Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/09/30 12:35

Nuestros futuros Nobel

¿Si el presidente Juan Manuel Santos y Rodrigo 'Timo' Londoño ganan el premio máximo de la paz, seremos capaces de celebrarlo?

Alfonso Cuéllar. Foto: Juan Carlos Sierra / Revista Semana

Qué haríamos los colombianos sin Gabriel García Márquez. Difícil hallar un discurso relevante donde el orador no lo cite o no lo utilice para ganar aplausos y réditos del público. Ni Rodrigo ‘Timo‘ Londoño, comandante de las FARC, ni el presidente Juan Manuel Santos pudieron resistirse a invocar frases del célebre escritor. No sé si Ban Kim Moon, secretario general de las Naciones Unidas, hizo lo mismo (por las fallas del audio no oí ni mu). No me sorprendería. Hasta Barack Obama lo evocó en febrero al anunciar la nueva ayuda bautizada "Paz Colombia".

García Márquez entró al panteón de los héroes colombianos y universales al recibir el Nobel de Literatura en 1982. Para un país como Colombia, con contados reconocimientos internacionales, el premio fue recibido con algarabía. Se convirtió en un bálsamo para todas nuestras dificultades, una señal desde el cielo (o por los menos Oslo) de que Colombia era más que conflicto y subdesarrollo sino la cuna de la creatividad, de la imaginación, del realismo mágico. García Márquez puso al Tibet de Suramérica en el mapa; su Nobel, lo consideramos nuestro. 

Este viernes 7 de octubre, si se cumplen los vaticinios y la lógica, sumaremos dos Nobel más. Dudo que se replique el regocijo nacional cuando el comité en Oslo anuncie su decisión de premiar al presidente y a ‘Timochenko‘ por el acuerdo entre el gobierno y las FARC. 

Dirán algunos, que es prematuro. Que la firma no es la paz, que hay que esperar a su implementación. Así no funciona el raciocinio de los jurados del galardón. Optan siempre por la esperanza, por enaltecer el esfuerzo. En fin, obran como legitimadores del proceso y baluartes contra quiénes se oponen.  Así fue en 1998, donde reconocieron la labor del protestante David Trimble y el católico John Hume en el acuerdo para poner fin al conflicto en Irlanda del Norte, la Semana Santa de ese mismo año. 

Igual ocurrió en 1973 cuando fue otorgado al secretario de Estado Henry Kissinger y al norvietnamita Le Duc Tho por haber negociado un armisticio.  En el primer caso, el optimismo del Comité ha sido compensado. El segundo se convirtió en uno de los peores fiascos. No sólo se intensificó la guerra de Vietnam, sino que hoy son pocos los que considerarían a Kissinger merecedor de semejante distinción. 

Presiento que será mayor el escozor cuando se escuche el nombre de Rodrigo Londoño, alias Timoleón Jiménez ‘Timochenko‘. Parece incongruente con la filosofía del premio recompensar a un hombre con ese prontuario de secuestros y homicidios. Lo han hecho antes. Yasser Arafat, símbolo del terrorismo en las décadas 70 y 80, fue Nobel en 1994  con los israelíes Yitzhak Rabin y Shimon Peres (quien murió esta semana),  por sus esfuerzos por lograr la paz en el oriente medio. 

Es común entregar el galardón a duplas, como un gesto de reconciliación, aunque produzca malestar entre los honrados. Era tan mala la relación entre el primer ministro de Israel, Menachem Begin, y el presidente egipcio Anwar Sadat que cualquier foto conjunta requería alta diplomacia. Nelson Mandela consideró una afrenta compartir el Nobel con el presidente surafricano Frederik Willem de Klerk, como lo revela el periodista John Carlin en su libro Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game that Made a Nation. 

Quizás esté equivocado y los miembros del instituto noruego del Nobel ignorarán un proceso de paz que pone fin -por lo menos en el papel- a un conflicto armado de 52 años y en la cual el gobierno de Noruega jugó un papel preponderante como garante de unas negociaciones que se inauguraron precisamente en Oslo. Tal vez dilaten la decisión un año como especulan algunos, bajo la premisa de que la fecha límite para proponer candidatos se venció en febrero y en teoría, el reconocimiento debe ser por hechos anteriores a la nominación. 

Temo que los Nobel para Santos y ‘Timochenko‘ -ahora o en 12 meses- lejos de unirnos, serán leña para la polarización que nos agobia. Dificultará la gobernabilidad. Me recuerda la reacción que tuvo Barack Obama cuando le informaron que era el tercer presidente estadounidense en ejercicio en ser honrado. El premio no fue bien recibido en Estados Unidos, donde sus opositores se burlaron del Comité por haberlo seleccionado. Consciente de esa reacción, Obama dijo: “Este no es un reconocimiento a mis logros, pero más bien es una afirmación del liderazgo americano a favor de las aspiraciones de los pueblos de todas las naciones”. 

Así deberíamos interpretar el Nobel de la Paz si finalmente llega. No como un homenaje a dos individuos sino a Colombia para que tenga, como diría García Márquez,  “una segunda oportunidad sobre la tierra”. 

* En Twitter: Fonzi65

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