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Opinión

  • | 2015/11/20 16:26

    ISIS, las Farc y el Nogal

    El terrorismo contra inocentes es terrorismo, no importa la motivación.

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Después de medio siglo de conflicto con las guerrillas, décadas de barbarie paramilitar, años de narcoterrorismo de Pablo Escobar y la violencia mafiosa, no es fácil discernir entre las múltiples tragedias. Tienden a revolverse todas en un salpicón de recuerdos confusos y distantes. A veces se requieren golpes de afuera, para darnos cuenta de cómo esa convivencia con la muerte nos ha anestesiado. Asumimos como normal lo extraordinario mientras ocurra aquí en nuestra “Locombia”. Cuando sucede en otros lugares del planeta, la lectura es otra. Qué horror lo de París, ala. Son unos salvajes esos tipos islámicos. Imagínese matar a sangre fría a decenas de víctimas inocentes. Qué falta de humanidad.

Peor: qué falta de memoria la nuestra. El 7 de febrero de 2003 –también un viernes por la noche- Bogotá vivió lo mismo. La explosión se escuchó a varios kilómetros. Pocos dudaron que fuera una bomba. Como supervivientes de la ola terrorista del cartel de Medellín, los bogotanos adquirimos una sensibilidad para esas cosas. A los pocos minutos los medios informarían que el Club El Nogal en el norte de la capital estaba en llamas. Investigaciones posteriores de la Fiscalía, con la ayuda de asesores extranjeros –en particular el buró de Alcohol, Tabaco y Armas (ATF) de Estados Unidos- determinarían la causa: un Renault Megane había sido acondicionado con 200 kilos explosivos.

El vehículo, que pertenecía a un nuevo socio del club –el profesor de Squash Freddy Arellán-, fue estacionado al lado de una las columnas vertebrales de la edificación. Por su ubicación, para los expertos, el objetivo era claro: el derrumbe total del edificio (como ocurrió con las Torres Gemelas). No lo lograron, pero sí la muerte de 36 personas y heridas a 168. Arellán falleció también; sus cómplices activaron el carro-bomba antes de lo planeado, buscando con ello borrar evidencias que llevaran a señalar a los autores intelectuales. No funcionó.

Para la justicia colombiana no hay duda: el atentado terrorista fue obra de la columna móvil Teófilo Forero de las FARC, que actuó bajo el mando del Secretariado. Los miembros de éste, incluyendo a alias “Iván Márquez”, fueron condenados a 22 años de prisión el primero de diciembre de 2008.

Si bien las FARC han negado su participación, correos de los computadores de alias 'Raúl Reyes' y alias el 'Mono Jojoy' dicen lo contrario. En el primero, fechado el 13 de febrero de 2003 –a pocos días de la atrocidad- Reyes califica de “formidable” la acción contra El Nogal y recomienda a sus colegas en el crimen “negar responsabilidades” para “aumentar las contradicciones internas”. El segundo correo, que fue revelado por el presidente Juan Manuel Santos en octubre 2010, es dirigido a alias “Tirofijo” y describe la orden que se le ha dado al 'Paisa' de “estallar el carrobomba en el Club El Nogal”.

Muchos defensores de oficio e incluso algunas mentes bien intencionadas le creen a las FARC bajo un argumento falaz: que si la guerrilla ha aceptado tantos crímenes confesaría sin problemas lo de El Nogal si fuera cierto. Hay una razón sencilla, es la misma que explica el porqué Carlos Castaño se fue a la tumba sin reconocer su participación en el asesinato de Jaime Garzón. Subestimaron el oprobio generalizado que producirían sus acciones.

Las FARC saben que lo de El Nogal es un acto de terrorismo puro. Que ponerle una bomba a un edificio donde se encuentran y trabajan centenares de civiles es un crimen de lesa humanidad. Que hacerlo con el fin de causar el mayor número de víctimas viola todas las normas de la guerra y los convierte en terroristas, en la definición más pura de la palabra.

Los atentados terroristas buscan, perdonen la redundancia, generar terror entre la población, zozobra en las autoridades y en lo posible, cambiar comportamientos. El Nogal cumplió a cabalidad ese macabro fin. Sus consecuencias aún son tan visibles en noviembre de 2015 en nuestra vida cotidiana que no nos damos cuenta. Colombia es de los pocos países que revisa los vehículos a la entrada de centros comerciales, oficinas y otros lugares públicos por si acaso los pasajeros tienen escondido en el baúl una bomba. Tristemente, después de las matanzas del Estado Islámico en Europa, ya no seremos los únicos.

Muchas personas que respeto profundamente han salido a rechazar cualquier comparación de los métodos de las FARC con los de ISIS. Entiendo el porqué: algunos temen que la oleada de indignación que han generado los acontecimientos en París descarrile el sueño de una Colombia en paz. Que la cruzada anti-terrorista mundial que se avecina, se lleve por delante el proceso colombiano. No creo que pase, pero es un error tapar los ojos a la cruda realidad: la similitud del accionar y razonamiento de los “locos” de Raqqa y los “cuerdos” del Secretariado.

No veo la diferencia entre matar inocentes por ideología o por creencias religiosas. ISIS los asesinó por presuntos infieles; las FARC los volaron en mil pedazos por presuntos ricos. Dudo que las viudas y huérfanos de los 36 muertos y las decenas de lisiados de El Nogal se sientan mejor porque sus seres queridos fallecieran por motivaciones políticas o económicas y no religiosas.

Si parece un pato (es una organización terrorista), nada como un pato (utiliza carrobombas con el fin de incrementar el número de víctimas) y grazna como un pato (su poder se basa en aterrorizar a la población), entonces probablemente es un pato (organización terrorista).

Martin Luther King decía que no le preocupaba “el grito de los violentos” sino “el silencio de los buenos”. Flaco favor hacemos otorgándole un pase gratis a las FARC, cuando aún no han hecho lo mínimo: entregar las armas y aceptar sus culpas, comenzando por El Nogal.

En Twitter Fonzi65
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