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Opinión

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Lo que dice el informe del Departamento de Estado norteamericano sobre las violaciones de los derechos humanos en Colombia es cierto. No importa que los motivos de sus redactores sean turbios, no importa que el gobierno de Estados Unidos carezca por completo de autoridad moral para juzgar a otros. Si al de Colombia le quedara cierta dignidad, que no le queda, no se hubiera humillado una vez más explicando el informe y quejándose de que haya sido publicado (never explain, never complain, recomendaba Winston Churchill). Todo eso es así, pero es secundario. Lo importante es que lo que dice el informe es cierto. Aunque Míster Magoo, como llaman al ministro de Defensa Echeverri por su parecido con aquel señor cegato de los monos animados al que nunca le pasaba nada porque no veía nada, lo niegue. Aunque lo niegue el presidente Samper, que sí ve perfectamente pero a quien no le importa mientras a él no le pase nada: no por ciego, sino por cínico. (Ofrece ahora desmilitarizar "municipios o zonas ajenas al conflicto". ¿Qué piensa despejar? ¿Un cantón suizo?). Aunque lo nieguen los mandos militares, que en la medida en que su eficacia militar disminuye se vuelcan cada día más sobre las relaciones públicas. Aunque lo nieguen todos los responsables, por acción o por omisión, todo lo que dice el informe norteamericano sobre las violaciones de los derechos humanos es cierto. Sobre las que cometen impunemente las fuerzas del Estado, sobre las que cometen impunemente los paramilitares y sobre las que comete impunemente la guerrilla. Todo es cierto. Y digo que es cierto aún sin haberlo leído. Sólo conozco los mínimos fragmentos publicados por la prensa. Pero para estar convencido de que es cierto me basta con haber leído las noticias que a diario publica esa misma prensa y los informes de las ONG, con haber mirado en torno y con haber oído lo que dice la gente. Inclusive sospecho que los redactores del informe no hicieron otra cosa, y que su texto está hecho solamente de recortes de periódicos, refritos de las ONG y charlas oídas _y grabadas_ en la cola de colombianos que van a pedir visa en la embajada. Han oído por qué se va la gente, y lo transcriben tal cual: porque aquí no les respetan sus derechos (allá tampoco: pero eso ya no forma parte del informe). ¿Que no es así? Vean las informaciones de los últimos días sobre algo tan elemental como los retenes militares en las carreteras. El de Villeta, el del Vichada: ambos con cinco muertos (la ONU califica de "masacre" a los retenes de cuatro muertos, y por eso los paramilitares ya sólo matan a la gente de tres en tres). "Errar es humano", explicó míster Magoo (en cuya capacidad yo mismo había creído en un comienzo, y así lo escribí: qué ingenuo). "Hubo fallos en el operativo", explicaron los paramilitares. No. Ni yerros, ni fallos. Lo que hay es una decisión deliberada de atemorizar a la población, una estrategia de terror coordinada desde muy arriba en las cadenas de mando militar y político: con los retenes militares, con las incursiones paramilitares, con los asesinatos, con las desapariciones de detenidos. Un libro estremecedor publicado recientemente por el Cinep sobre los desplazados de Colombia, y en particular del Urabá _Relatos e imágenes, de Carlos Alberto Giraldo, Jesús Abad Colorado y Diego Pérez_ trae un capitulito titulado '¡Alto! Retén armado' que narra, en las voces de las víctimas, cómo funcionan esas cosas. La consecuencia de tales denuncias no es que cese la estrategia oficial de aterrorizar a la gente. Es simplemente que los denunciantes son a su vez amenazados _como el Cinep en su conjunto_ o asesinados _como Mario Calderón y Elsa Alvarado, investigadores del Cinep_. Y esas amenazas, y esos asesinatos, forman parte de la misma estrategia de terror.Muchos, en las altas esferas de la política y del periodismo, se quejan del "continuismo". El continuismo existe porque aquí se mata a la gente que puede constituir una alternativa a lo que hay. Así fue exterminada la Unión Patriótica, sin que _al menos que yo recuerde_ se alzaran muchas protestas en las altas esferas de la política y del periodismo. El propio Alvaro Gómez, que toda su vida encarnó al régimen imperante, fue asesinado cuando criticó al 'régimen'. Se mata a la gente para que no proteste, para que no critique, para que no denuncie. Lo saben bien los desplazados, lo supieron los asesinados. Lean el libro del Cinep. O consulten el documento _hipócrita, pero cierto_ del Departamento de Estado. O lean la prensa. O simplemente miren y oigan por ahí.
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