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Opinión

  • | 2015/03/30 17:00

    No todo el que tiene plata es una mugre...

    Algo de “mugre” debemos tener todos para que “avancemos” tanto y se incrementen la inequidad y la exclusión.

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En el programa televiso Master Chef fue eliminado Esteban, uno de los competidores más carismáticos. José, uno de sus compañeros-rivales y además una de las revelaciones de este programa, al referirse al saliente Esteban dijo con lágrimas en los ojos: “cuando uno se da la oportunidad de sentarse a tomarse un tinto con alguien como Esteban, le enseña a uno que no todo el mundo que tiene plata es una ‘mugre’, y que no todo el mundo que tiene plata mira a los demás por encima del hombro”... En esta afirmación hay una profundidad que en los tiempos que corren no debería pasar inadvertida para los colombianos.

Es una síntesis de décadas de aprendizajes sobre el poder en pequeño y en grande en el país. Porque siendo claros, plata y poder han caminado de la mano por mucho tiempo en Colombia.

La frase de José en Master Chef, podría ser la de un campesino del Urabá o de su viuda, expulsada de su tierra por paramilitares para que gente con mucha plata, tal vez unas “mugres”, la titularan a su nombre y la llenaran de palma aceitera. También podría ser la afirmación de un campesino de los Montes de María que con rabia, dolor y sospecha observa como Cementos Argos, una cementera con mucha plata, es ahora titular de buena parte de las tierras Montemarianas, mediante compras hechas dos años luego del desplazamiento a sangre y fuego de cerca de 120.00 campesinos en esa región. Algunos podrían pensar que son unas “mugres” ese tipo de empresas.

O bien podría ser la expresión de un agente de la policía que ha enfrentado la reiterada frase: “¿Y usted no sabe quién soy yo?” escuchada en bares, vías y zonas de diversión en todo el país. Pero no. Es la frase de un hombre que concursa para ser el mejor chef de Colombia en un reality que le brinda la oportunidad de la vida y que ha sentido siempre que la gente de plata y poder son unas “mugres” en Colombia, y se asombra de que alguien a quien considera como un “hombre de plata”, sea decente y le trate con respeto, cariño y además lo apoye.
 
Su sensación no es tan única porque cuando el ciudadano del común escucha en la radio el novelón horroroso de la Corte Constitucional, o sobre el robo en la Alcaldía de Samuel Moreno, el del Polo, sobre el robo descarado de los señores de InterBolsa, o el desarrollo hidroeléctrico del Quimbo, llega a la conclusión de que sí, que es una novedad que una persona con plata no sea “mugre”. Que hay excepciones que dolorosamente confirman la regla que ha dominado a Colombia, donde el poder y la posesión del dinero han creado una casta odiosa que envilece mayoritariamente y en modo sistemático los espacios que toca y con ello la vida de millones de nacionales.

Ahora bien, como dice José, no todos son unos “mugres”, no todos miran a los demás por encima del hombro, pero los colombianos de esta y anteriores generaciones, hemos sido testigo de cómo muchos de aquellos que ejercen posiciones de poder, mayoritariamente actúan como unos “mugres” y se consideran ungidos para ser los eternos gobernantes de la región o de la nación. Esa logia de gente con plata que decide por todos e impone su voluntad, sigue siendo dominante.

Con el paso de los años, con dineros de narcotráfico o de negocios asociados a su dinámica, el círculo de gente con plata y con poderes se ha ido ampliando en Colombia. Como expresión de ello, nos llegan entre muchos, otros fenómenos culturales, sociales y políticos como el que expresan las “mugres” tipo Pretelt, ascendidos a estas dignidades por la suma de intereses, dineros y ambiciones de los ricos emergentes, de los jefes emergentes como llaman los viejos jefes, la gente de plata histórica a sus nuevos competidores.

Y sí. Buena parte de la ampliación del círculo de poder se ha dado de esta manera.

En los 90 el proceso de paz con el M-19, los procesos subsiguientes de desarme y desde luego la constituyente del 91 lograron ampliar la democracia. Nos sentimos y nos vimos diferentes en aquella época, pero duró poco. Tal vez entre cuatro y cinco años. De allí en adelante se agriaron los escenarios de concordia que impulsamos en los 90, y nos quedaron grandes ganancias como la tutela hoy envilecida por cuenta de la Corte que según se muestra, abusó y abusa de ella privilegiando las que significan negocio mientras hacen “revisión constitucional”.

Y henos aquí. Con 25 años más de muertos y cuatro millones más de desplazados, con unos ricos cada vez más enriquecidos, poderosos, y unos pobres más empobrecidos, con una movilización repetida por la tierra en el Norte del Cauca, teñida con la sangre de los mismos indígenas que demandaban la tierra en los 90, y de los que fueron asesinados en la masacre del Nilo en 91.

Algo de “mugre” debemos tener todos para que “cambiemos” tanto y nos preservemos tan iguales. Para que “avancemos” tanto y se incrementen la inequidad y la exclusión.

De allí la importancia del fin de la guerra con las FARC, y de que su proceso sea aprovechado por toda la sociedad. Los “mugres” y los no “mugres”, los ricos y los no ricos, blancos, azules, rojos, verdes, negros etc. de verdad todos; para con todos ampliar la democracia, mejorar su calidad, ensanchar sus vías, incorporar todos los pensamientos, todas las ideas. Lograr esto requiere una oportunidad y creo que el proceso de negociación en La Habana puede serlo. Hacen falta sí, los liderazgos que impulsen esta visión en lo territorial.

Esperemos poder encontrar a los “José” y a los “Esteban” que con su actitud y comprensión, sin mucha alharaca, nos hacen ver que no todos los ricos son unas “mugres” y que todos podemos tener una oportunidad para reencontrarnos y hasta llorar por las pérdidas de aquellos que consideramos tan diferentes a nosotros mismos.

@alvarojimenezMi
ajimillan@gmail.com
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