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Opinión

  • | 2015/04/25 17:18

    Pambelé tenía razón

    Colombia dejó de ser un país pobre hace rato. Ahora solo falta que lo aceptemos.

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La primera vez que leí el titular no lo podía creer. Me quité las gafas y acerqué mis ojos. “Lo costoso que saldría ser del club de los ricos”, rezaba la nota de El Espectador. El artículo citaba un informe de la Contraloría General que advertía los obstáculos y las dificultades que debe superar Colombia si quiere un día ser miembro pleno de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde). La Ocde agrupa 34 países, entre ellos Estados Unidos, Canadá, los miembros de la Unión Europea, Japón y Corea del Sur, varias naciones de Europa oriental, Chile y México. Colombia ha sido invitada a adherirse al grupo, siempre y cuando cumpla con los códigos de buena conducta que promueve el Ocde.

Mi asombro no fue tanto por la advertencia de la Contraloría– la Contraloría siempre hace augurios apocalípticos- ni tampoco porque se plantearan los desafíos que hay por delante. Lo que me dejó “plop” – a lo Condorito-  fueron las conclusiones implícitas del informe y del titular del artículo: que era una fantasía para Colombia querer ser un país rico porque cuesta mucho y porque somos pobres, muy pobres. No son disculpas nuevas ni argumentos originales. Salen siempre a relucir cuando se plantean grandes proyectos e iniciativas. Es la manera muy colombiana de matar una idea o un sueño. De ver siempre el vaso medio vacío.

Cualquier gasto es considerado un costo, nunca una inversión. Esa mentalidad explica por qué Bogotá es la ciudad de mayor población sin metro en el mundo. O por qué renunciamos a la oportunidad de organizar un mundial de fútbol en 1986, cuando en ese momento el evento aún no tenía las dimensiones de hoy, y habría servido como catalizador de las obras de infraestructura que tanto anhelamos.

Peor aun que nuestra obsesión por el centavo, es la percepción que Colombia es y siempre será un país pobre.

El miedo a la Ocde proviene de esa misma miopía, de esa creencia de que “estamos en Cundinamarca y no en Dinamarca”. Parece imposible imaginar a Colombia sentada en la misma mesa y en igualdad de condiciones que el país nórdico. Es más fácil quedarnos con la versión caricaturesca con la cual crecimos, la de una nación pobre, subdesarrollada, víctima.

Nos burlamos de la frase de Pambelé,  “es mejor ser rico que pobre”, ignorando, ¿de adrede?, que existe un sueño colombiano, incluso más arraigado que el tan mentado americano, de que es posible para los padres entregarles mayores oportunidades a sus hijos de las que ellos tuvieron. Un sueño, que en Colombia, se está cosechando. En menos de 15 años, un 30 % de colombianos más ingresaron a la clase media. La pobreza se redujo a la mitad. Nadie duda que estamos lejos de ideal, pero el progreso se mide en generaciones, no en años.
 
En la década de 1970, se discutían los pros y los contras de facilitar la llegada de la televisión a color al país. Habían dos propuestas tecnológicas: una europea con limitado alcance geográfico y una norteamericana, de cubrimiento de todo el territorio nacional. La primera era más barata y casi fue escogida bajo la premisa de que la televisión a color era un lujo solo para ricos. Que el pueblo seguiría en blanco y negro, alegaban entonces. Estaban equivocados como hoy lo están los que siguen viendo a Colombia pobre.

Soñar no cuesta nada. Costoso sería no aspirar a ser miembro del club de los ricos.
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