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Opinión

  • | 2016/12/05 10:17

    Manipulación

    No terminaba de despertarme ese día cuando prendí desde mi cama el televisor justo en el momento cuando la presentadora de noticias se jactaba “Fuimos los primeros en llegar al sitio del accidente”.

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La “noticia” era el medio de comunicación que se acostillaba la medalla de haber sido el primero en confirmar la sangre ajena. El comentario me sonó a cosa de buitres, de hienas, de gente que busca nutrirse con lo que queda. Cambié de inmediato de canal sin darle mayor importancia a la tragedia ocurrida la noche anterior en un cerro cerca de Medellín, cuando un avión se estrelló dejando un saldo de más de setenta muertos, entre ellos, casi al completo, un equipo de fútbol.

Apenas un par de minutos después, ya sentado frente al computador, leí un titular en El país, de Madrid. “El Chapecoense, un equipo humilde que iba a jugar su primera final internacional”. Y luego la entradilla: “El club estuvo a punto de desaparecer hace tres años por problemas financieros”. A partir de entonces quedé enganchado a la historia del accidente, de la cual no pude despegarme en toda la semana. No era un equipo de fútbol en el marco de una final. Eran setenta vidas humanas; era una historia de superación truncada por el destino; era la injusticia de la vida con gente humilde de un pueblo humilde.

El destino se define como la suma de casualidades. Sin restarle importancia a ninguna, todas las casualidades en esta trágica historia podrían resumirse en una sola: irresponsabilidad de una torre de control que permitió el vuelo de un avión sabiendo que no debía hacerlo e irresponsabilidad de un piloto que no sólo sabía lo mismo sino que, además, luego no declaró la emergencia a tiempo, lo que lleva a la idea de que no era la primera vez que lo hacía. Son especulaciones, es cierto, pues a momento se desconoce la información de la caja negra. En todo caso ambas partes eran conscientes del posible daño y no hicieron nada para evitarlo. En derecho esta irresponsabilidad se llamaría dolo. ¿Acaso, en lugar de casualidades, el destino es una suma de irresponsabilidades?

Medellín se portó a la altura. En medio del odio y la violencia nacional los paisas sacaron lo mejor del ser humano. Pero entre tanta belleza hubo un lunar horroroso. Sucedió cuando, durante el emotivo evento en el estadio, el alcalde y el gobernador ensuciaron con su discurso lo que el pueblo hizo. Fue como cuando al pie de la foto de una rosa y sus espinas se lee “Rosa con espinas”. ¿Qué necesidad había de discursos politiqueros cuando Colombia entera veía lo que sucedía en el Atanasio Girardot? Llegaron allí como carroñeros a “sacar pecho” y a pretender encender la pasión exaltando el patrioterismo local. ¿Buscaban popularidad y votos aprovechándose de la tragedia?

Las noticias luego volvieron a lo mismo, buscando exaltar la pasión del espectador antes que informar sobre lo ocurrido. Lo hacen desde detalles como llamar “héroes” a quienes no lo son: la sola muerte no los convierte en héroes. Y de los detalles para arriba. Uno ve los telenoticieros y siente un ardor. Todo es manipulación, todo es agobio. No conmueven. Puyan. Abren la herida y le exprimen encima el limón.

@sanchezbaute

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