Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2016/09/26 13:38

Reunificación

Lo que hoy se firma es mucho más que la desaparición de una guerrilla. Es también la promesa de un país en el que todos tenemos iguales derechos y oportunidades, tal cual quedó en el Acuerdo y por el que votaré Sí este domingo.

Alonso Sánchez Baute. Foto: Semana.com

Andrés Felipe Solano reseña en su premiada novela un libro del escritor Lee Eung-Jun, La vida privada de la nación, que cuenta la historia de una Corea reunificada, “un nuevo país que se mueve entre la tiranía policial, la corrupción y el gobierno de facto del bajo mundo, comandado por los antiguos altos cargos comunistas convertidos en la cabeza de los clanes mafiosos, como pasó en la antigua URSS tras la caída del Muro de Berlín”. El mensaje de que nada bueno sale de la reunificación refleja el temor de muchos surcoreanos que desconfían de la posibilidad de un solo país. ¿Sucede igual en Colombia? ¿Realmente tememos que la democracia sea absorbida por el comunismo o tan sólo desconfiamos, como Santander, que exista un solo país?

El conflicto al que hoy se le pone punto final pudo haber muerto hace 52 años si la oligarquía de ese entonces hubiera cedido a su mayor pretensión: la apertura democrática, eso de tener voz y representatividad en un país en el que por siempre las decisiones y las oportunidades han pertenecido a una “minoría minoritaria”. La mezquindad, y no la envidia como algunos aseguran, es lo que más corre por las venas colombianas: la mezquindad que nos lleva a apoderarnos del más “mínimo milímetro” de tierra (de ahí a que nuestras calles y nuestras plazas sean tan pequeñas); la mezquindad que nos lleva a creer que los demás no pueden tener los mismos derechos que otros hemos ganado; la mezquindad que coadyuvó para que por más de medio siglo se perpetuara una guerra en la que nunca debieron de haber muerto más de medio millón de colombianos -ocho millones de víctimas dejan el conflicto con las FARC- ni haberse gastado los billones de dólares que no se invirtieron en salud, infraestructura o educación. No sorprende que la intención de voto por el No sea tan alta en Bogotá: los que tienen más privilegios son los menos dispuestos a compartirlos.

Nadie conoce el futuro, salvo los brujos (que no existen pero los hay). No sabemos si las FARC cumplirán el Acuerdo; si más de seis mil de sus hombres se reincorporarán a la vida civil y solo entre el dos y cuatro por ciento seguirá dando bala en las selvas; si Timochenko será o no candidato a la Presidencia. Y de otro lado, ¿se respetará la vida de los reinsertados? El nuevo gobierno, ¿sostendrá el Acuerdo? Lo cierto es que las FARC, ahora sí de verdad, quedarán sin discurso: Colombia ha cedido la apertura democrática por la que, al menos en la retórica, tanto luchaban.

Felipe González dijo que el Acuerdo en La Habana significa para el país lo mismo que la caída del Muro de Berlín para ambas alemanias. Sergio Jaramillo amplió la idea: a partir de hoy el objetivo es unir a la Colombia urbana con la rural. La ambición debe ser, también, hacer realidad el discurso de que Colombia es un territorio en el que todos cabemos por igual, con los mismos derechos y la misma representatividad. La meta está en nuestras manos, no en las del gobierno.

Lo que hoy se firma es mucho más que la desaparición de una guerrilla. Es también la promesa de un país en el que todos tenemos iguales derechos y oportunidades, tal cual quedó en el Acuerdo y por el que votaré Sí este domingo. ¿Por qué seguir apostándole a la muerte? ¿Por qué tanta mezquindad?

* @sanchezbaute

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