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Opinión

  • | 2015/06/10 09:51

    Males señalados, mala seña

    A cinco meses del debate electoral gana el pesimismo frente a las negociaciones y el fin de la guerra. Es previsible que resulten vencedoras las prácticas más detestables de la política y de las organizaciones electoreras que padecemos.

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Volar el tubo, regar el crudo, contaminar, dejar sin energía a comunidades enteras de entre las más pobres, matar un soldado allí, un policía allá, sembrar más minas que destrozan otro niño, atemorizar a la gente. En eso andan. Este escenario que nos degrada como país destruye mayormente a quienes ejercen esta sistemática violación de derechos sobre los más vulnerables y, por la degradación rotunda que contiene, esta violencia, esta guerra no producirá victorias porque de tanto degradarse nos derrotó a todos.

Pero a pesar de lo que acontece, no se debe abandonar el escenario de la negociación. Las FARC, por su lado, deberían tener claro que no pueden jugar con el clamor del fin de la guerra que muchos enunciamos y tirarlo en la enorme montaña de su basura. Existe una amenaza cierta de que el esfuerzo por la paz negociada se ahogue en medio de estos actos de indignidad.

En tanto, surge otra creciente inquietud en muchos de quienes creemos necesario el fin de la guerra, al observar la lógica imperante en las agrupaciones electorales que llamamos partidos políticos. Y es necesario reiterarla porque ad portas de las elecciones regionales y, de manera especial en los partidos de la coalición de Gobierno no parece que sea importante  el eje: el fin del conflicto armado con las FARC y el ELN. Mucho menos lo que se ha anunciado como factor determinante para que este proceso cristalice: la paz territorial.

Mientras la formalidad institucional indica que el ministro del Interior debe acompañar a los municipios y a las autoridades electorales para garantizar el libre ejercicio de participación electoral de los ciudadanos y la transparencia integral del proceso de elección, los jefes de los partidos andan repartiendo avales con la irresponsabilidad política de todos los tiempos.

Y no lo digo sólo por el espectáculo de Cambio Radical y la aspiración de la señora Oneida Pinto en La Guajira, sino también por el que presenciamos en departamentos como Arauca, Casanare y sus corruptos de turno en las toldas liberales; así como en Valle del Cauca, donde Angelino posa feliz respaldando a Dilian Francisca. En Santander, el parapolítico Aguilar ha alborotado el escenario sólo con salir de la cárcel; en Antioquia, Luis Pérez pone a todos en entredicho y los conservadores no se ponen de acuerdo si apoyan a la candidata de Ramos o a la de Suárez, ambos involucrados en el mismo proceso penal. Parecemos estar en una película de hedor, perdón, de horror político.

Los avales son puja de barones regionales en disputa con laa direcciones nacionales de sus partidos y no una herramienta para construir en la opinión certeza de criterios comunes frente a los distintos problemas que enfrentamos los ciudadanos. Mucho menos obedecen a elementos que configuren identidad política o ideológica.

Dicen también las normas que el gobierno nacional debe acompañar a las autoridades electorales y garantizar procedimientos y recursos para que la memorable frase de: “El que escruta elige”, pronunciada por el padre Camilo Torres, no sea el fantasma de cada elección en Colombia. Pues bien,  con un Consejo Nacional Electoral preso del registrador, sin independencia de los partidos políticos, no hay transparencia posible, ni independencia para juzgar hechos como las conocidas violaciones de topes a la financiación de campañas o el trasteo de votos.

Las asociaciones electorales, que aquí insistimos en llamar partidos, están preocupadas más por el número de curules o de gobiernos locales a obtener, antes que de una verificable lista de chequeo sobre la conducta y el compromiso de un candidato avalado por el partido. De allí que, a escasos cinco meses del debate electoral, gana el pesimismo frente a las negociaciones, con lo que el fin de la guerra se aleja y es previsible que en octubre resulten vencedoras las prácticas más detestables de la política y de las organizaciones electoreras que padecemos.

Así las cosas, el punto de la agenda de La Habana sobre participación política, ya discutido y con acuerdos construidos, es letra congelada hasta el fin del conflicto, o muerta, que para el caso es lo mismo. Ello refrenda la mala idea de que sin el fin de la guerra con las FARC no habrá mejores procedimientos en la política.

Mala idea, que, sumada a los hechos de violencia, es mala seña o los repetidos males señalados una y otra vez a lo largo de nuestra historia.
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