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Opinión

  • | 2017/07/04 15:15

    Sobre alianzas, venganzas y otros demonios

    En resumidas cuentas, Uribe y Pastrana ven las mismas amenazas: la participación en política de las Farc con ventaja frente a las demás fuerzas políticas, y la aplicación de una Justicia Especial para la Paz que dé paso a una alta dosis de impunidad.

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En política hay dos principios básicos que son fundamentales para entender las alianzas y las traiciones. El primero es la coherencia frente a un proyecto ideológico y el segundo es la identificación de un enemigo común.

Estos dos principios explican muy bien por qué luego de tener desavenencias importantes en el pasado, a la luz de los acontecimientos actuales los expresidentes Uribe y Pastrana se unieron en frente común. En lo que tiene que ver con el primer principio, ambos defienden valores similares de corte conservador e ideológicamente se encuentran a la derecha del espectro político, así que es claro que en este punto hay total coherencia, a pesar de que la mayoría de los medios de comunicación la caracterizaron como absurda y oportunista. Lo que pasa es que sí se trata de una alianza preelectoral que puede convertirse en una verdadera amenaza para el proyecto político de Santos en el marco de la implantación de los acuerdos con las Farc.

Pastrana representa ese segmento del Partido Conservador que no se alió a la coalición de la Unidad Nacional que respalda al Gobierno. Ese segmento está constituido principalmente por las llamadas “bases conservadoras” las cuales durante los últimos años han estado lideradas políticamente por Marta Lucía Ramírez. Recordemos que ella abiertamente tomó distancia de los congresistas Gerlein, Cepeda y compañía, a quienes considera entregados a la burocracia que les ofrece el Gobierno y abiertamente los llama “enmermelados”. Esta fractura puede interpretarse como una debilidad o como una oportunidad según como se mire. Pues el votante conservador tradicional, ideológicamente no se siente identificado con el proyecto político del presidente Santos así que Pastrana lo que intenta hacer es capitalizar esa aparente debilidad para volverla una oportunidad electoral.

Pero el verdadero temor está en que ese segmento del votante conservador, se una a la fuerza del Centro Democrático, quien con el liderazgo de su caudillo, el expresidente Álvaro Uribe, tiene altísimas posibilidades de pasar a la segunda vuelta en las presidenciales. Recordemos que el 62 por ciento de los colombianos creen que la implementación de los acuerdos entre el gobierno y las Farc va por mal camino. Así que esa insatisfacción también la puede capitalizar políticamente esta alianza.

En este punto se aplica el segundo principio, es decir, el del enemigo común. Para Uribe y Pastrana, a pesar de sus diferencias en el pasado, ese enemigo común son las Farc. Es claro que para ambos expresidentes lo acordado con este grupo guerrillero tiene vacíos de procedimiento y enormes riesgos en la implementación que amenazan las leyes, la Constitución y las instituciones democráticas. La aplicación de lo acordado a ojo cerrado sin que haya deliberación legislativa, y que tampoco se haya respetado el resultado del plebiscito en tanto la renegociación no fue ratificada a través del mismo mecanismo de participación ciudadana, para ellos es un abuso de poder del Ejecutivo. Uno podrá estar o no de acuerdo con el proceso de paz tal y como se desarrolló, pero lo cierto es que esos procedimientos del gobierno le dan combustible a la oposición.

La motivación de Pastrana puede verse desde dos ángulos: la de aquellos que consideran que él no tiene autoridad moral para opinar teniendo en cuenta el fracaso del Caguán, o quienes consideran que precisamente por tener esa amarga experiencia y esa desconfianza fundada frente a las Farc, tiene derecho a opinar y tomar una posición crítica y de incredulidad frente a las intenciones democráticas de las Farc intercambiando las “balas por votos”. De igual manera, la motivación de Uribe puede verse como oportunista o como legítima en la medida que de haber continuado con la política de seguridad democrática, el avance militar contra la guerrilla habría podido debilitarlas aún más y con ello haber logrado un acuerdo más asimétrico. Es decir, el de un Estado legítimamente constituido frente a un grupo insurgente que actuó de manera ilegal y abiertamente violatoria del derecho humanitario internacional.

En resumidas cuentas, Uribe y Pastrana ven las mismas amenazas: la participación en política de las Farc con ventaja frente a las demás fuerzas políticas, y la aplicación de una Justicia Especial para la Paz que dé paso a una alta dosis de impunidad.

Pero señores Uribe y Pastrana, hago un llamado a la sensatez, si bien esta contienda política se presta para vengar traiciones del pasado, mejor den un ejemplo de grandeza. Sería muy positivo para el país verlos liderar un debate político centrado en otros temas. Los colombianos estamos hartos de los odios, las venganzas y las traiciones políticas. La mayoría de los ciudadanos lo que queremos es que en Colombia se respire una paz sostenible. Está bien que prendan las alertas. Los peligros de un acuerdo mal implementado pueden sin duda deslegitimar aún más nuestro ya débil Estado de derecho pero hay otros problemas tan apremiantes, que la terminación del conflicto con las Farc no puede cegar nuestra mirada hacia la búsqueda de una mejor educación, salud, transparencia, seguridad ciudadana, desarrollo económico, entre otros. Esa es la clase política que nos merecemos.

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