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Opinión

  • | 2016/12/19 09:12

    Arrogancia

    Los meses siguientes al anuncio inicial de las conversaciones con la guerrilla mostré preocupación en esta columna porque Santos subestimara hacer las paces con Uribe.

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Los meses siguientes al anuncio inicial de las conversaciones con la guerrilla mostré preocupación en esta columna porque Santos subestimara hacer las paces con Uribe. Sospecho, y es solo una sospecha, que creyó que tarde o temprano el proceso tomaría fuerza popular y el expresidente terminaría buscando cobijo bajo ese calor gregario.

Con el plebiscito sucedió algo similar. Meses antes de que se confirmara que la refrendación se haría por consulta popular, lo critiqué también aquí “Por miedo a que se politice y al final los colombianos, en lugar de votar si están de acuerdo o no con el proceso de paz, terminen votando por el senador Uribe o por el presidente Santos”. Varios columnistas se manifestaron en ese momento en igual sentido, pero el presidente finalmente impuso su idea. Sospecho, y es solo una sospecha, que por cuenta de la culpa por la cacareada traición al uribismo y del recuerdo constante de que había alcanzado la presidencia con votos ajenos necesitaba demostrar que tenía caudal electoral propio. La herramienta era el plebiscito. Pero Santos no tiene carisma, el país no lo quiere y ya sabemos los resultados nefastos que esto arrojó.

Evoco columnas viejas no para decir “Lo dije”, sino para dejar claro que he apoyado desde el inicio la idea del proceso de paz bajo el convencimiento personal de que el fin real del conflicto es una necesidad urgente para el país, pero que no por eso he callado las críticas a Santos. Ahora vuelvo a hacerlo luego del fracaso político que significó la reunión entre el Papa, él y Uribe. No se trata de un nuevo fracaso. Es el mismo de siempre y es también otro paso más en su declive. Buscar al Papa para que enderece su entuerto es lo mismo que hacen las familias “de bien” cuando sus miembros corren a limpiar las cochinadas que otro de ellos hizo: que alguien más haga por él lo que él no pudo hacer para que al final el triunfo sea suyo. La foto los muestra como un par de chiquillos sentados frente al rector luego de una gran pilatuna, pero todavía con la picardía en la mirada: cada uno cree que se salió con la suya cuando lo cierto es que ambos perdieron.

Santos parece no entender sus propios errores y sigue trastabillando en el mismo lodo sin lograr salir: la arrogancia, su talón de Aquiles. Ningún presidente como él ha puesto tanto empeño en sacar el proceso de paz adelante. Ha sabido mover las fichas y eso se le admira y agradece. Pero la estocada al final se la ha dado él mismo al carecer de humildad para extender la mano y al no saber bajar la cabeza ni siquiera como estrategia política. Le ha podido más el clasismo, ese sentimiento de superioridad de las élites bogotanas a las que nos les interesa empatizar con el país. Sospecho, y es sólo una sospecha, que cree que Uribe debe aceptar lo que él diga tan solo por haber nacido en otra condición social. Y Uribe no le come cuento.

El Nobel por su empeño en acabar con esta guerra, merecido, le ha dado “sustento” a su arrogancia. En lugar de bajarlo de ese falso pedestal, este premio lo llevará cada vez más al fondo: cada quien es lo que fue, de modo que no hay que esperar cambios en su modo de ser.

Al proceso de paz le urge que tanto Uribe como Santos se hagan a un lado.

@sanchezbaute

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