Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2016/06/10 19:22

El mal menor

Los colombianos tenemos una concepción equivocada y absolutista de la corrupción, la impunidad, la justicia y la paz.

Alfonso Cuéllar. Foto: Juan Carlos Sierra / Revista Semana

Los tres candidatos a Fiscal General fueron contundentes ante la Corte de Suprema de Justicia el jueves pasado: durante su mandato pondrán un tatequieto a la corrupción, disminuirán la impunidad y garantizarán la justicia, en particular la aplicación efectiva de los acuerdos sobre la materia que salgan de las negociaciones entre el gobierno y las FARC en La Habana. Fracasarán.

No es por falta de voluntad. No dudo que Néstor Humberto Martínez, Mónica Contreras y Yesid Reyes creen en lo que dicen y que harán todo lo posible por cumplir sus promesas. El problema es otro.  Y no es porque estemos en Colombia o porque somos un país de cafres, como sentenció el dirigente liberal Darío Echandía.

El asunto es de mayor calado. Parafraseando al  histórico líder  conservador Álvaro Gómez, no hay un entendimiento sobre lo fundamental. En este caso, qué concebimos los colombianos por corrupción, impunidad, justicia e incluso paz. Todos queremos que haya menos del primero y segundo y más del tercer y cuarto. Como cualquier ciudadano de bien. Sin embargo, en Colombia nos hemos dejado llevar por los extremos y el absolutismo. No se permiten matices.

Nos han vendido -los medios, el gobierno, las ONGs, la sociedad- una  serie de mentiras: que es posible erradicar la corrupción de la tierra, que el problema es de voluntad y gestión. O peor: que no hay nada que hacer. Que  es una enfermedad criolla e incurable. Una auténtica Medusa.  

Con la impunidad el cuento es aún más cruel. Nos han dicho, desde que tengo memoria, que la ineficacia de nuestro sistema judicial es tanta, que 99 por ciento de los casos no se resuelven. Esa cifra nunca cambia y se repite ad nauseam, como la verdad revelada. Reducirla, imposible.  

Y a esa percepción equivocada -su origen es de un estudio incompleto de hace 20 años- se le suma una creencia generalizada de que los crímenes violentos son el producto de conspiraciones. Que detrás del autor material, hay o debe estar el intelectual. Y de éste, otro y otro. Y mientras que no se capture y condene a todos, por omisión o acción, se considera impune el crimen. Nunca se cierra el círculo.

Esa expectativa irreal y falsa afecta también cómo miramos la justicia. Equiparamos el castigo con cárcel. Al no haber consenso sobre lo que es justo ni entenderse el principio de la proporcionalidad de la pena, valoramos las condenas según los años detrás de las rejas que se imponen. Más es mejor. Siempre. Como si un aparato de justicia se limitara a meter a la gente a la cárcel.

Ese maximalismo lo aplicamos también a la paz. Si para la Real Academia de la Lengua “la paz es una situación en la que no existe una lucha armada en un país”, para muchos colombianos no es suficiente. Esta debe estar acompañada de justicia social y la ausencia de violencia.

El auge de esas premisas quiméricas en nuestro debate diario explica por qué es tan difícil un consenso en Colombia.  Ya es hora de que entendamos que lo único realista es reducir la corrupción a sus justas proporciones, que comprendamos que siempre habrá algo de impunidad y que reconozcamos que la correcta aplicación de la justicia no siempre terminará en cárcel. En fin que aceptemos el mal menor.  

En Twitter: Fonzi65

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