Lunes, 23 de enero de 2017

| 2016/08/16 20:00

Gina

No se trata de una preocupación por los niños, ni la familia, ni la moral, ni los valores, ni los principios, ni las creencias religiosas, ni nada eso. Es por algo tan carroñoso como unos votos.

Alonso Sánchez Baute. Foto: Semana.com

En 2011 escribí un perfil de Gina Parody. Siempre he estado en contra del outing (empujar a alguien a salir del closet, como hizo Martín Santos con su primo), así que le pregunté: “¿Qué diría si escribo sobre su homosexualidad?”. Dijo: “Preferiría que no lo hicieras. Mi orientación sexual no define mi identidad”. A pesar de que el Papa ha dicho que la iglesia debe disculparse con los gais (“El catecismo dice que no deben ser discriminados. Deben ser respetados”, dijo también) desde antes de llegar al Ministerio seguramente Parody ya sabía que la batalla más dura sería con la Iglesia.

Cuando se decretó la separación entre Iglesia y Estado en 1853, aquella regó en los púlpitos la idea de que el presidente José Hilario López y los legisladores liberales radicales eran ateos. Muchos creyeron la mentira. El problema entonces no fue la educación, sino la autorización de cementerios laicos. Hasta entonces controlados por la Iglesia, sólo podían enterrarse allí, previo pago, por supuesto, quienes, a su juicio, nunca soltaron la mano de su Dios. A partir de entonces la Iglesia comenzó a participar activamente en la política nacional. Treinta años después, Soledad Román convenció a su marido de firmar el concordato. Núñez lo hizo, entre otras razones, para que su mujer fuera aceptada por la sociedad bogotana. Y fue más allá: en la Constitución de 1986, artículo 12, entregó a la iglesia el monopolio –el negocio- de los colegios y las universidades. La constitución del 91 abrió las puertas de la educación.

Ahora que el liberalismo le ha dado la espalda, Uribe hace lo mismo que Núñez: aliarse con las iglesias. Sus alfiles son Ordóñez y Morales, una mujer muy creyente –lo cual hay que respetar- que se consume interiormente por la culpa de haber engendrado una hija a quien su Dios no ama. Pobre mujer, lo digo sin una ñisca de ironía: ¿cuántos golpes de pecho se dará al día? (buen tema para una novela). El lío es que en Colombia los problemas personales de los políticos dominan la política. 

Uribe y Gina son dos gallos de pelea que se conocen muy bien. Estamos justo en ese momento en el que "los viejos dioses no han terminado de irse y los nuevos no han terminado de nacer": el pulso es por el plebiscito y, de paso, por las próximas elecciones. Miles marcharon la semana pasada en contra del respeto. ¿Por qué tanto miedo –justo de quienes han olvidado que desde que nacieron han sido excluidos por no hacer parte de ese 5% de la oligarquía nacional-, a dejar atrás lo que fuimos y nos ha hecho daño, en lugar de abrir las puertas a lo que siempre anhelamos? Qué país más raro es Colombia: quiere para sus hijos la guerra y la malacrianza.

Ni la razón ni los argumentos importan en este país en este momento, pero lo peor -lo triste- es saber que detrás de todo hay sólo el interés de una sola persona que azuza el odio. No se trata de una preocupación por los niños, ni la familia, ni la moral, ni los valores, ni los principios, ni las creencias religiosas, ni nada eso. Es por algo tan carroñoso como unos votos.

* @sanchezbaute

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