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Opinión

  • | 2016/03/02 08:22

    Lo prometido es deuda

    Mientras arreglaba sus bultos y se alisaba el cabello sentí en medio de la dureza de su mirada, sus rasgos indígenas y una voz cantarina como de niña que en su reflexión expresaba la esperanza por el regreso de los buenos tiempos.

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Un viaje por la región del sur de Tolima da cuenta de los cambios positivos que el país ha alcanzado fruto de las conversaciones en La Habana. Caminar hoy la geografía de Coyaima, Ataco, Planadas, Chaparral evidencia lo que el cese de fuego unilateral de las FARC sumado al sometimiento de los paras años atrás (digo yo), ha creado y que se traduce como un clima de tranquilidad que no se vivía hace 15 o 16 años. La zozobra, la presencia armada, el desplazamiento y la muerte fueron la nota de la región.

A minutos del parque principal de Ataco las memorias de dolor en el corregimiento de Santiago Pérez son pesadas. Duelen en el alma el recuerdo de vecinos amarrados esperando la muerte definida por unos u otros y que espantó por varios años la alegría y solidaridad que hoy se recuperan.

Lo mismo se puede contar con otros nombres en zonas de Chaparral y de Planadas.

Doña Luz Marina, con nueve hijos habitante de la vereda Guadualito en el municipio vecino de Coyaima,  vivió el proceso de expulsión y terror adelantado por los paras, las FARC y el ejército en la región. Su vereda, Guadualito, antes productiva y llena de vecinos, no tiene hoy al 70% de sus habitantes. Es una vereda tranquila, empobrecida. Los habitantes que retornaron, productores de pancoger y criadores de ganado azotados además por la inclemencia del clima sobreviven por los subsidios de los programas de gobierno y añoran que regresen los que se fueron para Bogotá, Ibagué o Cali para que de nuevo la vida económica y la buena vecindad entre familias los llene de alegría. Luz Marina debe caminar dos horas y media por una carretera deteriorada en medio de un sol de furia para acudir a una cita médica, ¿y cómo les va ahora? “Mejor pero estamos muy solos porque todo el mundo huyó del miedo. Es que mataban mucho, eso fue de un momento a otro, ni supe quienes eran los que mataban pero volvimos porque afuera es muy duro. Ahora, el subsidio nos sirve pero aquí es difícil”. Mientras arreglaba sus bultos y se alisaba el cabello sentí en medio de la dureza de su mirada, sus rasgos indígenas y una voz cantarina como de niña que en su reflexión expresaba la esperanza por el regreso de los buenos tiempos. Esperanza que se empuja desde el diario vivir, sin presunción ni adjetivos políticos. Esperanza soportada en la memoria de los asesinados Alirio y Justo Santofimio, presidente y veedor de la junta de acción comunal de Guadualito, asesinatos a los siguieron los de  Luis Hernán Guzmán, Álvaro Ramírez, Leopoldo y Lisandro Morales, Armando  Castro y muchos más líderes comunitarios y habitantes asesinados durante los años de orgía violenta que paramilitares, FARC y ejército impusieron en la zona.

Escuchar el renacer de la esperanza en medio de estas tierras endurecidas por la sangre que el sol resecó, genera ilusión brinda esperanzas. 

Si bien es cierto que los planes y mención de acciones luego del fin de la guerra con las FARC están a la orden del día en los medios y titulares, vale la pena reconocer lo que ya está sucediendo para que no se distraiga el espíritu de culminación anunciado por Santos y Timochenko. Porque, lo prometido es deuda.

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