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Opinión

  • | 2016/12/17 07:26

    El primer conejo de las FARC

    Parece demasiado conveniente que las disidencias de la guerrilla sean precisamente las de sus frentes más narcotizados. El Secretariado no puede lavarse las manos.

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Uno de los pilares de las negociaciones entre el Gobierno y las FARC se basaba en el presupuesto de que el Secretariado y su Estado Mayor mantenían autoridad y control sobre todos sus frentes y bloques. Que sus órdenes serían acatadas y que cualquier acuerdo tendría el sello de garantía "fariana" de cumplimiento. Era una premisa fundamental. Si bien se temía que en el futuro se presentaran disidencias menores, se estimaba que eso ocurriría ya avanzada la implementación de lo acordado. Era tanta la fe en la estructura militar y disciplinaria del llamado Ejército del Pueblo.

Bonita tesis. Apenas 24 horas después del fallo de la Corte Constitucional que declaró exequible el procedimiento "fast track" para la aprobación de las leyes de implementación del acuerdo, las FARC anunciarían la expulsión de cinco mandos de sus filas. Calificaron de "insensatos" a los alias Gentil Duarte, John 40, Euclides Mora, Giovanny Chuspas y Julián Chullo.

Muchos analistas aplaudieron la acción. "Están saliendo de las manzanas podridas", dijo uno. El ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, prometió perseguirlos con toda la fuerza de ley.

La jugada mediática de las FARC funcionó. Tuvo más eco la formación del movimiento Voces de Paz y la designación de los seis voceros de la guerrilla ante el Congreso. Pasó de agache el "conejazo" de las FARC a uno de sus principales compromisos: colaborar en la lucha contra el narcotráfico.

 Resulta que esos mandos -cabecillas- son los responsables del negocio de la droga de esa organización. Fueron cruciales en el crecimiento exponencial de las FARC. Por algo John 40 llegó a ser calificado como el capo de un nuevo cartel. 

Conocen al detalle las rutas, sirven de intermediarios con otros narcotraficantes y manejan los laboratorios y cultivos. Aunque en el acuerdo quedó gaseoso como sería la ayuda de las FARC en el combate a este flagelo, estaba explícito que se apartarían de esa actividad criminal.

 Las FARC nunca han aceptado el rótulo de narco. Insisten que su único papel ha sido cobrarle un "impuesto" a los cultivadores. Ese cuento chino iba a estallar en mil pedazos cuando comenzara el desfile de sus principales hombres ante los tribunales de la Jurisdicción Especial de la Paz.  Para obtener los beneficios de no cárcel, estarían obligados a confesar todos sus crímenes.

El testimonio de cualquiera de los nuevos disidentes develaría el involucramiento de las FARC en toda la cadena del negocio. No podrían evitar ser llamados narcos. Son peculiares los del Secretariado: reconocen su participación en secuestros (retenciones) y asesinatos, pero pierden los estribos cuando los relacionan con las drogas ilícitas.

La expulsión de los hoy "malos muchachos" les permite fortalecer la coartada: fue a nuestras espaldas. El problema es el elefante; sin los recursos del narcotráfico no hubiera sido posible su auge como fuerza militar.

Se rumora que los otros disidentes provendrán de los frentes del Pacífico, quienes manejan las otras rutas. Así, se completaría la lavada de imagen. Como la mafia, sin testigos no hay crimen.

La otra consecuencia nefasta de la desbandada de los mandos narcos es su impacto sobre desarrollo de departamentos como Guaviare, Caquetá y Putumayo. Volverá la incertidumbre y la inseguridad. 

Se equivoca el Secretariado si piensa que con un comunicado y una expulsión queda absuelto.  Lo que hagan Gentil Duarte y sus compinches es responsabilidad de las FARC. Deben entender que está en juego su credibilidad como futuro partido político. Urge su colaboración efectiva con las autoridades en lograr la captura de esos "camaradas" díscolos. De lo contrario, parecerá demasiado conveniente que las disidencias sean precisamente las de los frentes más narcotizados.

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