecía Betancur. Y  que cada día el negocio va a ser peor. En la dirigencia de las FARC pululan Arafats, no Mandelas. Infortunadamente.
 
En Twitter  fonzi65
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