Martes, 17 de enero de 2017

| 2016/03/07 16:42

La gran pregunta

Para los siguientes años, a quienes creemos en la democracia, la exigencia es constituir un frente cuyo fin sea un Estado moderno, no caudillista, en el que las armas no sean preponderantes.

Álvaro Jiménez. Foto: Semana.com

Los hechos de la política nacional y las noticias de los últimos tres años permiten dos afirmaciones: que estamos viviendo el fin de la confrontación armada entre el Estado y las FARC. Lo segundo pero no menos relevante, es que en los siguientes años, aventuro una década, la confrontación entre los sectores de derecha y centro derecha en Colombia marcará la agenda nacional. (Para quienes dicen que viene el Castrochavismo, no veo ni a la centro izquierda en el horizonte).

Sobre lo primero: el fin de la confrontación armada con las FARC, ya lo estamos viviendo y significa un avance hacia la convivencia y una enorme oportunidad para que los campesinos, especialmente aquellos que viven en los bordes de la frontera agrícola, sean sujetos de inclusión y desempeño como actores de la política, el poder y la vida en la sociedad colombiana.

Lo segundo, el choque de élites permitirá tramitar por fin la discusión pendiente entre quienes defienden el extractivismo terrateniente y ganadero sumado a la economía narca y actores de poder urbano, comerciantes, industriales, rentistas, en quienes también existe una mentalidad extractiva pero decidieron no ser más los parias de un país violento frente al mundo. En otras palabras, actores económicos que más allá de la inmediata rentabilidad pura y dura buscan articularse y ser vigentes en la economía regional y global.

Que esta confrontación pueda ser tramitada sólo hasta hoy, da luces sobre lo negativo de la permanencia armada de las FARC y el ELN los últimos 25 años. Ello además del sacrificio en vidas y del costo económico, ha limitado nuestra eficiencia como país para superar los retos que tiene esta democracia imperfecta en materia de régimen político, participación ciudadana e inclusión social y económica.

Lo anterior puede explicar porque esta paz se percibe por las mayorías como una suerte de liberación de cargas antes que como una esperanza y por qué el fin de este ciclo de la violencia se vive como un doloroso y agitado parto y no cómo el advenimiento feliz de un nuevo país.

Los dirigentes del Centro Democrático cabalgan sobre esa percepción desesperanzada, aunque saben que la paz con las FARC es imparable, la combaten porque vender la oposición a las FARC es fácil. Son conscientes de que a pesar de los espantos que traerá el posacuerdo, serán menores que el horror continuado de la violencia de más de 50 años. Sin embargo, continúan en ello porque la batalla no es contra el modelo de La Habana aunque lo vociferen a diario. Su confrontación es para que la propiedad de la tierra y sus negocios determinen los valores de la sociedad. Su búsqueda es conservar el modelo que consideraban intocable reclamando de paso una vengancita sobre sus otrora principales amigos y aliados. Su pelea no es con las FARC, es con Santos. Su enemigo es el núcleo de poder que expresa el gobierno y el acompañamiento internacional que tiene. 

Para los siguientes años, a quienes creemos en la democracia, la exigencia es constituir un frente cuyo fin sea un Estado moderno, no caudillista, en el que las armas no sean preponderantes, desvinculado de las mafias, del clientelismo y los delfinazgos de izquierda y de derecha. Ello será más difícil y complejo que la guerra. Requerirá humildad, inteligencia, coherencia y un enorme respeto y reconocimiento a los otros por parte de quienes hoy ejercen liderazgo. ¿Hay con quién construir esto? Esta es la pregunta del millón.

@alvarojimenezmi

ajimillan@gmail.com

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