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Opinión

  • | 2016/11/21 09:01

    La corona

    La ficción en las series es más veraz que las mentiras en las redes quizás porque, como en la literatura, aquellas buscan entender al hombre y, éstas, destruirlo.

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Hay días en los que uno despierta agradecido con la vida, repitiéndose la frase con la que Ascanio arengaba a su tropa: "Macte nova virtute, puer; sic itur ad astra", pero tan pronto abre los periódicos, escucha la radio o enciende el computador, como por arte de magia llega la desazón y el desasosiego nos arropa por completo: el mundo fue y será una porquería; en el 506, en 2016. Para colmo están las redes, una burbuja repleta de odio y resentimiento donde lo falso se propaga mil veces más rápido que la verdad.

Uno de los grandes retos de las campañas políticas y los gobiernos actuales es qué hacer con las mentiras en las redes. Cuando las noticias se conocían solo a través de los medios era más fácil saber lo que se enfrentaba. Ahora cada muro es un campo de batalla. “Si no somos capaces de discriminar entre argumentos serios y propaganda, estamos en serios problemas”, dijo Obama esta semana sabiendo que el 62 % de norteamericanos se entera de ellas a través de Facebook. Pero el problema va más allá de la falsedad: las redes contagian emociones. Odio y miedo son más comunes en ellas que caridad o solidaridad.

Un lugar de la verdad sólo quieren sangre; sangre que alimenta la fortuna de los dueños de las redes. Y de los políticos.

Mientras en Colombia esta semana las noticias giraron alrededor del nuevo acuerdo, en el resto del mundo el monotema fue Donald Trump. Uno termina cada día agotado de tanto ruido. ¿Cómo conjurar tanta desesperanza? Por fortuna está la literatura: principio y fin. Y las series de TV, con las que pasa lo mismo que con la novela: de tiempo atrás se habla de su muerte. Por fortuna “los muertos que vos matáis gozan de cabal salud”. Prueba de ello es La corona, una megaproducción con un despliegue de lujo y dinero que trata de cómo se hizo reina Isabel II con el que la monarquía inglesa se remoza y maquilla. La serie es ficción pero se basa en los hechos reales de una familia que desde siempre ha estado en el foco del mundo. ¿Qué de nuevo tiene, entonces, para contarnos?

La corona es un análisis profundo de la sicología de cada uno de estos personajes (aunque habría que hablar más “de estas personas”) y las relaciones de poder entre ellos y el gobierno (la iglesia, el pueblo y los medios son secundarios). La humanización de los reyes sorprende, en especial la culpa por tener que asumirse como tales: saben que en adelante no serán más que títeres de la historia.

Entre más ficción más verosímil debe ser una historia. Por eso la producción se ha encargado de detalles que llaman la atención por la profunda investigación: las grandes series son grandes precisamente por el protagonismo que dan a la investigación y a los libretos. La ficción en las series es más veraz que las mentiras en las redes quizás porque, como en la literatura, aquellas buscan entender al hombre y, éstas, destruirlo. Y todo por unos cuantos votos o por poder o por sangre o, en fin, por dinero. “El lenguaje de los políticos sirve para ocultar sentimientos - dijo Zymborzca-; el de los poetas, para expresarlo”.

En medio del monotema en las noticias, La corona ha sido un bálsamo de aliento: la ficción como tabla de salvación ante el ruido estéril en las redes.

@sanchezbaute

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