25 abril 2013

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Allá vive la democracia

Por José Fernando Flórez

OPINIÓN“Aquí vive la democracia”, se lee en los pasillos del Congreso colombiano. Y la tragedia no es que sea falso sino que es verdad.

Allá vive la democracia. .

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En general los debates entre seres humanos no son racionales. Pero se vuelven particularmente irracionales en el seno de una asamblea parlamentaria, donde alcanzan su máxima expresión las posturas emocionales, desinformadas, basadas en creencias y prejuicios arraigados en zonas inconscientes del cerebro, en lugar de silogismos demostrables.   

Varios estudios serios sobre "democracia deliberativa" (ver por ejemplo Elster, 1998) indican que el lugar menos propicio para que se dé un intercambio argumentativo rico, crítico y honesto, son los parlamentos. Se trata de ambientes empobrecidos no solo por el generalizado bajo coeficiente intelectual y la escasa preparación de los interlocutores, sino por la contaminación del campo de discusión con toda suerte de intereses y agendas perversas que son el resultado del sistema nefasto de incentivos que opera para la elección de los parlamentarios.

La democracia "representativa" es entonces a la vez un mito y una apología de la sinrazón política colectiva,  aunque funcional para algunos sectores privilegiados de la sociedad. Sin embargo tiene una clara racionalidad económica individualista. Refleja, sí, y en ello es coherente con el ideal democrático, la primacía de la con frecuencia mayoritaria crueldad e indiferencia hacia el sufrimiento del prójimo, incluso al nivel microscópico de una élite decisoria conformada por un puñado de individuos que lo único que en realidad "representan" es la voracidad por recuperar con la mayor rentabilidad la escandalosa cantidad de dinero que “invirtieron” en campaña.

Pedirle a la democracia representativa decisiones inteligentes en términos de conveniencia para el colectivo es no entenderla, es pedirle lo que no está diseñada para dar. El corolario de esta triste realidad es que rara vez las buenas políticas públicas emanan de un Congreso. Esto solo ocurre cuando su rol queda reducido al intercambio de favores (vote trading) con un ejecutivo jerárquico que le impone medidas concebidas en forma vertical con una probabilidad mucho más alta de tener alguna racionalidad. O cuando se limita a cumplir las órdenes -no meras "exhortaciones" tímidas y equívocas- de un tribunal constitucional con el suficiente peso institucional para hacer valer la Constitución a cabalidad.

Ayer el Senado, por aplastante mayoría de 51 contra 17, desechó un proyecto de ley que podía si no acabar al menos disminuir el trato de segunda categoría, discriminatorio, que reciben los homosexuales en este país. Como era de esperarse, la discusión sobre la conveniencia de autorizar el matrimonio igualitario no se dio mediante el intercambio de argumentos racionales sino en medio de gritos religiosos fanáticos de miedo a la diferencia. Bien leído, el asunto de fondo consistía en determinar si es aceptable que dos personas del mismo sexo que se aman y quieren compartir sus vidas tienen derecho a hacerlo bajo las mismas condiciones de una pareja heterosexual. Tremendo reto intelectual.

El fracaso de la iniciativa legislativa reitera dos lecciones: la primera es que el espacio natural para reconocer y afianzar los derechos de las minorías definitivamente no son los parlamentos, emblemas de las mayorías, sino las cortes constitucionales. La segunda, y la más grave para cualquier teoría democrática, es que para descubrir rápidamente la peor de todas las decisiones posibles frente a cualquier problemática uno de los caminos más expeditos es la conformación de una mayoría.  

“Aquí vive la democracia”, se lee en los pasillos del Congreso colombiano. Y la tragedia no es que sea falso sino que es verdad.

Twitter: @florezjose
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