Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2016/09/02 15:12

Pobre México, tan cerca de Trump…

Era predecible que el magnate neoyorquino se aprovechara de las buenas maneras del presidente mexicano.

Alfonso Cuéllar. Foto: Juan Carlos Sierra / Revista Semana

Uno de los capítulos más fascinantes de Outliers, el tercer libro del escritor y periodista Malcolm Gladwell, trata sobre dos accidentes aéreos -el del Korean Airlines el 6 de agosto de 1997 y el de Avianca en Nueva York, el 25 de enero de 1990-. Gladwell explica como las diferencias culturales de los pilotos jugaron un rol en las catástrofes. En el caso coreano, dice Gladwell, primó la subordinación del copiloto hacia su jefe. Sabía que había altas probabilidades de que se presentara una tormenta, pero por respeto por a la autoridad, no se sentía empoderado para manifestar su desacuerdo de la decisión del piloto de aterrizar sin instrumentos. Apenas se atrevió a decir una generalidad como "llueve mucho en esta zona, ¿verdad?". Su sutil sugerencia no se captó: murieron 228 personas en el siniestro.

La historia del vuelo 52 de Avianca es incluso más diciente. Gladwell transcribe las conversaciones entre la tripulación colombiana y la torre de control del aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York. El avión se estaba quedando sin combustible y necesitaba aterrizar de emergencia. Pero ese mensaje nunca se entendió del todo, en parte, según Gladwell, por un tema de forma. Los neoyorquinos tienen la mala fama de ser groseros y bruscos en sus comunicaciones. Aborrecen las formalidades y los saludos inocuos. Nada que ver con la civilidad latina. Son reveladores las dos últimas frases del copiloto, minutos antes de estrellarse la aeronave. En la primera dice: "muchas gracias", al controlador aéreo después de que éste postergara aún más el aterrizaje, incrementando el peligro de un accidente. En la segunda, con voz de angustia el piloto pregunta qué dijeron. Contesta el copiloto: "el señor está enojado".

Pensé en esta anécdota al ver el lamentable espectáculo del presidente de México Enrique Peña Nieto, con el candidato republicano Donald Trump, el pasado miércoles 31 de agosto. Trump representa como pocos al neoyorquino ramplón; Peña Nieto, al latinoamericano cortés y bien educado. De entrada, era un encuentro extraño. Trump no es el de los que pide perdón, ha insultado a prisioneros de guerra (John McCain), a mujeres periodistas (Megyn Kelly), a padres de soldados muertos (Khizr y Ghazala Khan) e incluso a discapacitados y nada de disculpas. Al mismo tiempo, Peña Nieto no se distingue por la confrontación. Según el periodista Jorge Ramos, el presidente mexicano se demoró 256 días antes de responderle a Trump su retórica racista contra los inmigrantes mexicanos.

Con esos antecedentes era ilusorio esperar que cualquiera de los dos cambiara su esencia. Ni Trump iba a bajar la cabeza ni Peña Nieto a cantarle la tabla.
¿Qué buscaba, entonces, el mandatario mexicano al extenderle al empresario estadounidense una invitación a su residencia oficial Los Pinos? La hipótesis más creíble es que intentaba establecer canales de comunicación con un hombre que podría ser elegido presidente de Estados Unidos en noviembre. Era un acto de pragmatismo. Le salió el tiro por la culata. Ofendió a sus compatriotas, activó a sus opositores y peor aún, le lanzó un salvavidas a la campaña de Trump, que llevaba semanas de mala prensa y caída libre en las encuestas.

Lo verdaderamente trágico es que el desenlace era previsible. Trump, como cualquier matón de barrio, tiene un olfato particular para oler el miedo. Y así interpretó el gesto de Peña Nieto. Para el candidato era un gana-gana: sabía que la foto con Peña Nieto le daría el estatus de estadista (ningún otro gobernante se ha querido prestar para ese espectáculo). Su sola presencia refutaba la acusación de las élites de que la retórica beligerante de Trump debilitaría a Estados Unidos en el mundo. Que el jefe de Estado del país más vituperado por él se dignara a recibirlo en su hogar, era prueba fehaciente de que la bravuconada sí funciona.

No importaba lo que dijera el presidente mexicano. Trump podría contradecirlo después, como terminó haciéndolo esa misma noche en el estado de Arizona, donde reiteró su promesa a sus votantes que México terminará pagando el muro.

Peña Nieto y sus asesores cometieron el error de asumir que el señor Trump opera bajo las mismas reglas diplomáticas y culturales que ellos. Que entendería la reunión como la apertura al diálogo, a la búsqueda de un punto medio. Y no como una capitulación.

Como dijo el historiador mexicano Enrique Krause, "a los dictadores no se les apacigua, se les enfrenta con dignidad". O en colombiano, "lo cortés no quita lo valiente".

* En Twitter: Fonzi65

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