Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/03/04 17:01

Petro: deje gobernar

Como su compañero bolivariano Nicolás Maduro, el exalcalde no sabe perder.

Alfonso Cuéllar

Gustavo Petro aún no se recupera de la tunda electoral del pasado 28 de octubre de 2015. Sigue creyendo que fue víctima de una conspiración mediática. Que nunca lo dejaron gobernar. Esa es una de las falacias más recurrentes sobre la alcaldía de Gustavo Petro: el cuento que los “grandes medios” emprendieron una campaña de desprestigio desde el día uno de su mandato. Que esa cruzada fue permanente y evitó que la opinión pública vislumbrara el colosal éxito de la Bogotá Humana.

Es una buena historia. Le permite a los petristas, perdón a los progresistas, escudarse bajo la sombrilla de la victimización. El problema, como toda obra de ficción, es que no es cierto. Petro fue durante años el niño consentido de los medios. Sus debates contra la parapolítica en el Congreso fueron ampliamente difundidos; sus críticas al cartel de la contratación, alabadas. No importaba que sus intervenciones en el legislativo eran más retórica que contenido. O que sus denuncias de corrupción eran contra el alcalde de su mismo partido. A Petro se le perdonaba todo. Abundaban los adjetivos: “valiente”, “luchador”, “ejemplar”, “inteligente”.

Sin ese cubrimiento permanente y favorable, Petro nunca hubiera logrado posicionarse como un candidato al palacio de Liévano. No es culpa de los medios que esa buena imagen se fuera desmoronando con el pasar de los meses. Eso lo consiguió Gustavo Petro solito, con su estilo autoritario, su falta de ejecución y su discurso incendiario de nosotros contra ellos.

La segunda falacia petrista es atribuirle a una conspiración mediática la estrepitosa derrota de la izquierda en las elecciones. No es fácil lograr que 82 por ciento de los votantes rechazaran cuatro años de una gestión. O que apenas 58.000 personas (el 2 por ciento) votaran la lista  progresista (petrista) al concejo. Nuevamente, esa debacle tiene nombre propio: la alcaldía de Gustavo Petro.

Petro no es el primer político en ser rechazado abrumadoramente en las urnas. Es parte de la democracia. El partido conservador canadiense, por ejemplo, en las épocas de Brian Mulroney en 1993, pasó de tener 151 escaños en el parlamento a dos.

Los psiquiatras hablan de las cinco etapas de duelo: la negación (¡no es cierto!), la ira (¡no es justo!), la negociación (¡si sólo pudieran conocer más de mis éxitos!), la depresión (¡no hay futuro!) y la aceptación (perder es ganar un poco). Infortunadamente, Petro sigue inmerso en las primeras dos etapas. Y su minoría de seguidores también. La plétora de protestas, el vandalismo contra Transmilenio y la llamada a la revuelta social, son síntomas de un movimiento en crisis. La inmensa mayoría de los bogotanos optaron por otra vía.

Se cansaron de falta de obras -de haber seguido el plan trazado hace 12 años habría Transmilenio en la calle 68, Avenida Boyacá y la Séptima-; de la inseguridad -el hurto de celular y los atracos callejeros se volvieron cotidianos-; de la invasión del espacio público de los andenes -apenas el 15 por ciento de los bogotanos se transporta por carro particular-; de la ausencia de autoridad -200.000 colados diarios en Transmilenio-. 

Es hora de que Petro se retire a sus cuarteles de invierno, sane sus heridas, acepte su derrota y le permita a Enrique Peñalosa reconstruir la ciudad que dejó en ruinas.

En Twitter  Fonzi65

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