Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/04/15 15:42

El beso

Se ha subestimado la desazón que genera en la fuerza pública la consigna oficial de una paz sin vencedores.

Alfonso Cuéllar.

En las últimas décadas, sólo un conflicto interno se resolvió con el aniquilamiento del enemigo: la guerra entre el gobierno de Sri Lanka y los rebeldes Tigres de Liberación de Tamil Eelam (LTTE). El 19 de mayo de 2009, el presidente Mahinda Rajapaska anunció la victoria definitiva sobre el ese grupo terrorista con la muerte del máximo comandante de los tamiles y la recuperación militar de toda la isla. Así se puso fin a una insurgencia de un cuarto de siglo. Pocos pensaban que fuera posible. Durante 22 años, el objetivo estratégico era debilitar a los tigres tamiles para obligarlos a sentarse a negociar una solución política. Incluso hubo cinco intentos de diálogo, el último mediado por Noruega.

Ninguno fructificó. Y el desenlace, era el mismo: un fortalecimiento de ese grupo armado ilegal. Con el fracaso de la quinta ronda de conversaciones a mediados de 2006, el gobierno de Sri Lanka cambió su meta. Decidió encaminar todos sus esfuerzos a la eliminación del enemigo. No ahorró acciones ofensivas y según ONGs y la ONU, las fuerzas oficialistas cometieron numerosas violaciones a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario, particularmente en los meses finales. Aún hoy el régimen de Sri Lanka justifica su proceder; alegan que no había otro camino para hacerle frente a la amenaza terrorista de los tigres tamiles.

Una batalla final a lo Sri Lanka no es posible en Colombia. Eso lo ha reconocido incluso el ex presidente Álvaro Uribe. El propósito siempre ha sido debilitar a la guerrilla para que acepte, mediante el diálogo, dejar las armas. El desacuerdo radica en qué condiciones estaría dispuesto a ceder el Estado para lograr ese fin. En La Habana se ha aceptado la tesis de una paz sin vencedores y no la de la rendición de las FARC. Es una distinción fundamental que infortunadamente facilita interpretaciones equivocadas y la propagación de falacias.

La guerrilla y sus áulicos repiten a la saciedad que nunca fueron derrotados. Y es cierto si se aplica el rasero de Sri Lanka y los tigres tamiles. Pero bajo cualquier otra medición, no hay duda que el actual Secretariado de las FARC preside sobre un ejército vapuleado en el campo militar. Una fuerza que fue incapaz de proteger a sus principales jefes – Raúl Reyes, Iván Ríos, Alfonso Cano, Jorge Briceño- y que iba en franca retirada cuando el presidente Santos les ofreció la oportunidad a los comandantes restantes y sus tropas, de no morir violentamente en las “montañas de Colombia”.

Dice el historiador Max Boot que en “la guerra de guerrillas lo que más importa es cómo se cuenta la historia, que los hechos en el terreno”. Las FARC nos llevan la delantera en este campo. Han vendido la falacia que “ya que no perdí”, gané. Y los que triunfaron -las fuerzas militares y la policía- son cada vez más relegados en la discusión pública. Se habla mucho más de los delitos que pudieron haber cometido miembros de las instituciones castrenses durante el conflicto, que de los éxitos en su larga lucha contra las FARC. Ya nadie destaca la importancia del “Plan Patriota” al quitarle la retaguardia a la guerrilla,  de “la operación Jaque” que desbarató su estrategia propagandística o  de “la operación Camaleón”, donde se rescató al general Mendieta.

En las filas militares y policiales, hay quienes se preguntan si valió la pena tanto sacrificio. Que si las miles de muertes fueron en vano. No es que no quieren la paz; posiblemente no hay una comunidad que comprenda mejor el horror de la guerra. Lo han vivido de cerca. Ellos sí saben lo que es enterrar a un ser querido. La sensación es otra, de desazón, de zozobra y de desasosiego. Es la que siente Alexandra Alzate, hermana del subteniente Jorge Eliécer Alzate Patiño, quien fue asesinado por las FARC el primero de julio de 2015. A Jorge Eliécer lo mataron cuando cumplía su deber cívico, estaba trasladando material judicial para una fiscalía local.

Alexandra es la mujer que rehusó el beso al Presidente Santos en una ceremonia de solidaridad con las víctimas. Ella explicó su reacción espontánea a la “incongruencia de lo que se está manejando”. No entendía por qué su hermano era un héroe para el presidente si la Policía decía otra cosa. Esa misma “incongruencia” se percibe entre la comunidad de las Fuerzas Armadas.  Si ganamos la guerra ¿por qué no estamos celebrando?

En Twitter: Fonzi65

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